Una joven salmantina se recupera favorablemente tras recibir un trasplante urgente de hígado en el Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid. La intervención puso fin a un largo proceso médico derivado de una cirrosis por colangitis biliar, diagnosticada tras años de dolencias continuadas.
Una paciente de 24 años recupera su rutina diaria en Salamanca tras recibir un hígado compatible este verano en el Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid. La intervención quirúrgica pone fin a un proceso médico que se inició hace ocho años con dolores abdominales sin diagnóstico claro y que se agravó de forma repentina el pasado mes de junio debido a una infección severa.
En una entrevista exclusiva para SALAMANCArtv AL DÍA, Lucía relata el recorrido sanitario y personal que ha atravesado desde que tenía 16 años hasta su paso por el quirófano para recibir el trasplante de forma exitosa. Sus primeros problemas de salud se manifestaron en septiembre de 2018, coincidiendo con las fiestas de la capital salmantina, cuando acudió dos veces en una misma madrugada a las urgencias hospitalarias por un dolor agudo en la boca del estómago.
Durante los años posteriores, los episodios de malestar se espaciaron en el tiempo, pero sumaron nuevos síntomas que deterioraron su calidad de vida. "Se incluyeron vómitos, escalofríos y muchísimo dolor de tripa, y se incrementó todo en 2025", explica la joven, quien señala que durante las etapas iniciales las pruebas apuntaban a un hígado graso o incluso a causas psicológicas, algo que ella descartaba debido a la intensidad de las dolencias físicas.
La confirmación médica definitiva llegó el año pasado, cuando tenía 23 años, tras pactar con su facultativo un ingreso hospitalario de una semana para agilizar los estudios clínicos. La última prueba determinó que padecía una cirrosis hepática motivada por una colangitis biliar, una patología completamente ajena al consumo de alcohol o a factores congénitos de nacimiento.
Tras conocer el diagnóstico de cirrosis hepática autoinmune, los especialistas plantearon la posibilidad de un trasplante como un escenario muy lejano, a unos 20 años vista, centrando la estrategia inicial en la convivencia con la enfermedad mediante pautas farmacológicas. Lucía probó entre tres y cuatro tratamientos distintos para sortear efectos secundarios como las náuseas, hasta dar con la medicación que su organismo toleraba.
Sin embargo, el cuadro clínico dio un giro drástico en apenas doce meses al dejar de hacer efecto la terapia. "Los medicamentos ya no estaban haciendo su función, no me estaban ayudando", detalla la paciente, que a finales de mayo de este año comenzó a sufrir de nuevo vómitos, escalofríos y un fuerte dolor de espalda y debajo de las costillas, en el costado derecho.
Tras acudir a urgencias en la madrugada del 31 de mayo y regresar al día siguiente por la persistencia del dolor, los médicos detectaron una infección importante con presencia de piedras y pus. El equipo sanitario determinó su ingreso inmediato y le practicó tres endoscopias de limpieza, un procedimiento complejo equivalente a una intervención quirúrgica.
El deterioro físico de la joven obligó a mantener su hospitalización de forma ininterrumpida durante un mes y medio. Tras permanecer dos semanas ingresada en el complejo asistencial de Salamanca, el agravamiento de su estado motivó su inscripción oficial en la lista de espera de trasplantes el día 9 de junio.
La derivación desde Salamanca hacia el Hospital Río Hortega de Valladolid se produjo debido a una severa retención de líquidos que impedía al equipo médico salmantino administrar más fármacos sin comprometer su seguridad. Una vez instalada en el centro vallisoletano, donde cuentan con unidad específica de trasplante hepático, comenzó la búsqueda activa de un donante.
El proceso de espera estuvo marcado por la incertidumbre y el empeoramiento progresivo de sus funciones vitales, llegando a presentar afectación en los riñones que obligó a su ingreso en unidades de vigilancia intensiva durante varios días. En ese intervalo, surgieron dos alertas de posibles hígados que finalmente fueron descartados por los cirujanos tras las pruebas de compatibilidad.
Durante esos días previos, la joven experimentó el temor lógico ante una operación de máxima envergadura tras escuchar los riesgos reales en la consulta médica. "Las posibilidades de que falleciera en la operación eran muy altas, pero no te lo dicen solo a ti, se lo dicen a todo el mundo de tu entorno; te asustas cuando dices que tienes que entrar en un quirófano", recuerda sobre aquellos momentos en los que necesitó el apoyo del personal de enfermería para calmar la ansiedad.
La confirmación definitiva del órgano compatible se produjo a principios de julio, un jueves por la tarde, un día después del segundo intento fallido. Lucía afrontó el traslado al quirófano sin ser plenamente consciente de la extrema gravedad de su situación clínica, dado que su madre evitó que conociera los detalles más críticos para proteger su ánimo.
"Yo entré como si fuera una operación de apendicitis, no me despedí de nadie", relata la joven sobre los instantes previos a la anestesia. No obstante, el parte médico trasladado a sus allegados reflejaba una situación límite: "Según lo que me dicen mis familiares, los cirujanos, cuando yo entré al quirófano, les dijeron que estaba bastante mal y que las probabilidades de que saliera bien de ahí eran muy reducidas; fue un milagro".
Pese a la complejidad del escenario quirúrgico, la operación concluyó con éxito en la madrugada del viernes y dio paso a una evolución posoperatoria muy favorable. Apenas 24 horas después, el sábado, los médicos le retiraron el tubo de asistencia respiratoria, el lunes subió a planta y completó las dos semanas reglamentarias de ingreso posquirúrgico sin dolores severos en la cicatriz.
El principal reto físico tras la cirugía consistió en recuperar la movilidad muscular después de haber permanecido un mes encamada sin autorización para levantarse. "Fue como empezar de cero y aprender, entre comillas, a caminar; me levanté y me costó mucho porque no sentía las piernas, pero al día siguiente ya estaba como si nada", explica sobre su rehabilitación motora.
En la actualidad, el nuevo hígado ha permitido a Lucía eliminar las toxinas que anteriormente le provocaban somnolencia diurna constante y desajustes severos del sueño. Para garantizar la viabilidad del órgano y proteger su organismo frente a infecciones, debe cumplir una serie de pautas médicas estrictas derivadas de la medicación inmunosupresora:
En esta nueva etapa, la joven salmantina ha tomado contacto con asociaciones de pacientes trasplantados como PETH-CyL (Personas Enfermas y Trasplantadas Hepáticas de Castilla y León) por recomendación materna para recibir asesoramiento sobre trámites y ayudas. Aunque inicialmente era reacia a acudir a terapias grupales, este paso le ha permitido dimensionar la realidad de los injertos hepáticos: "Me sorprende mucho la cantidad de gente que tiene un trasplante de hígado; te dicen que no estás sola y que luego haces vida normal, como una anécdota más que contar".
En su reflexión sobre todo el proceso, mantiene muy presente el gesto altruista que permitió salvar su vida en un momento crítico. "Muchas veces se me ha pasado por la cabeza quién sería, de dónde era o qué edad tenía; gracias al donante y, sobre todo, a la familia, tengo la oportunidad de volver a vivir otra vez", subraya con emoción.
Para concluir su testimonio, Lucía quiere dejar constancia pública de su gratitud hacia todos los profesionales y allegados que la han sostenido durante los meses más duros de la enfermedad: "Hago un agradecimiento a los servicios médicos de Salamanca y Valladolid, cirujanos, celadores, a mi médico Jesús en Salamanca y a mi médica Natalia en Valladolid, y a todos los que han estado detrás y me han apoyado muchísimo, como mis amigos, mi familia y mi pareja; sin ellos yo ahora mismo no estaría aquí".