En pocos días voy a despedirme de mi país por un tiempo, en el cual, mucho me temo que la tranquilidad ciudadana brillará por su ausencia. Antes de que yo vuelva para comerme el turrón que no me gusta, votarán varios millones de españoles (o eso es lo que se espera) y algunos, a pesar de los avisos de la sección de desconfiados y complotistas, lo haremos por correo porque no nos queda otra. Esperando que los de fuera sigamos siendo ciudadanos de primera en el futuro, que ya veo yo por donde van los tiros y nos tienen ganas…
Entre todas las voces cada vez más discordantes, aparece un nuevo partido que se reclama equidistante y medianero, que no sé si mediador, que es lo que nos haría falta. Le deseo toda la suerte del mundo a su audaz fundadora porque en la España democrática, la calle de en medio, salvo en el breve tiempo de Suarez, nunca ha tenido mucho tránsito y, cuando lo ha tenido, los del medio han terminado por subirse a alguna de las aceras esquinadas. La culpa la tenemos todos, que somos de pocas medias tintas y la tiene una guerra civil que es un herida abierta y purulenta que no sé yo si se cerrará algún día; le echamos una buena cantidad de mercromina en los primeros años de la transición, pero se ve que las costuras han durado lo que han durado y que están empezando a reventar.
Unas elecciones son una promesa de futuro y el futuro, parafraseando torpemente la línea de texto de Penélope Cruz en “La bola negra”, es la fantasía de la posibilidad. Futuro que les estamos negando a los jóvenes a base de no insistir lo suficiente en la importancia de que, además de acampar en las plazas y gritar con la rabia joven que nosotros ya no tenemos, hay que votar. Para nosotros la fantasía de la posibilidad dejó de ser fantasía hace unos años, y es más realidad que posibilidad; ya estamos ahí, más o menos cobrando y con algún que otro sueño cumplido. No puede ser que quienes acudamos en masa a las urnas seamos los que ya tenemos el futuro prácticamente resuelto, que no.
Por poner un ejemplo idiota, a estas alturas de mi vida y a dos telediarios de convertirme en pensionista, yo sería capaz de votar a un partido que tuviera como única promesa electoral acabar con el ruido y el abuso impune de decibelios en España, tanto de día como, especialmente, pasada la medianoche. Y si estuviera enfadadísima y de vuelta de todo, y existiera un partido que prometiera sacar la tarta de queso de las cartas de postres de los restaurantes, hasta me lo pensaría. De la misma manera que si votara en mi país de acogida, sería capaz de hacerlo por el partido que prometiera recoger la basura al menos dos veces por semana y bajarme la factura del Internet y teléfono móvil, que es un escándalo. Razones para enfadarnos las tenemos todos, pero quienes tienen más interés en mover, quitar y poner a los que mandan son los más jóvenes, que gritan como nadie (y hacen bien) pero el día de las elecciones se quedan en casa (y hacen mal).
Yo me vuelvo a mi trabajo, mi vida de expatriada y mis preocupaciones cotidianas que, afortunadamente, son de ciudadana de primer mundo con nómina y buena salud. Me vuelvo preocupada por el insulto fácil, la exaltación gratuita, los golpes de pecho absurdos y la reivindicación de una patria roja y amarilla que solo existe cada cuatro años y si hay Mundial en medio, cada dos. Luego cada mañana, se levantan unos cuantos millones que hacen país (algunos hasta sin ser de este país) y encima hay quien pretende echarlos. Y termino con un mensaje para los que me leen y tienen menos de treinta años (que deben ser tres o cuatro): gritad, acampad, poned pancartas y clamad al cielo, pero el día que toque, id a votar; no hay que madrugar, es gratis y no hay que descargarse una aplicación ni nada semejante. Y de aquí al 29 de noviembre no vuelvo a tocar este asunto, prometido.
Concha Torres
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