Érase una vez, en el lejano reino de Iberia, un gobernante llamado Pedro. Poseía el don de la prestidigitación verbal y la asombrosa cualidad del ave fénix: cada vez que sus proyectos parecían venirse abajo, resurgía sonriente, convencido de que su destino era guiar al pueblo. Pedro no vivía en un castillo de piedra, sino en un palacio envuelto por una densa e invisible neblina que sus críticos llamaban «la ilusión». Desde sus aposentos, el gobernante miraba a través de unos cristales mágicos que transformaban los nubarrones en hermosos arcoíris.
Cuando los consejeros acudían alarmados porque el reino protestaba por la escasez de viviendas, o porque las leyes que proponía no lograban el apoyo del Gran Consejo, Pedro sonreía con calma y decía:
—No veis la realidad completa. Esos no son problemas; son oportunidades para tejer un relato más hermoso.
Un otoño, las tensiones en el reino alcanzaron su punto más alto. El Consejo de Sabios rechazó sus decretos más importantes. Fuera del palacio, el viento soplaba con fuerza y el clamor del pueblo por un techo digno resonaba en las calles. En lugar de claudicar o dudar, Pedro miró sus mapas flotantes e ideó un movimiento maestro.
—Si el Consejo no ve la luz de mis decretos, convocaré a toda la ciudadanía a las urnas para el próximo mes de noviembre —anunció con voz firme desde la escalinata de su palacio—. Ellos sabrán apreciar los puentes de aire que he construido.
Antes de emprender la marcha hacia la gran consulta ciudadana, Pedro se reunió con sus ministros y aprobó una serie de decretos exprés. Al ver que las Cortes se disolvían a su alrededor, él seguía gobernando como si el viento no pudiera tocarlo, firmando papeles con tinta de esperanza y prometiendo que la tormenta pasaría si confiaban en su visión. Para Pedro, el adelanto electoral no era una derrota ni un síntoma de debilidad; en su mente, era la última bala dorada que cambiaría el rumbo de la historia, la confirmación de que su voluntad era capaz de moldear la realidad del reino por encima de cualquier obstáculo
Autora: Isaura Díaz de Figueiredo
NOTA
Que se anden con cuidado el PP y Vox porque, como advirtió el maestro Billy Wilder, las ilusiones son muy peligrosas al carecer de defectos. Sobre todo con un desaprensivo sin escrúpulos que mira más a la Guerra Civil de 1936 que a la Reconciliación Nacional de 1977, y con esa voz cavernosa que ayer se escuchó en las calles de Madrid: «No habrá paz en las calles de Madrid» o el manido «No pasarán».
MORALEJA
«Confiar ciegamente en la fuerza del relato propio lleva a confundir los muros del palacio con las fronteras del mundo. La verdadera audacia no radica en negar la tormenta desde el ventanal, sino en aprender a caminar bajo la lluvia junto al pueblo que se busca gobernar»
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