Si de algo estamos escasos en Occidente es de capacidad de reflexión, porque vamos un poco a rebufo de las circunstancias, por lo general, muy disruptivas no solo en lo tecnológico, sino en lo político, económico y social.
En Europa aún se mantiene un debate abierto entre dos maneras de actuar contra la violencia: o el pacifismo y la no violencia de Mahatma Gandhi frente a los defensores del realismo, que no creen que el método de líder indio sea efectivo en las circunstancias actuales en las que la violencia está descontrolada.
Es evidente que la época en la que Gandhi predicaba y ejercía la no violencia, tenía un factor primordial de su lado: si bien el Imperio Británico era un dominador e invasor, sus instituciones funcionaban dentro de un marco legal, con un parlamento democrático, además de una opinión pública interna a la que se podía apelar moralmente; a contrario sensu, la no violencia no es eficaz contra estados autoritarios ni menos aún ante grupos terroristas (caso de las FARC en Colombia o los montoneros en Argentina).
El liderazgo de Gandhi
Gandhi hizo inclinar al mismísimo Imperio Británico con sus reivindicaciones en las que ejercía la “no violencia” pero con una firmeza encomiable. Una vez vencido los ingleses y en plena preparación del que sería el nuevo estado indio, le preguntaron cómo es que había ganado esa guerra. Su respuesta no dejó indiferente a nadie: “derrotamos a los ingleses porque ellos usaron la violencia”.
La actitud de Gandhi era más fuerte que el poderío del ejército inglés.
La victoria de Gandhi es la victoria de su actitud firme frente al desafío que la mayoría creía imposible de lograr. Un hombre diminuto físicamente y que se sometía a ayunos que casi le llevaron a la muerte en varias ocasiones, puso en pie a un país del tamaño de la India, porque su actitud era más grande y fuerte que el propio ejército inglés.
La flexibilidad y gestión de la adversidad: la gran sabiduría del líder
La sabiduría del líder se sustenta en la inteligencia y en la convicción que va a doblegar el problema que tiene por delante. Los que veían a Gandhi como débil se equivocaron. Los que creían que el imperio británico era invencible, también.
Gandhi es el líder flexible que como el bambú se acomoda con sus movimientos ante los vientos racheados de la tormenta y ni los rayos ni el agua pueden con él. Antes o después, cuando la tormenta amaine, se volverá a erguir y se verá en él uno de los principales atributos: la inquebrantable fe en la causa que defiende. En la meta que se ha impuesto. ¿Me pueden decir queridos lectores/as algún líder político europeo que se asemeje –aunque sea en parte- a esa flexibilidad y capacidad de adaptación? ¡Pues claro que no! Lo estamos viendo a diario en el estilo de “mando” desde Bruselas, que nos ha dejado en los últimos años a la UE como tercero por la cola después de Asia-Pacífico y Estados Unidos.
Ninguna adversidad por más poderosa que sea, se hará con el control, cuando quien tiene las riendas de la dirección de ese país es un sabio y veterano líder, al igual que el arroyo de montaña finalmente discurrirá al mar. Como Gandhi hizo en la Guerra de la Sal. Nunca pierden el control de la situación.
Transformar la adversidad en fuerza positiva
Toda adversidad por más grande que sea, se convierte en fuerza positiva, porque el objetivo no es que desaparezca, sino saber gestionarla. Ese fue el éxito de Gandhi. Y este ha sido también la senda que abrieron otros líderes más contemporáneos inspirados en las enseñanzas de Gandhi
Cuando la adversidad distorsiona la realidad
No se puede ni obviar ni negar y menos evitar, la existencia de determinadas fuerzas negativas que siempre alimentan un conflicto. Lo grave es cuando éstas pueden distorsionar la realidad que tenemos delante, o peor aún, que nos influya de tal manera que erremos en la focalización del asunto que tenemos entre manos.
La filosofía de Gandhi es enseñanza pura para el buen liderazgo:
a) Tener capacidad de reflejos.
b) Focalizar la acción en la raíz del problema.
c) Transmitir confianza a su equipo de que es posible controlarlo y resolverlo.
d) Erradicar el miedo de la gente (su equipo en una organización, los ciudadanos si es un político), transformando las energías psíquicas negativas en positivas.
El buen líder prioriza la acción por sobre el pensamiento
En todo momento, el buen líder apelará a la acción. No se quedará en palabras.
El maestro indio Krishnamurti afirma que el pensamiento debe ser el precursor de la acción. Y va a más: para comprender la verdadera esencia de la realidad es necesario suspender el pensamiento. Porque sólo así se evita interponer ideas concebidas entre uno y la realidad. No dejarse influir por ningún prejuicio.
Los textos tradicionales del budismo comparan a los líderes que no predican con la acción, a músicos sordos o pintores ciegos, preguntándose cuántas veces se han escuchado planes ambiciosos que jamás se han puesto en práctica. ¡No os suena esto conocido a los ciudadanos europeos!
El líder sabio tiene la visión.
El líder sabio siempre armoniza experiencia y conocimiento. La experiencia se vincula a la técnica y en saber cómo abordar una cuestión. La sabiduría, en cambio, prescinde de la técnica que la deja en manos de los “operarios” (los que ejecutan) y se ocupa de la comprensión de la realidad, de su alcance y dimensión. Lo que configura su “visión del mundo”.
La diferencia que distingue al líder sabio del que no lo es, está en esa “visión exterior”. En cómo concibe el mundo y la capacidad para anticiparse a los cambios con que el entorno impactará en su vida y las de sus seguidores. (Una organización o todo un país).
El líder sabio sufre por su gente, es sensible al dolor por el que atraviesa un pueblo.
Si Gandhi viviese, su liderazgo seguramente hubiese acortado mucho sufrimiento e incertidumbre en esta tumultuosa e incierta travesía del desierto que estamos atravesando en Europa. ¡Porque en la clase política mundial nos sobran técnicos … pero lo que sí es seguro, es que faltan sabios!!
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