Martes, 06 de octubre de 2026
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La amabilidad por bandera
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COLES DE BRUSELAS, 142

La amabilidad por bandera

Publicado 02/10/2026 11:57

Con el otoño del calendario ya empezado, paso unos días de este verano infinito en un lugar al que me gusta ir para olvidarme del mundo y su loco devenir. No es la Salamanca que añoro ni la Bruselas que me acoge y me da de comer, está olvidado de las redes por las que circulan nuestros datos y tiene mala cobertura telefónica, cosa que, aunque parezca mentira, aún es posible. Es un lugar de frontera, con un río caudaloso, una marisma embarrada y una playa a ratos salvaje y otros ratos, sobre todo en verano, llena de salvajes. Su principal aliciente es estar justo al lado de Portugal, ese país al que tantas veces miramos de reojo y donde hacen varias cosas mejor que nosotros: el café, el flan, hablar en voz baja y ser amables. Y les doy solo la lista abreviada.

En este mi país, que ahora es el país de los ciudadanos cabreados, es difícil encontrar un rincón donde la gente se levante por las mañanas y te de los buenos días sin poner a parir a los políticos, al alcalde, al vecino de abajo, a la policía, al portero o incluso al empleado de la funeraria que pasaba por allí. Quienes me conocen saben de mi gusto por desayunar en los bares, los de toda la vida, cuanto más baratos y más bares mejor; con churros a ser posible y no con tostadas de aguacate; incluso con el café en vaso transparente y la televisión a todo meter. Las ganas de polemizar de los españoles y su verborrea mañanera limitada al insulto acabarán quitándome de los bares y espero que no de los churros, porque últimamente la agresividad de los ciudadanos ya empieza en la propia cola de la churrería.

Si cruzo la frontera y cambio los churros por “torradas com manteiga salgada” (denle al traductor de Google, no sean perezosos) tengo a una señora ucraniana que me lo sirve en perfecto portugués; tanto, que he tardado dos veranos en enterarme que no es portuguesa. En su café la mañana comienza plácida y silenciosa, con mucho parroquiano portugués que comenta los resultados del fútbol y saluda a la señora ucraniana con la amabilidad congénita de nuestros vecinos que ella misma ya ha interiorizado. En Portugal no sólo se dan los buenos días: a ello se añade una sonrisa y se pregunta ¿tudo bem? Parece una pequeñez, pero no lo es. Y probablemente muchos de estos vecinos de desayuno tengan motivos fundados para poner a caldo a su gobierno y quejarse de mil cosas, pero el café de la mañana no es el lugar para empezar malamente el día y, sobre todo, quejarse a grito pelado va en contra del principio sacrosanto de los lusitanos: ser amables con el prójimo.

La amabilidad quizás sea esa pequeña cualidad por la que debamos empezar a reconstruir este país nuestro donde todo consiste en gritar; desde los buenos días con desgana hasta la defensa de los valores que deberían ponernos de acuerdo: nuestros impuestos, la escuela y la sanidad gratuita para todos, el derecho a votar y a vivir sin violencia. No es algo que cueste un esfuerzo sobrehumano y tampoco requiera un manual de buenas costumbres de esos que escriben las marquesas venidas a menos. Dar los buenos días, sonreír al transeúnte con el que nos cruzamos y al vecino en el portal; desayunar en el bar sin pegar gritos contra Pedro (o el que venga después), contra Mari Carmen (o la siguiente víctima de un desahucio) o contra los que vienen de cualquier país (he dicho “cualquier”, sí); tirar los papeles dentro de las papeleras (e incluso las botellas al contenedor del vidrio, que tampoco se requiere un master en basuras) y acercarse a las ventanillas o responder a los operadores telefónicos (también tienen su corazoncito y además los explotan) sin el cuchillo en la boca. Ceder los asientos a las personas mayores en el metro (si se ofenden, allá ellas) ayudar a los que suben al autobús con una silla de niño y tres bolsas y preguntarle a nuestro vecino o vecina muy mayor que vive solo o sola si necesita algo cada tres o cuatro días. Sinceramente, consultar la programación de la televisión o incluso encenderla, es más complicado que todas estas cosas sencillas que nos cambian la vida cuando las hacemos bien.

Y si necesitan un cursillo, ya saben, basta cruzar la frontera. Desde Bruselas cae lejos, pero en Salamanca tenemos 170 kilómetros de raya común con el país donde la amabilidad es bandera, y está solamente a una hora de coche. Sin excusas.

Concha Torres

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