Coincidiendo con el Día Mundial del Saxofón, el músico y docente Derek Mc Ardle repasa sus casi tres décadas de trayectoria profesional desde Salamanca. El intérprete aborda la exigencia de la carretera, su faceta formativa en Santa Marta de Tormes y las singularidades del instrumento ideado por Adolphe Sax.
El intérprete y docente Derek Mc Ardle Narbón analiza desde Salamanca la realidad profesional de su oficio coincidiendo con la conmemoración, ayer viernes 6 de noviembre, del Día Mundial del Saxofón. La efeméride recuerda el nacimiento en 1814 en Dinant (Bélgica) del constructor de instrumentos Adolphe Sax, creador de una pieza clave en la música clásica y el jazz a la que este artista dedica su vida.
Nacido en Dublín (Irlanda), el músico cuenta con una doble raíz familiar que une el país irlandés con la provincia de Cáceres, ciudad en la que creció y donde comenzó sus estudios en el conservatorio desde muy pequeño. En el año 2009 se trasladó a Salamanca para cursar el grado superior, estudios que finalizó en 2014.
Desde su llegada a la capital salmantina, Derek ha fijado aquí su residencia habitual, donde vive acompañado de su perro y su instrumento. "Tengo aquí mi centro de trabajo y mi casa, aunque estoy continuamente viajando con los diferentes proyectos en los que trabajo; paso bastante tiempo en carretera", explica el intérprete.
A sus 36 años, acumula casi tres décadas de práctica ininterrumpida desde que cogió el saxofón por primera vez a los ocho años. En la actualidad, su actividad en la provincia combina la docencia en la Escuela Municipal de Música de Santa Marta de Tormes, sus actuaciones con la Banda Municipal y colaboraciones periódicas con la Big Band de la Universidad de Salamanca (USAL), además de haber trabajado en diversas escuelas de la ciudad y realizado sustituciones en el conservatorio de Plasencia.
El primer contacto de Derek con este instrumento de viento se produjo en el ámbito doméstico de forma casual. Su padre se había comprado un saxofón durante su juventud en Dublín y, aunque apenas lo tocaba y nunca llegó a darle clases, la presencia del objeto en casa despertó la curiosidad temprana del niño.
Sin embargo, el paso definitivo hacia la formación reglada llegó por iniciativa de su madre, quien decidió apuntarlo a las pruebas del conservatorio de Cáceres cuando él aún no había cumplido los ocho años. En aquel momento, el joven se mostró reticente a acudir: "Yo le dije que no quería. Digo: '¡No, no, no! Pero ¿cómo voy a ir yo al conservatorio?'", recuerda sobre aquella etapa infantil.

A pesar de sus dudas iniciales, realizó las pruebas de acceso y obtuvo la tercera mejor puntuación entre 150 niños aspirantes, un resultado que sorprendió a su propia familia. Al ir a escoger especialidad con la ventaja de su calificación, se encontró con que ese año no se ofertaban plazas de saxofón en el centro cacereño, por lo que tuvo que matricularse inicialmente en guitarra.
La situación se resolvió gracias a la intervención de su madre, quien escribió una carta a la dirección explicando que la familia ya disponía del instrumento en casa y que la verdadera ilusión de su hijo era tocar el saxofón. Finalmente, el centro aceptó la solicitud, dando comienzo a una dedicación que hoy define como "mi vida entera".
Mantenerse activo de forma exclusiva en el sector musical requiere diversificar las fuentes de ingresos y asumir una elevada movilidad geográfica. "He tenido suerte y también he tenido que trabajar mucho; hago muchos kilómetros para poder vivir de la música y tengo que estar como en varios sitios a la vez", señala el saxofonista sobre su rutina anual.
Esta dinámica comenzó a forjarse en su adolescencia, cuando empezó a tocar con grupos fuera del conservatorio y a sumar tablas en distintos escenarios. Según detalla el propio músico, ese bagaje previo es el que permite que el trabajo llame a más trabajo, aunque obliga a gestionar la agenda con extrema precisión.

"Al final es una cuestión de organización; como digo yo, vivo prácticamente al minuto", afirma Mc Ardle. Su planificación diaria implica calcular al detalle los tiempos de desplazamiento entre localidades para cumplir con los horarios: "A veces hay días de dobletes o tripletes, con dos o tres actuaciones en el mismo día en diferentes sitios que no estén demasiado alejados".
El calendario laboral del intérprete se divide claramente en dos etapas a lo largo del año. Durante el curso escolar, la actividad de lunes a viernes se centra en la docencia y el estudio personal, concentrando los conciertos durante los fines de semana; por el contrario, en la temporada de verano el volumen de actuaciones en directo se multiplica y se convierte en "un no parar" de viajes y escenarios.
La exigencia de pasar tantas horas al volante supone un reto añadido a la hora de mantener el nivel interpretativo sobre el escenario. "Cuando viajas mucho te das cuenta de que estar en el coche tantas horas cansa, y llegar al sitio, estar fresco y rendir es lo más complicado", reconoce el músico.
Para contrarrestar este desgaste físico y mental, el saxofonista aplica una disciplina de autocuidado basada en tres pilares fundamentales: intentar descansar el máximo tiempo posible entre desplazamientos, mantener una alimentación adecuada y practicar ejercicio físico y deporte de forma regular para aguantar la carga de trabajo.
Dentro de esta agenda milimetrada, el músico también debe reservar horas para el ensayo individual y la preparación del repertorio. Asegura que la clave reside en que "todo esté engranado" entre los días de diario y los fines de semana, manteniendo la capacidad de reacción ante los imprevistos que puedan surgir en la carretera.

Al hacer balance entre sus dos grandes áreas de trabajo, la interpretación en directo y la enseñanza, Derek admite que acaba tocando más en escenarios porque ha sido su inquietud principal desde la infancia. De hecho, durante su niñez rechazaba la idea de dedicarse a la pedagogía en el futuro.
"Cuando era pequeñito decía: 'Yo no me veo dando clases el día de mañana'", rememora el artista. Su perspectiva cambió durante los últimos años de su carrera en el conservatorio, momento en el que decidió empezar a impartir algunas horas de clase para probar la experiencia laboral.
En ese contacto con las aulas descubrió una vocación inesperada que hoy valora especialmente. "Me di cuenta de que se me daba bien, de que me gustaba y de que, después de los años, ves que los alumnos van obteniendo resultados; la parte docente también me mueve bastante", asegura.
Para explicar la singularidad de su instrumento, el músico recurre a los orígenes históricos del mismo y a la figura de su inventor, el belga Antoine Joseph Sax, conocido como Adolphe Sax. El constructor, que procedía de una familia de músicos y tocaba tanto el clarinete como el violín, buscaba crear un artefacto sonoro que uniera dos mundos acústicos.
"Intentó mezclar la parte de los instrumentos de viento madera, esa redondez en el sonido y esa suavidad, con la parte más potente de los instrumentos de viento metal", detalla el profesor. A su juicio, esa naturaleza híbrida es el principal punto fuerte del diseño y lo que le confiere una sonoridad que él relaciona directamente con la voz humana.

Esta característica técnica se traduce en una enorme capacidad de adaptación a diferentes géneros musicales. En el ámbito de la música moderna y el jazz, cuenta con un profundo arraigo en la música negra de Estados Unidos, donde grandes figuras históricas y actuales han desarrollado su lenguaje; paralelamente, en la música clásica y académica posee una sólida tradición en Europa, originada principalmente a través de la escuela francesa y belga, que hoy mantiene un notable movimiento contemporáneo. "Es un instrumento muy versátil; podemos tocar prácticamente cualquier estilo de música", resume el intérprete salmantino de adopción.
El uso profesional del saxofón exige una rutina de conservación estricta para evitar averías derivadas de la condensación del aire al soplar. La primera regla consiste en limpiarlo por dentro cada vez que se utiliza, un hábito que Mc Ardle inculca a sus alumnos más jóvenes en la escuela de música con humor: "Siempre les digo a los peques de broma: 'Cuidado con las babas, que os salen los champiñones'".
Más allá de la higiene diaria por parte del músico, el mecanismo requiere revisiones periódicas en el taller de un luthier especializado. Aunque la frecuencia depende de la cantidad de horas de estudio y conciertos, el estándar profesional exige realizar un ajuste completo como mínimo una vez al año.
El elemento más delicado de toda la estructura son las zapatillas, unas piezas circulares de piel situadas debajo de cada llave metálica. Su función es sellar de forma hermética los orificios del cuerpo del instrumento para permitir que se emita cada nota con precisión.
"Esa es la parte que más sufre porque es de piel y, con la humedad, se acaban estropeando", explica el instrumentista. Aunque estas piezas tienen una vida útil de varios años si se cuidan de forma adecuada, su deterioro progresivo obliga a sustituirlas en el taller para evitar fugas de aire.
A lo largo de su etapa formativa, el músico ha contado con mentores que han marcado su evolución técnica y artística. Al citar a sus principales referentes, destaca en primer lugar a los tres profesores que le guiaron en sus estudios: David Alonso, su primer maestro en el conservatorio de Cáceres, a quien define como "un grandísimo saxofonista, de lo mejor que hay"; Andrés Gomis, su profesor en Salamanca, un importante exponente de la música contemporánea e integrante de la agrupación Sigma Project; y Ángel Soria, con quien finalizó sus estudios superiores y a quien señala como una referencia actual dentro del panorama del saxofón. Junto a la labor de sus docentes y el aprendizaje continuo junto a otros compañeros de profesión, en el ámbito del jazz menciona la influencia universal de figuras históricas como Charlie Parker.

Al echar la vista atrás para elegir el momento más especial de sus casi 30 años de carrera, más allá de los grandes conciertos profesionales, su memoria viaja hasta su infancia en Cáceres. El recuerdo está ligado a su abuelo materno, el reconocido pintor extremeño Juan José Narbón, fallecido en el año 2005.
Cuando Derek tenía unos 10 u 11 años y llevaba apenas dos o tres aprendiendo a tocar el instrumento, el conservatorio cacereño organizó un acto de homenaje a su abuelo con motivo de su cumpleaños en el complejo cultural El Brocense. En aquel escenario, el niño interpretó en público por primera vez la melodía del 'Cumpleaños feliz' dedicada al artista plástico, una imagen de añoranza familiar que conserva con especial afecto.
Esa condición de músico de la familia también le ha llevado a vivir la clásica situación de que sus allegados le pidan tocar en reuniones privadas. "Siempre soy un poco reacio porque digo: 'Aquí no estoy en el contexto, ¿y qué toco yo ahora?'. Pero al final, a mí y a todos los compañeros músicos nos acaba tocando", comenta entre risas.
Con una trayectoria consolidada entre las aulas y las carreteras, Derek Mc Ardle afronta el porvenir con una filosofía pragmática. Reconoce que la situación actual del sector cultural es compleja y que la obligación de participar en múltiples proyectos simultáneos resulta tediosa y no ofrece una gran estabilidad a nivel económico.
Sin embargo, valora el privilegio de poder sustentarse a través de su vocación: "Me dedico a lo que quiero, pago las facturas, como se suele decir, y no tengo grandes lujos, pero no los necesito", reflexiona sobre su estilo de vida.
Por ello, al ser preguntado por las metas o sueños que le quedan por alcanzar en el ámbito profesional, su respuesta huye de las grandes pretensiones materiales. "Básicamente, ser feliz; ya tengo la suerte de trabajar en algo que disfruto, así que mi sueño es seguir tocando el saxo, tener salud y seguir disfrutando de la música", concluye el intérprete, quien seguirá compartiendo su día a día en Salamanca junto a su perro y el instrumento que le acompaña desde hace casi tres décadas.

FOTOS: David Sañudo