La psicóloga general sanitaria Eugenia de Guzmán analiza los efectos psicológicos derivados del cambio al horario de invierno y la menor luz solar. La experta advierte del riesgo de recaídas en personas con cuadros depresivos previos y comparte pautas como mantener horarios estables, realizar ejercicio y cuidar la vida social.
La psicóloga general sanitaria Eugenia de Guzmán analiza para SALAMANCArtv AL DÍA las repercusiones emocionales que experimenta la población tras la entrada en vigor del horario de invierno durante esta madrugada del domingo, 25 de octubre. El atraso de una hora en los relojes coincide con la reducción de la luz solar propia del otoño, un escenario ante el cual la psicóloga salmantina ofrece pautas prácticas para evitar el descontrol en las rutinas y proteger la salud mental de los ciudadanos.
Eugenia precisa en primer lugar que, debido a su ámbito profesional, no entra a valorar cuestiones estrictamente médicas, aunque confirma las repercusiones directas de este ajuste sobre la percepción diaria. Según detalla, "lo primero que nos produce es una sensación de desorientación, como si viajáramos y tuviéramos un poco de jet lag, una sensación de extrañeza" al percibir desajustes en el tiempo de descanso o en las horas habituales de las comidas.
Esta modificación del reloj se suma a un contexto de cambio de estación en el que los ciudadanos ya están inmersos en la adaptación a la rutina otoñal. El hecho de que anochezca antes genera en la población la impresión de que "el día dura menos", lo que fomenta la percepción de ser menos productivos y de retirarse antes al domicilio, unos factores que, de entrada, pueden provocar frustración o decaimiento.
A esta circunstancia se añade el impacto directo de la falta de luz sobre el organismo, dado que el cerebro se estimula a través de la iluminación y de las rutinas diarias. La reducción de horas de sol provoca que las personas se sientan más cargadas y somnolientas, entrando en un estado similar al de la "hibernación" o de encontrarse más apagados.
La psicóloga salmantina incide en la necesidad de diferenciar entre quienes gozan de una buena salud mental y quienes atraviesan un proceso psicológico previo. Una persona sana y con una vida activa puede experimentar emociones pasajeras de rabia o frustración porque no le guste el invierno, pero son reacciones naturales que no resultan incapacitantes y que se reconducen fácilmente manteniendo los planes y las rutinas.
Por el contrario, en aquellos pacientes con una patología ya establecida, existe un evidente riesgo de empeoramiento. Eugenia de Guzmán advierte de que "sobre todo el otoño y la primavera son momentos de que haya recaídas, empeoramientos en las depresiones, eso es bastante habitual", y añade que incluso personas sanas pueden iniciar procesos desfavorables que no tenían debido a las condiciones meteorológicas y al cambio de hábitos.
Para distinguir un malestar puntual de un problema clínico, Eugenia subraya que no es lo mismo estar triste o enfadado con el clima que estar deprimido. El indicador principal de que el ánimo no está bien aparece cuando el afectado "empieza a dejar de hacer cosas". "Cuando empieza a dejar sus aficiones, cuando empieza a dejar de salir, cuando empieza a dejar de quedar con amigos, ya es un indicador", remarca.
En estos casos resulta necesario intervenir a nivel médico o psicológico, ya que los estados depresivos pueden llegar a ser potencialmente incapacitantes. Aunque existen las denominadas depresiones funcionales —en las que el paciente continúa trabajando y relacionándose—, hay cuadros clínicos que derivan en bajas laborales y llevan a la persona a recluirse en casa o en clase sin querer hablar, necesitando ayuda terapéutica al quedar fuera de juego para reconocer su propia situación.
Para la población general que busca evitar que el clima apague su estado de ánimo, las teorías psicológicas recomiendan mantener los refuerzos positivos que abundan en verano a través de los viajes, las fiestas y la vida social. Aunque el frío condicione las actividades, la psicóloga salmantina recalca que la menor luminosidad no debe traducirse en aislamiento y propone las siguientes pautas:
De cara a amortiguar el desconcierto inmediato durante este domingo tras haber atrasado los relojes, la recomendación principal pasa por ajustar las rutinas de sueño y comidas lo más cerca posible al nuevo horario. El objetivo es evitar un descuadre significativo que dispare la sensación de desorientación; por ejemplo, si se acostumbra a comer a las 14:00 horas, se debe intentar mantener esa referencia sin retrasarla varias horas.
Asimismo, Eugenia aconseja afrontar estas primeras jornadas con paciencia y entretenimiento, recordando que el ser humano conserva una parte animal que le impide adaptarse de un día para otro. No obstante, al ser "animales de costumbres", este desajuste suele durar apenas unas horas o un par de días hasta que se genera el nuevo hábito de realizar las tareas cotidianas con un tono de luz diferente.
Eugenia de Guzmán invita también a no frustrarse y a tomarse con humor las anécdotas domésticas derivadas de los relojes que hayan quedado sin actualizar en casa. Convertir esa extrañeza en una situación divertida en el entorno familiar y mantenerse distraído ayuda a que el proceso de transición resulte mucho más liviano.
Por último, la psicóloga salmantina reclama prestar una especial vigilancia a las personas vulnerables durante las jornadas posteriores al ajuste horario, destacando la importancia de acompañar a quienes tienen algún tipo de discapacidad. Del mismo modo, aconseja poner el foco en los niños y las personas mayores para ayudarles a mantener sus rutinas; mientras que los pequeños carecen de un mecanismo de regulación propio y necesitan que los adultos les marquen las pautas, los ancianos suelen vivir cualquier alteración de su entorno con mucha más preocupación y desajuste.
No obstante, Eugenia hace especial hincapié en el cuidado de aquellos pacientes que atraviesan procesos de salud mental abiertos. Según concluye Eugenia de Guzmán, las personas que afrontan cuadros activos de ansiedad o depresión constituyen el colectivo al que más se debe proteger ante las repercusiones emocionales de este cambio estacional y horario.