La festividad, instituida por la Iglesia Católica desde la antigüedad tardía para honrar a los mártires, entrelaza en Salamanca la liturgia religiosa con arraigadas costumbres populares
La Iglesia católica conmemora cada 1 de noviembre una jornada dedicada a recordar a todos los difuntos que han alcanzado la vida eterna, una efeméride que en la provincia de Salamanca entrelaza la liturgia con costumbres seculares. Mientras el origen religioso se remonta a la antigüedad tardía para honrar conjuntamente a los mártires, en el territorio salmantino la fecha también está marcada por hitos históricos como el terremoto de 1755 y por tradiciones otoñales.
El germen de esta festividad a nivel general se sitúa en el siglo IV, tras las persecuciones sufridas por los cristianos en el Imperio romano. El elevado número de víctimas motivó que las primeras comunidades religiosas buscaran una fórmula para rendir tributo a la totalidad de los mártires conocidos y anónimos en una única ceremonia anual ante la imposibilidad de asignar un día del calendario a cada uno.
En sus inicios, la conmemoración variaba según la región. Las iglesias orientales, como la de Antioquía, celebraban esta fiesta el primer domingo después de Pentecostés, según documentan los textos de San Juan Crisóstomo hacia el año 407.
El paso definitivo para su instauración en Occidente tuvo lugar el 13 de mayo del año 609 (o 610, según las fuentes históricas). En esa fecha, el papa Bonifacio IV consagró el Panteón de Roma -un antiguo templo pagano cedido por el emperador Focas- al culto cristiano, dedicándolo a la Virgen María y a todos los mártires.
El cambio de la festividad desde el mes de mayo hasta el 1 de noviembre se produjo entre los siglos VIII y IX. El proceso lo inició el papa Gregorio III (731-741), quien consagró una capilla en la basílica de San Pedro de Roma en honor a todos los santos precisamente el primer día de noviembre.
Un siglo más tarde, en el año 835, el papa Gregorio IV extendió oficialmente esta celebración a toda la Iglesia católica. A petición del emperador carolingio Luis el Piadoso, se fijó el 1 de noviembre como jornada de precepto en todo el imperio, sustituyendo definitivamente la fecha primaveral por dos motivos principales:
En la capital salmantina, el Día de Todos los Santos está vinculado a un acontecimiento histórico que transformó las tradiciones locales: el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755. Aquella mañana, mientras los fieles acudían a los oficios religiosos de la festividad, un seísmo con epicentro en el océano Atlántico sacudió la península ibérica.
En Salamanca, el temblor provocó la alarma de la población, que buscó refugio en el interior de la Catedral Nueva. Aunque el edificio resistió sin derrumbes mortales, el seísmo causó graves daños estructurales en la Torre de las Campanas (que quedó inclinada y tuvo que ser reforzada posteriormente con un talud de piedra) y en el cimborrio.
En agradecimiento porque el templo no colapsó sobre los ciudadanos, el Cabildo Catedralicio instauró un voto de acción de gracias. Se determinó que cada 31 de octubre, víspera de Todos los Santos, se subiera hasta la bola y la veleta que coronan la seo para dar gracias, tocar una charrada con gaita y tamboril y comprobar la inclinación de la estructura.
Aquella misión recayó históricamente en la familia de los Mariquelos, quienes habitaban en el propio templo y se encargaban de su cuidado y de los toques de campana. Con el paso de las décadas, la costumbre cayó en el olvido hasta que Ángel Rufino de Haro , conocedor de la historia por haberse criado en el barrio antiguo, decidió rescatarla en 1985; desde entonces no ha faltado a su cita ni un solo año.
En el ámbito estrictamente funerario, la jornada en la ciudad de Salamanca tiene como epicentro el cementerio de San Carlos Borromeo y el de Tejares, así como los camposantos de cada municipio de la provincia. La tradición marca el adecentamiento previo de las sepulturas y la ofrenda de flores frescas, con predominio de los crisantemos, claveles y rosas.
Junto al recogimiento en los cementerios, el inicio de noviembre en la provincia está ligado a la gastronomía de temporada y a los frutos de los bosques de las comarcas del sur. Una de las tradiciones con mayor arraigo es la celebración de la calbotada, nombre que recibe el asado de castañas o magosto en comarcas como la Sierra de Béjar, el Alto Tormes o la Sierra de Francia.
En las pastelerías de toda la provincia de Salamanca, la fecha se refleja en la elaboración artesanal de los tradicionales huesos de santo y los buñuelos de viento.
Aunque popularmente se engloban en una misma celebración, el calendario litúrgico distingue el Día de Todos los Santos (1 de noviembre) del Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre). Mientras el primero honra a quienes ya gozan de la presencia de Dios, el segundo, instituido en el año 998 por San Odilón de Cluny, tiene como objetivo orar por las almas que se encuentran en el purgatorio.
En la etnografía de los pueblos de Salamanca, esta transición entre el 1 y el 2 de noviembre estaba marcada históricamente por el toque de ánimas o clamor de difuntos. En numerosos municipios de comarcas como La Armuña, el Campo Charro o Las Arribes, los campaneros o los mozos del pueblo hacían doblar las campanas de las iglesias parroquiales de forma ininterrumpida durante la tarde y la noche del 1 de noviembre.
En localidades de la Sierra de Francia, como La Alberca, esta costumbre del recuerdo a los fallecidos se mantiene viva durante todo el año a través de la figura de la Moza de Ánimas, quien recorre las calles al anochecer con una esquila pidiendo una oración por los difuntos, un rito que cobra especial significado durante las primeras jornadas de noviembre.
Aunque en las últimas décadas la celebración de Halloween cada 31 de octubre se percibe como una costumbre importada de Estados Unidos, su origen está directamente ligado a la festividad católica y a las tradiciones europeas. El propio término procede de la expresión inglesa 'All Hallows' Eve', que significa literalmente 'Víspera de Todos los Santos', denominación que derivó fonéticamente hasta la palabra actual.
Fueron los emigrantes irlandeses y escoceses quienes, en el siglo XIX, llevaron al continente americano sus ritos del antiguo 'Samhain' ya fusionados con la víspera cristiana. Sin embargo, los estudios etnográficos de Castilla y León demuestran que en la provincia de Salamanca existían desde hace siglos costumbres prácticamente idénticas a las anglosajonas antes de su comercialización global.
Los elementos comunes entre la tradición salmantina de Ánimas y el actual Halloween se reflejan en dos prácticas históricas de los pueblos charros: