La ventana resulta la interfaz vital más interesante de la arquitectura. Logro de la luz, de la quisquillosa curiosidad humana y de la ligera corriente que la dota de vida. Las viviendas poseen una cantidad variable de ventanas que funcionan como un tránsito entre la necesidad del aire externo y la protección de sus convivientes. Un filtro melancólico, roto de miradas.
Si tuviéramos la curiosidad y la tenacidad suficientes, podríamos contar cuántas ventanas tienen las fachadas de las viviendas. Dejaríamos excluidas del juego aquellas semiocultas en las medianeras, no por su posición, sino por la suerte de lo que representan. Pero si verdaderamente estuviéramos interesados por las condiciones de habitabilidad —realmente son las vidas posibles que deben acoger— contaríamos cuántas personas han mirado a través de ellas.
En las ventanas que miro con curiosidad rara vez se dibujan siluetas humanas. Suelen aparentar más bien la soledad de un cortinaje atacado por el interiorismo más aséptico. O la parrilla blanquecina poblada de regulares ranuras. Y, algún animal doméstico como un gato entretenido por el tejido urbano o un perro que ha ladrado demasiado a sus dueños. Captan más mi atención aquellas que buscan habitante de manera urgente. Los carteles de particulares pidiendo la venta de un piso con la única información de contacto de un número telefónico difícil de memorizar. La serigrafía de una inmobiliaria parece ser un reclamo más oficioso, un estadio cuasi místico que raya lo intocable. Un brillo de una belleza aterradora, sin duda, como la presencia indirecta de una divinidad. Los interiores cosificados por un precio desorbitado son un misterio para un observador promedio como yo.
Intuyo debajo de su relación de geometría cierta especularidad. Con la luz adecuada, pareciera que estoy dentro de esa ventana, de esa habitación concreta. Podría jugar a adivinar los metros cuadrados con un simple vistazo y caerme al suelo tras perder la noción del precio medio por cada uno de ellos. Pero solo soy un pequeño caminante que pasea con los ojos en vez de con los pies, así que el juego —por llamarlo de alguna manera— es a luces de todos una trampa inmobiliaria. Pues claro que lo es. Viviendas vacías a precio de oro, apartamentos completos durante lustrosos cinco días, arrendatarios pagando hipotecas a arrendadores. Alimañas y aseguradoras que rondan barrios obreros. Y diez mil ventanas que únicamente iluminan tarimas flotantes.
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