«El hombre sigue siendo hombre, pero niega lo humano al destruir la conexión o el vínculo que hace del ser humano lo que es».
ANA CARRASCO-CONDE
«Las acciones pueden ser inicuas sin que quienes las realizan lo sean también».
TERRY EAGLETON
Este artículo me lo pidió mi amiga Ana, una auténtica «Kultureta de profundis», cuando me propuso relacionar dos palabras que, a primera vista, parecen caminar por caminos distintos: la maldad y la ignorancia. Le dije que lo intentaría, aunque confieso que, cuando uno se mete de verdad en el problema del mal, acaba entrando en un callejón sin salida del que no resulta fácil encontrar la puerta de regreso. Así que no sé si habré ayudado mucho a Ana; me temo que, después de escribirlo, el primer insatisfecho he sido yo.
Hay preguntas que no envejecen porque tampoco envejece aquello que las provoca. Una de ellas es ésta: cuando un ser humano hace daño a otro, ¿lo hace porque no sabe realmente lo que está haciendo, porque no comprende las consecuencias de sus actos y es incapaz de ponerse en el lugar de quien sufre, o existe una maldad consciente que conoce el daño, lo acepta y, en ocasiones, incluso lo busca deliberadamente?
La pregunta no es un simple ejercicio de filosofía moral. Nos afecta profundamente. Porque si todo mal procede de la ignorancia, bastaría con educar mejor, ampliar nuestros conocimientos y cultivar la empatía. Pero si existe una voluntad capaz de elegir el mal aun conociendo sus consecuencias, entonces la cuestión se vuelve mucho más inquietante: no basta con enseñar a pensar; hay que aprender también a querer el bien.
Sócrates y Platón ofrecieron una respuesta que todavía hoy resulta provocadora: nadie obra mal voluntariamente. El mal sería, en último término, una forma de ignorancia, un error de juicio. Quien roba, engaña, explota o ejerce violencia cree estar obteniendo algún bien para sí mismo, aunque ese supuesto bien sea falso o termine destruyéndolo también a él. Silvestre Manuel Hernández al interpretar esta tradición, «el mal aparece como no-ser, como algo generado por la ignorancia».
Hay algo profundamente humano en esta idea. Muchas veces hacemos daño porque no vemos. No vemos al otro, no comprendemos su historia, desconocemos sus heridas, simplificamos su existencia. El prejuicio funciona precisamente así: convierte a una persona concreta en una etiqueta. Y cuando el otro deja de ser alguien para convertirse en «uno de esos», resulta mucho más fácil despreciarlo.
Pero la experiencia nos obliga a ir más lejos. Porque no todo puede explicarse por ignorancia. Hay personas que saben. Saben que mienten y mienten. Saben que humillan y continúan humillando. Saben que una determinada decisión provocará sufrimiento y, sin embargo, la toman. Aquí aparece la libertad, y con ella la responsabilidad. Kant comprendió esta dificultad cuando habló del «mal radical»: no de una simple carencia de conocimiento, sino de la posibilidad de invertir deliberadamente el orden moral y colocar el interés propio por encima del deber. El problema, entonces, ya no es solamente no conocer el bien. Es conocerlo y decidir no seguirlo.
Y todavía hay algo más perturbador. El mal puede organizarse.
La historia del siglo XX lo mostró de una manera estremecedora. Hannah Arendt, al asistir al juicio de Adolf Eichmann, descubrió que el rostro del mal no tenía necesariamente los rasgos del monstruo que todos esperaban encontrar. Podía tener el rostro gris de un funcionario preocupado por cumplir correctamente su trabajo. De ahí nació su conocida expresión «la banalidad del mal». Lo terrible no era únicamente que Eichmann participara en una maquinaria criminal, sino que pudiera hacerlo sin detenerse verdaderamente a pensar en las personas sobre las que recaían las consecuencias de sus decisiones.
Éste es quizá uno de los descubrimientos más incómodos de Arendt: el mal no necesita siempre de seres extraordinariamente perversos. A veces necesita personas corrientes que obedecen, cumplen, callan y dejan de hacerse preguntas. Una estructura injusta puede mantenerse durante mucho tiempo porque unos pocos la diseñan, pero también porque muchos otros aceptan su funcionamiento como algo normal.
Por eso el mal consciente y el mal banal no son necesariamente dos realidades enfrentadas. Pueden complementarse. Puede haber quienes diseñan deliberadamente una estructura de dominación y quienes, sin considerarse malvados, contribuyen a sostenerla porque han renunciado a pensar. El mal tiene arquitectos, pero también necesita engranajes.
Ana Carrasco-Conde introduce una perspectiva especialmente valiosa: el mal no es solamente una decisión individual; puede convertirse en una estructura y en una dinámica de relaciones. Cuando el otro deja de ser reconocido como persona y pasa a ser tratado como objeto, cifra, instrumento o problema, algo esencial se rompe. «El mal es una estructura y es una dinámica», afirma la filósofa.
Y quizá ahí encontremos una clave decisiva. El mal comienza cuando desaparece el otro.
No siempre necesitamos odio. A veces basta con indiferencia. Basta con acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, con mirar hacia otro lado, con repetir que «no es asunto nuestro». Una injusticia que al principio nos escandaliza puede terminar formando parte del paisaje. Nos acostumbramos. Y lo que conseguimos normalizar termina dejando de interrogarnos.
Por eso me parece insuficiente decir que el mal es ignorancia, pero también me parece insuficiente imaginarlo siempre como una voluntad demoníaca perfectamente consciente. El ser humano es más complejo. Hay ignorancia, miedo, resentimiento, ambición, autoengaño, presión social, obediencia, interés personal y, también, decisiones deliberadas. A veces el mal nace de no saber; otras, de no querer saber. Y quizá esta segunda forma sea todavía más peligrosa. Porque existe una ignorancia que no consiste en carecer de información, sino en negarnos a mirar aquello que podría cuestionar nuestra comodidad.
Pensar, entonces, se convierte en una responsabilidad moral. Preguntarnos qué estamos haciendo. A quién perjudica lo que hacemos. Qué consecuencias tendrá nuestra decisión. Qué ocurre cuando dejamos de mirar al otro como semejante. La filosofía no elimina el mal, pero nos obliga a permanecer despiertos frente a él.
Tampoco la empatía es suficiente por sí sola. Podemos comprender el sufrimiento de alguien y utilizar ese conocimiento para manipularlo. Podemos ser inteligentes y crueles. Podemos tener cultura y carecer de humanidad. El conocimiento necesita conciencia; la libertad necesita responsabilidad; y la inteligencia necesita una orientación hacia el bien.
Quizá la pregunta más importante no sea, por tanto, si el mal existe como ignorancia o como voluntad consciente. Existen ambas posibilidades. La verdadera pregunta es qué hacemos nosotros con nuestra libertad cuando sabemos que podemos dañar. Porque el mal no comienza siempre con un gran crimen. Puede comenzar mucho antes: cuando dejamos de pensar, cuando dejamos de escuchar, cuando justificamos una pequeña injusticia, cuando convertimos al otro en una cifra, cuando decidimos que su sufrimiento importa menos que nuestro interés.
Si el mal puede crecer en la indiferencia, el bien puede crecer en el reconocimiento. Si el mal rompe vínculos, el bien los reconstruye. Si el mal convierte al otro en objeto, el bien vuelve a llamarlo por su nombre. Y ahí aparece también nuestra esperanza. O tal vez vuelva con las manos vacías.
No estamos condenados a ser buenos ni malos. Somos responsables de lo que hacemos con aquello que sabemos, con aquello que sentimos y con aquello que decidimos. Como afirma Carrasco-Conde en el texto, «somos nuestros actos».
Tal vez ésta sea la verdad más incómoda y, al mismo tiempo, más esperanzadora: el mal forma parte de nuestras posibilidades humanas, pero también el bien. Y cada día, incluso en las decisiones aparentemente pequeñas, volvemos a elegir entre reconocer al otro o ignorarlo, entre pensar o dejarnos llevar, entre cuidar el vínculo que nos hace humanos o romperlo. Ahí, mucho más cerca de lo que imaginamos, comienza nuestra responsabilidad.
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