Al oír que sonaba el teléfono tuvo un mal presentimiento.
Daría cualquier cosa por no escuchar, al otro lado de la línea, una de esas voces femeninas tan agudas como un bisturí que hablaban con tan excesiva e indeseada frecuencia.
No podía comprender cómo, desde hacía unos años, los tonos de la mayoría de las mujeres le resultaban más afilados que un estilete.
La verdad es que había reflexionado largo y tendido sobre ello. La única conclusión que se le ocurría que podría explicarlo era el cambio climático. ¡Sí!: ¡¡El-cam-bio-cli-má-ti-co!!
Pero encontraba una pega: entendería que el hilo de voz se aflautara si cada vez hiciera más frío, como cuando abres el grifo de la ducha en enero al volver de correr con el cuerpo todo sudoroso y de pronto se avería el agua caliente. El chillido, en ese caso, estaría completamente justificado, porque no se puede afrontar tan galáctica tragedia sin exclamar un alargado escalofrío con un final extremadamente puntiagudo:
¡¡¡¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!!!!!!
Sin embargo, no era ese el caso, qué va, sino más bien lo contrario: se está demostrando que la temperatura va en aumento y, por tanto, si hubiera un repentino incremento excesivo del agua mientras nos duchamos se exclamaría más bien algo parecido a un grave oyoyoyoyoyoyoy, pero sin alarido.
El hecho incuestionable es que el teléfono seguía sonando.
Al atender la llamada escuchó una voz extremadamente aflautada, pero con envoltorio dulce, dándole los buenos días, y antes de que le empezaran a disparar frases a velocidad de ametralladora decidió adelantarse y comenzar diciendo:
“Buenos días, ¿cómo está usted? En nuestra empresa esperamos que se encuentre perfectamente, por eso estamos dispuestos a ofrecerle unas mejores condiciones y proporcionarle grandes descuentos, le interesan los grandes descuentos, ¿verdad?, ¿a quién no le viene bien algo de dinero de más a final de mes?, por eso hemos decidido ofrecerle un par de pantalones vaqueros a precio muy ventajoso, porque usted usa pantalones vaqueros, ¿verdad?, seguramente le vienen estupendamente cuando sale usted con su pareja al jardín, porque tiene pareja, ¿no es eso?, y también tiene jardín, ¿a que sí?, y necesita un tejido sufrido mientras riega las plantas ¿no es así?, por cierto, ¿cuál es su talla?, seguramente usa una 36, pero bueno, si ya ha pasado los cuarenta se encontrará más bien en una treinta y ocho, ¿ha pasado los cuarenta? ¿es la treinta y ocho su medida?, pues en ese caso puedo ofrecerle, además, unos pantalones de un tejido altamente transpirable a juego con la chaqueta que le sacaría de más de un apuro en sus eventos, porque usted trabaja en una gran empresa, ¿no es eso?, y por supuesto asiste a celebraciones de familiares y amigos en las que le puede hacer un gran servicio, incluso en funerales, porque ¿quién no tiene un óbito de alguien conocido de vez en cuando?, y ofrecemos también un servicio especial para niños, apuesto a que usted tiene niños, pues está de suerte porque tenemos un lote de juguetes que les hará muy felices en el jardín y una cesta de picnic para sus salidas al campo, le gustan los picnic, ¿verdad?, ¿cuántas veces sale al año?, se lo pregunto porque justo en esta semana hay un kit antimosquitos a muy buen precio con el mismo estampado que la tienda en la que pueden alojarse tan ricamente durante sus vacaciones y si me confirma el pedido antes de las seis de la tarde le regalamos unas viseras para toda la familia, del mismo color fluorescente, por si algún niño se pierde entre los árboles. ¿Oiga? ¿Oiga? ¿Sigue ahí?”
De pronto se dio cuenta de que acababan de colgar. Imaginó a la propietaria de la voz afilada con una mirada cejijunta y perpleja sin poder reaccionar ni articular palabra después de escuchar todo aquello a tal velocidad.
Respiró con alivio y, por qué no decirlo, con una sensación de victoria por haber sido capaz de derrotar verbalmente a una de tantas voces picudas que solían molestarle con demasiada frecuencia, día tras día, bombardeando intensamente con ofertas y chollos varios a todas horas.
Mientras tanto siguió reflexionando sobre la explicación del aumento de las voces chillonas al otro lado del teléfono. Y cada vez su razonamiento se iba encaminando más hacia una sencilla conclusión. La causa no era el cambio climático. ¡Ni hablar! ¡¡La culpable de todo era la avena!!
Mercedes Sánchez
La fotografía es gentileza de José Amador Martín, a quien se la agradezco
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