Mi propuesta de hoy se centra en una obra escrita en 1918, un clásico nacido de la pluma de la prolífica y siempre excelente Willa Cather. Se trata de Mi Ántonia (escrito así, con tilde, ya que su protagonista proviene de Bohemia, en la actual República Checa) una espléndida y deliciosa novela publicada en España hace veinticinco años.
Jim Burden, la voz narradora del libro, es un niño de diez años cuando, tras la muerte de sus padres, se traslada a Nebraska, a casa de sus abuelos. En un viaje interminable en tren desde Virginia, a través de la gran llanura central de Norteamérica, el pequeño Jimmy coincide en su largo trayecto con una familia de inmigrantes que tienen el mismo destino que el suyo, el remoto pueblo de Black Arrow. Una de las hijas del matrimonio extranjero es Ántonia, que con sólo doce o trece años y unos bonitos ojos castaños, llamará la atención del niño, que iniciará su contacto con ella a los pocos días de su llegada, pues los Shimerda -este es el apellido de la familia bohemia- acabarán por ser sus vecinos, habitando en condiciones de absoluta pero muy digna precariedad una granja cercana a la de los abuelos de Jim.
El relato de Jim ya adulto describe con detalle su larga relación con Ántonia, desde este temprano momento inaugural hasta la plena madurez de ambos, cuando casada ella y con más de diez hijos en su feliz familia rural, recibe la visita de su amigo de la infancia tras muchos años de separación. Se trata, pues, de una narración que casi abarca el tiempo de una vida entera y que transcurre por todas las etapas vitales, en una “crónica” que partiendo de la segunda mitad del siglo XIX se adentra en los primeros años del XX. Aunque, en realidad, la presencia de Ántonia es siempre secundaria y tangencial, pues apenas aparece en la narración más que indirectamente y siempre a través de los ojos de Jim, que en su texto da cuenta en primera persona de su propia existencia, de sus sensaciones, sus experiencias, sus reflexiones, su crecimiento y su acontecer vital, en su relato la figura de Ántonia sí tiene un destacado peso espiritual o emocional, más allá de la mayor o menor coincidencia de sus trayectorias, que se desarrollan independientes e incluso ajenas durante muchos lustros. El indudable magnetismo de su amiga de la infancia hará nacer en Jim un vínculo imperecedero con ella, y la chica -la mujer- será para él una fuente permanente de inspiración. La figura de Ántonia, una mujer excepcional, ocupa el centro de la obra, aunque sea de manera velada y en la sombra, en un aparente -insisto, solo aparente- segundo plano y al margen de los “focos” que iluminan y destacan la trama principal.
Y es que la Ántonia evocada en su nostálgico relato por Jim Burden es, en sus comparecencias episódicas pero sustanciales, una construcción literaria formidable, una mujer enérgica, activa, poderosa, rebosando vigor, seguridad y desenvoltura, fuertemente atractiva, independiente y llena de sensibilidad, muy humana, con algo en su personalidad muy físico y primordial, rezumando una desbordante jovialidad y un estimulante placer por la existencia, en una emblemática representación de la fuerza vital que la vuelve inolvidable.
Esta referencia a ese vigor originario y como ancestral de Ántonia nos pone en contacto con otro de los ejes del libro, la apasionada y fidedigna crónica de la aventura de los pioneros y de su energía fundadora de los Estados Unidos; del ánimo, la firmeza, el nervio y la fortaleza de unos hombres y mujeres que, desde todos los extremos del mundo, arribaron a esa tierra prometida, a ese paraíso de oportunidades, a ese espacio virginal y lleno de esperanzas y también de peligros, que era, aun en el siglo XIX, el vasto y en numerosas ocasiones inexplorado territorio de Norteamérica, con sus inacabables praderas, sus fértiles campos, sus llanuras sin límites.
Los Shimerda, dejando atrás su apacible cotidianeidad en Bohemia, abriéndose paso desde la nada, sin apenas recursos ni el menor conocimiento del mundo al que se incorporaban, reconstruyendo su vida desde la pobreza y la ignorancia del idioma y las costumbres de su nuevo mundo, y llegando a conquistar la prosperidad en un entorno ajeno y hostil, adverso y hasta salvaje, son una muestra paradigmática de lo mejor de esa tradición estadounidense -un país de aluvión- representada en el esfuerzo y la superación, en la abnegación y la valentía que tantas veces apreciamos en sus ciudadanos más valiosos. En particular, esa reciedumbre, ese coraje, esa resistencia, ese carácter destacan en las mujeres de la novela, no solo en Ántonia sino también en su madre o en la abuela de Jim o en las chicas danesas de la lavandería, en las tres Marys de Bohemia o en la noruega Lena Lingard, de las que el narrador habla con una entregada admiración.
La tierna y apasionada rememoración de las chicas campesinas y la romántica evocación de la figura de Ántonia son, también, una ocasión para recrear con melancolía los días de la infancia, los afanes y las decepciones que conlleva el paso del tiempo, en una última clave del libro con la que quiero acabar mi comentario. La novela está precedida de una cita de Virgilio -Optima dies… prima fugit ("los mejores días son los que más rápido pasan y se desvanecen", en una libre traducción que pretende apresar la sensación de fugacidad con que transcurren los episodios felices de nuestras vidas)- que concentra lo esencial de esta vertiente de la obra: la añoranza, el emotivo recuerdo, la nostalgia de una infancia no contaminada aún por las exigencias y las limitaciones de la realidad y, por tanto, desbordantemente feliz, aunque definitivamente huída y, por tanto, ya inaprensible.
Desde este punto de vista, el libro, sobre todo su última parte, aparece impregnado de continuo de esta remembranza, simultáneamente placentera y amarga, del pasado, de la inocencia idílica de una infancia dichosa, sobre todo cuando, como los protagonistas del libro, se ha vivido en contacto con una naturaleza exuberante y casi virginal (la intensa descripción del paisaje, del entorno físico, inmenso y libre, fecundo y abundante, de las granjas de los pioneros es otro de los grandes logros de la obra) que Jim, ya al final de la novela, recuerda con tristeza pero también con dulzura.
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Willa Cather. Mi Ántonia. Alba Editorial. Barcelona, 2000. Traducción de Gema Moral Bartolomé. 384 páginas. 15 euros
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