«No se trata de caridad, se trata de dignidad y de justicia. Y la dignidad no admite excepciones: o es para todos, o no es dignidad».
Hay una frontera que se cruza sin ruido: la que separa a quien tiene un hogar de quien no lo tiene. No hace falta viajar lejos para verla. Está en un portal de Salamanca, en un cajero, en un banco de la plaza donde alguien intenta dormir con un ojo abierto.
Vivir en la calle no es una elección ni el resultado de una mala decisión. Es la suma de golpes que nadie amortiguó a tiempo: un despido, una ruptura, una enfermedad, una adicción, una condena cumplida, una frontera cruzada sin papeles. Cada historia es distinta, pero el desenlace se parece demasiado. Y casi siempre empieza por lo mismo: sin domicilio no hay padrón, sin padrón no hay ayudas ni acceso normalizado a la sanidad, y sin eso la calle deja de ser una situación para convertirse en una trampa.
Y aquí está lo que, como sociedad, olvidamos: tejer la red. Nadie camina por la vida sin riesgo de tropezar, y la diferencia entre un mal momento y la calle está en lo que nos sostiene tras la caída: una familia, un contrato estable, unos servicios públicos que responden. Hemos dado por hecho que la caída es cosa de otros, de los que no supieron o no quisieron, cuando en realidad cualquiera puede acabar ahí víctimas de dos o tres golpes de cruda realidad. Una sociedad previsora no espera a que alguien toque fondo para actuar: teje la red antes, con acompañamiento a la persona, vivienda asequible, atención temprana en salud mental y adicciones, y apoyo a quien sale de prisión o del hospital sin un sitio al que volver.
Lo más duro es que no estamos ante un problema sin solución. Sabemos que los programas de vivienda primero, los que dan un techo sin exigir antes que la persona “se arregle”, funcionan mejor que los itinerarios eternos de albergue. Sabemos que el acompañamiento a quien nunca llega a la ventanilla salva más vidas que un mostrador que espera. Y sabemos que la Constitución reconoce el derecho a una vivienda digna. Lo que falta no es conocimiento, sino prioridad.
Mientras tanto, la calle cobra su precio. La persona que duerme a la intemperie enferma antes y muere antes. Además, sufre algo que preferimos no mirar: el desprecio. Las agresiones a personas sin hogar existen, y que el Código Penal reconozca ya la aporofobia como agravante dice mucho de lo que hay que corregir. Multar a quien no tiene dónde ir, o desplazarlo de una esquina a otra para que no estorbe, no resuelve nada. Solo agrava cualquier intento de recuperación, estigmatizando y cargando su mochila de adversidades.
La Colectiva Baobab trasladamos un recordatorio de que esta situación tiene responsables y tiene remedio. Pedir alojamiento sin barreras, empadronamiento ágil, atención sanitaria normalizada y protección frente a la violencia no es pedir un favor. Es exigir que se cumpla con nuestro compromiso como sociedad.
Porque una sociedad se mide menos por lo que presume en sus escaparates que por lo que hace con quien más frágil está. Una sociedad que se precie no puede permitirse dejar a nadie atrás, y menos todavía a quien duerme a pocos metros de nuestra puerta. No se trata de caridad, se trata de dignidad y de justicia. Y la dignidad no admite excepciones: o es para todos, o no es dignidad.
Salamanca puede elegir qué ciudad quiere ser. Una que mira hacia otro lado o una que, sencillamente, cuida de los suyos. Que esta vez no nos pille mirando hacia otro lado.
Colectiva Babobab Salamanca
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