Sobrepasemos el ruido y la furia de estos días, tanto del mundo como de nuestro país, y vayamos a otros territorios más amables, en los que podamos encontrar serenidad y equilibrio.
Pocos días antes de su fallecimiento, ocurrido en Madrid el 30 de octubre de 1956, hace justo ahora setenta años, Pío Baroja recibió la visita de Ernest Hemingway, tan apasionado de España y ya entonces Premio Nobel de Literatura.
El narrador norteamericano le expresó su admiración y cómo su modo de narrar estaba muy influido por Baroja; al tiempo que le expresó que cambiaría su Premio Nobel por la manera en que Baroja ha contado siempre y lo ha plasmado en sus múltiples novelas y relatos.
Un modo de narrar marcado por la parquedad, por la sencillez y apoyado en la atenuación, nada de exagerar rasgo alguno ni de utilizar cualquier tipo de hipérbole ni regodeo en el estilo; siempre directo al grano. De ahí esa amenidad.
Baroja, además, está en el momento fundacional de la renovación de la novela contemporánea española, que tiene el año de 1902 como hito cronológico. La aportación barojiana es Camino de perfección, un viaje iniciático muy noventayochista. Ahí están también con él y en el mismo año Azorín, con La voluntad; Valle-Inclán, con Sonata de otoño; y Miguel de Unamuno, con Amor y pedagogía. Ese es el pórtico de nuestra narrativa contemporánea.
Pero, en ocasiones, además de una amenidad narrativa para captar la vida humilde de las gentes corrientes, sea en ámbitos madrileños, como vascos u otros españoles, el lirismo, las efusiones líricas, también aparece en las novelas barojiana. Como ejemplo –y lo recomendamos–, véase, en Paradox, rey, sus dos maravillosos elogios sentimentales, el del acordeón y el de los viejos caballos del tiovivo.
Adentrarse por la obra de Pío Baroja supone, siempre, una fuente de satisfacciones, ya que recorrer cualquiera de los vericuetos de esa cartografía literaria barojiana supone adentrarse en el conocimiento y en el disfrute estético y humano.
Nos podemos encontrar tanto con divagaciones sobre las coplas de ciego, sobre ese antepasado suyo que fuera Avinareta, sobre su propia memoria, publicada en varios tomos con el título de Desde la última vuelta del camino (estos días, releemos su cuarto tomo, en torno a Galería de tipos de la época, de 1947, y es una delicia).
La de Baroja es una de las cartografías literarias más sugestivas de nuestra narrativa contemporánea. No nos cansamos nunca de leerlo y releerlo.
Miguel de Unamuno cuenta una anécdota deliciosa en la que Pío Baroja tiene algo que ver. Un día, invitaron al rector de Salamanca a una dehesa salmantina, a pasar unos días en ella. Iba acompañado –quiso que fuera con él– por el poeta ciego ledesmino Cándido Rodríguez Pinilla.
Como llovió mucho aquellos días, tuvieron que pasar las horas en la amplia cocina de la casa de la dehesa, con la lumbre encendida, junto a mayorales, pastores y otros empleados de la dehesa.
Unamuno, ni corto ni perezoso, con todos allí reunidos al amor de la lumbre, sacó un libro de un bolso de su chaqueta y comenzó a leer en voz alta para todos. Eran cuentos de su amigo Pío Baroja, reunidos en su libro Vidas sombrías; uno de ellos sobre una desgracia pastoril.
Cuando Cándido y Unamuno volvían para Salamanca, un mayoral se le acercó y, con pudor, le pidió que se le podía dejar el libro, pues le habían gustado mucho aquellas historias; que se lo devolvería. Unamuno, claro está, le dejó el libro.
Cuántas historias más, en esa hermosa y tan amena cartografía narrativa que creara Pío Baroja a lo largo de su vida. Un inmenso regalo con el que contamos y que tendríamos que frecuentar.
Barojiana…
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