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El valor de los símbolos: las nuevas Antígonas
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LA PROVINCIA DEL ALMA

El valor de los símbolos: las nuevas Antígonas

Publicado 09/10/2026 08:07

Antígona es una de las obras más hermosas de la literatura universal. Nos queda como una de las obras de Sófocles de un valor más alto. Allá, en la Grecia antigua, en el siglo V antes de Cristo, ese siglo del clasicismo pleno, la tragedia levanta siempre la voz por las causas más justas y necesarias del ser humano.

La tragedia tiene siempre un planteamiento claro: frente a la ‘hybris’, frente a los excesos, abusos, arbitrariedades, dominios, prepotencias… de unos seres humanos, que actúan, de modo arbitrario y particularista, en propio beneficio y en contra del bien común, del bien de todos, apropiándose unos recursos que no les pertenecen, sea de restablecer el equilibrio humano, el equilibrio social, a través de la catarsis, de la purificación, del restablecimiento del equilibrio y de la ecuanimidad.

Una de las heroínas que realizan tal función en la tragedia griega es Antígona. Es un personaje femenino cuya función catártica y purificadora ha tenido en la historia muchas réplicas.

Hoy, nos encontramos también con nuevas Antígonas, que son capaces de levantar la voz contra las arbitrariedades, contra los excesos, contra los abusos…, en la vivienda –entre nosotros–, de quienes se apropian las plusvalías sociales, sobrepreciándolo todo, pisos, viviendas, habitaciones, garajes, pasillos, cuchitriles…, más allá de los salarios que la gente común percibe, para apropiarse el sudor de los sectores populares y de las clases medias, debido a una codicia que una sociedad como la nuestra (civilizada, del primer mundo) no tendría que permitir.

Hoy, en este campo de los abusos con la vivienda, de los sobreprecios, de las arbitrariedades, ha surgido entre nosotros una nueva Antígona: Maricarmen, la anciana que, ay, desahuciada y en el hospital, a sus ochenta y siete años acaba de morir, sin haber dejado de enunciar –días atrás pudimos escucharla en más de una ocasión– la palabra clara, la palabra justa, la palabra ecuánime, frente a los buitres de la codicia. Como ya hiciera Antígona también, siguiendo su ejemplo.

Estamos ante una nueva Antígona, ante un nuevo símbolo, que, con su muerte, expulsada de casa, en una camilla, hacia un hospital del que ya no saldría, se va a agrandar más.

Hemos estar atentos a las nuevas Antígonas. Están en el ámbito de las madres de niños que piden refrigeración para los colegios, cuando nos abrasan los excesivos calores. Están en los ámbitos de las empresas cuando reclaman salarios dignos. Están en el ámbito de pueblos y ciudades cuando se piden coberturas sociales para que nadie se quede fuera de esa protección a la que todos tenemos derecho.

Y van a estar –ya lo han estado hace años– cuando alguien pretenda destruir un sistema público de pensiones que supone un colchón que evita problemas de precariedad y dificultades en no pocas familias; o cuando alguien pretenda –en aras de no sé qué productividad– que las gentes vayan a trabajar estando enfermas…

Las Antígonas –siempre que el ser humano sea un ser de conciencia– siempre están ahí, siempre estarán ahí, como defensa de un ser humano íntegro, de una sociedad libre de todos los abusos, como defensa siempre de lo mejor del ser humano.

En este caso, ahora mismo, nuestra última Antígona se llama Maricarmen. Todo nuestro respeto para quien, con su lucha y su final, ha sabido encarnar y dar imagen a uno de los anhelos más hondamente sentidos hoy por nuestra sociedad: el derecho de todos a una vivienda digna.

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