Martes, 27 de octubre de 2026
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El bosque de las luces y la chispa de la rabia
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El bosque de las luces y la chispa de la rabia

En el corazón de Lutecia, un bosque tan espléndido como ancestral, coexistían dos mundos fracturados. En el centro, bajo el amparo de copas majestuosas y frondosas, habitaban los animales del Claro. Su vida transcurría en la opulencia, rodeados de monumentos de piedra y rodeados por luces perennes que jamás daban paso a la noche. En los márgenes, allí donde la tierra se volvía árida y la sombra era un manto perpetuo, subsistían los habitantes de la Periferia. Durante generaciones, estos últimos entregaron su sudor para que el centro luciera siempre pulcro y reluciente, a cambio de nada.

Pero el invierno llegó con garras de hielo y la escasez no tardó en golpear a los desposeídos. Cada vez que un habitante de las sombras intentaba cruzar la frontera del Claro en busca de cobijo, los guardianes lo rechazaban con severidad, escudándose en que el orden y la belleza debían preservarse a toda costa.

Esta exclusión sembró una semilla silenciosa en la penumbra: la Rabia. No era una dolencia de la carne, sino un veneno del espíritu. La Rabia se nutría de la indolencia de los gobernantes del Claro, quienes celebraban banquetes fastuosos mientras daban la espalda a los crujidos de protesta que ya reverberaban en la oscuridad.

El punto de quiebre llegó cuando un joven ciervo de la Periferia, acuciado por la desesperación, se aproximó al límite del Claro. Un guardián, cegado por el prejuicio y el miedo, lo abatió sin mediar palabra. Al ver desplomarse al joven, el dolor acumulado durante estaciones dejó de ser un susurro para transformarse en un rugido unísono. Los marginados ya no marcharon para suplicar; marcharon para quemar.

Moraleja:

La rabia es un incendio que devora con la misma crueldad el palacio del indiferente que la choza del desesperado. Cuando una comunidad ignora el dolor de sus márgenes y responde con desdén, convierte el descontento en combustible y la exclusión en la chispa que, inevitablemente, reducirá a cenizas a toda la sociedad.

Autora: Isaura Díaz de Figueiredo

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