Recogemos el humilde objeto de la falta: una horquilla del pelo, un libro que se dejó sin leer con el folleto de propaganda a modo de punto de lectura, una chaqueta de entretiempo derrumbada sobre el sofá… y empezamos a echar de menos. Es la nostalgia de la calle compartida, de la casa vaciada a la que no volveremos a subir. Y junto al recodo del corazón, el local también vacío como la cuenca de un ojo que ya no mira al exterior con su mosaico de revistas y libros baratos, con sus bolsas amables de pastas hechas por monjas pacientes, piezas de pan que vienen de Zamora entre la bruma de la amanecida.
Cierran las tiendas de barrio de toda la vida, y entre ellas, el abigarrado espacio diminuto de la prensa, el pan, el corazón y nuestros brillantes asuntos: las motos, la caza, la literatura, las bolsas de cromos y, sobre todo, la golosina que, en mi niñez, no venía en bolsas, sino en cuidadosas unidades… porque éramos pobres y no lo sabíamos, porque todo tenía la escasez de lo bueno. Y porque todo se vendía, pequeño y apretado, en el kiosko que florecía en la calle como un milagro de colores y portadas luminosas. Tantos, tantos, tantos kioskos donde habitaba, tantas horas, el hombre que nos daba dos caramelos azules de regaliz, la mujer que nos alcanzaba la prensa del día, la compañerita del colegio a la que envidiábamos porque imaginábamos todo el día rumiando caramelos transparentes y deliciosos.
Frente a la biblioteca donde empecé a vivir huyendo del ruido de la casa, se alzaba el kiosko enorme que tanta prensa vendía y donde el novio se compraba un cigarro para pasar la tarde entre teoremas. Un solo cigarro fumado a la puerta del lugar donde amontonábamos los apuntes primorosos del bachillerato, las ganas de universidad, los mensajes de amor como pajaritas del aire. Y con cada cigarro, una barra de regaliz que era como una ofrenda. Rojo, negro, pastoso en la boca de besar, el humo y la ceniza de otro tiempo. Ahora, con un gesto igual de generoso, si mi hija va a comprar el pan, en ocasiones me trae, como una ofrenda, de nuevo, regaliz. Esta vez en una bolsa porque vienen en ramo de cualidad plástica, casi cables que conectan la boca con el corazón, el corazón con la boca. Y con la misma delectación con la que me comía hace más de treinta años una pieza, devoro la bolsa entera porque a ella no le gusta. La niña que traía los caramelos de los cumpleaños de su clase a la madre golosa, la niña que prefería la sal como una cabrita. Regaliz para mí comprado en un local donde se amontonan el periódico y la revista junto al pan y lo que siempre se nos olvida. Caramelos que dejar en la lata de la memoria con el gusto de la nostalgia. Kioskos que desaparecieron de la faz de la calle. Tiempo de regaliz en el inicio del curso en el que recuperamos el abrigo de la chaqueta mientras la echamos de menos, a ella, que también amaba bajar a comprar pan y pastas, la amiga querida de la madre ausente a la que nada diremos de su falta.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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