Le pedimos a los intensos lo que nosotros no logramos: discutir sin gritar, llegar a tiempo, hablar sin insultarse… Los intensos son físicos y a veces se envalentonan por un quítame ahí ese decreto, o te dije que sí y ahora es no y te jodes. Claro, que si están en el terreno de juego, con dos o tres entradas a lo bruto se les pasa el calentón y el rifirrafe. Otra cosa es que con el fragor del tumulto para entrar en clase, se escape alguna zancadilla en el pasillo o en el escaño, se dé un codazo más allá del traje chaqueta y acabemos poniendo una denuncia o recurriendo al histrionismo de tribuna. Cómo no van a contagiarse con el ambiente imperante de confrontación los intensos, si hasta las mamás dirimen sus diferencias con tuits incendiarios o mensajes un tanto amenazadores.
Por suerte, los intensos superan a sus señorías. Basta por ahora una breve charla de orientación o un par de gritos de la adjunta y se miran a los ojos, se dan la mano y, aunque no muy convencidos, tiran para clase más o menos amigados. Luego quizás en las redes se pongan a caldo o en el baño haya alguna escena que no vemos. Sin embargo sus señorías, a los que pagan generosamente la espantada antes de tiempo, solo saben darse voces, intercambiar improperios o jugar a las primarias a cara de perro a ver a quién le toca ser delegado. Un desastre. Y el resto, nosotros, discutiendo de política como nunca, que parece que estamos encendidos a cada rato. No hay forma de discrepar más que a voces y se impone lo de no hablar de política en la mesa para evitar atragantamientos o en redes para ahorrarnos sofocones. Algo nos pasa, menos mal que el sol que dora los membrillos nos saca a la calle a sentarnos en la terraza pese a las fechas otoñales, o a subirnos a los trenes aunque se retrasen. Somos tremendos y sabemos disfrutar de la vida, como los intensos, que se pueden llamar de todo y luego, hacer causa común para vocear a placer entre clase y clase. Y hasta a perseguirse entre las mesas. Esas mesas que algún gracioso juega a destornillar mientras el profesor explica. Nos faltan muchos tornillos últimamente, sí, pero no es porque los perdamos con el ejercicio de la profesión, no. Es cosa de las modas imperantes, como la polarización, el insulto, la búsqueda de la izquierda de un Gran Timonel que no levante ampollas… nada nuevo, va por rachas eso de despegar el tablero de la mesa o hacer bolitas de papel para pegarlas en el techo cuando no mira nadie.
Es tiempo de otoño, de membrillos y quedan incluso tomates con retraso. La lluvia ha puesto una luz diferente en el petril del pozo y las hojas caen con la constancia de lo eterno. Hay un balón perdido en la esquina del patio cuando salgo en el silencio y la soledad del retraso y una convocatoria de huelga de la que no hablamos. A los intensos no les podemos pedir lo que no damos, y junto al balón, también olvidada, una sudadera perdida me pide que la levante del suelo y la guarde para la vuelta del dueño acalorado.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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