El término pucherazo hace referencia al fraude electoral histórico en España —especialmente durante la Restauración borbónica— en el que se alteraban o manipulaban los resultados metiendo papeletas falsas o quitando las de los rivales en los recipientes o pucheros donde se depositaban los votos
Echemos una mirada a la historia.. La Restauración borbónica es el periodo de la historia de España que abarca desde el 29 de diciembre de 1874 (con el pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos en Sagunto (Valencia) y el regreso al trono de la casa de Borbón en la figura de Alfonso XII, tras el periodo de inestabilidad del Sexenio Democrático y la Primera República).
Vivimos tiempos inciertos en los cuales cambiar el contenido de la urna puede hacernos retroceder a la CORTE DE LOS MILAGROS.
La fábula del pucherazo
Érase una vez, en un pequeño y polvoriento pueblo de la Restauración española, con una urna muy particular: un viejo puchero de cerámica donde los vecinos depositaban su destino cada domingo de comicios.
Don Fulgencio, el cacique local, no creía en la incertidumbre de los votos ni en los caprichos de la democracia; solía decir que gobernar era un arte demasiado serio como para dejárselo al pueblo. Por eso, la noche anterior a las elecciones, convocó a su fiel secretario municipal en la penumbra del ayuntamiento.
—Mañana, querido amigo, la voluntad de los ciudadanos volverá a coincidir misteriosamente con la mía —sentenció Don Fulgencio con una sonrisa, mientras acariciaba el borde del puchero de barro.
El plan era sencillo y ya un clásico de la época:
Los Lázaros: En el censo electoral resucitaban milagrosamente aquellos vecinos que llevaban años descansando en el Camposanto, pero que seguían votando con asombroso entusiasmo por el partido del cacique.
El pucherazo: Si al final de la jornada las cuentas no cuadraban, un oportuno descuido hacía que el puchero se volcara o que, con habilidad de trilero, se sustituyeran las papeletas legítimas por un fajo ya rellenado de antemano.
Al día siguiente, el pueblo acudió a las urnas con solemne ilusión. Al atardecer, el secretario vació el recipiente para iniciar el escrutinio. Para sorpresa de nadie —salvo de algún ingenuo—, Don Fulgencio arrasó en las urnas, obteniendo incluso más votos que habitantes censados.
Aquella noche, el cacique alzó su copa de vino y brindó, con descarada solemnidad, por la «salud de la democracia».
Autora: Isaura Díaz de Figueiredo
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