Días de la memoria. Días de cementerios. Acudimos todos a ellos a depositar unas flores (esos crisantemos que cantara Serrat, u otras) sobre las tumbas de nuestros seres queridos: padres, abuelos, hermanos, tíos…, personas apreciadas.
Y se engalanan los camposantos (“santo malvar” es uno de los nombres que se pusieron al lugar de enterramiento) se engalanan y adquieren la misma policromía que las copas de los árboles otoñales en cualquier bosque.
Es un rito de vinculación con nuestros antepasados el que celebramos estos días. Y es bueno. Porque el ser humano es un ser de vinculación. Sin vínculos afectivos y cordiales con los demás, no seríamos nada.
La literatura, particularmente la poesía, ha utilizado los cementerios como asunto ara poetizar, para conmover, para iluminar la realidad y el mundo. Federico García Lorca, por ejemplo, en su hermosísimo poema titulado “Gacela de la muerte oscura”, perteneciente a su poemario Diván del Tamarit nos indica:
“Quiero dormir el sueño de las manzanas / alejarme del tumulto de los cementerios / Quiero dormir el sueño de aquel niño / que quería cortarse el corazón en alta mar”.
Imágenes sorprendentes, para trasladarnos a un mundo más allá de lo real. Estos días, nos toca advertir ese lorquiano “tumulto de los cementerios”, del que el poeta se quiere alejar, porque todos tratamos de cumplir el rito de vinculación al que aludíamos.
Miguel de Unamuno, en un poema, muy conocido, menos hermoseado y más unamuniano, titulado “En un cementerio de lugar castellano”, ve así a un camposanto de la Meseta:
“Corral de muertos, entre pobres tapias, / hechas también de barro, / pobre corral donde la hoz no siega, / solo una cruz, en el desierto campo /señala tu destino.”
Hubo una exposición fotográfica sobre los cementerios que utilizó el sintagma unamuniano y llevó el título de “Corral de muertos”. Un religioso paisano mío –que desconocía el poema de Unamuno–, en una misa del día de los Difuntos, al predicar, se escandalizó por atreverse a llamar así a un cementerio. Al final, me acerqué a él y le hablé del poema de Unamuno. Entonces se tranquilizó, tras la conversación mantenida entre ambos.
Hemos de irnos también, al abordar este asunto, a la bellísima “Elegía escrita en un cementerio de aldea” del poeta prerromántico inglés Thomas Gray (1716-1771), publicada allá por 1751.
El poeta y traductor español Ángel Rupérez, en su Antología esencial de la poesía inglesa, nos da una ajustada hermosa versión castellana de la sobrecogedora elegía de Thomas Gray:
“El toque de campana dobla al caer la tarde, / y el balar del rebaño cruza tranquilo el prado; / vuelve a casa el labriego con su paso cansado, / dejándonos el mundo a la noche y a mí.”
“Bajo estos toscos olmos, a la sombra del tejo, / donde la hierba crece en sinuosos montones, / yaciendo para siempre, en sus angostas celdas, / los sencillos ancestros de la aldea reposa.”…
Estos días, el lorquiano tumulto de los cementerios, tanto rurales como urbanos, cada cual en su escala, se adorna con las policromías de las flores, lo mismo que los bosques adquieren un fulgor en las copas de los árboles, que anuncia, ay, la caída hacia el invierno.
Nuestra vinculación con los antepasados pasa estos días por los cementerios…
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