Con los sitios de cada día en las horas habituales. Con los rostros de cada mañana, con las rutinas de cada tarde, con los ritos de cada noche. Con los saludos interrumpidos por el estío y las obligaciones aplazadas para después de Ferias. Con el patio del colegio. Con los pasillos del instituto. Con la cafetería de la facultad. En septiembre se trata de reencontrarse, y sin ir muy lejos en el tiempo, desde pasado mañana lo experimentaremos en nuestra ciudad cofrades venidos de toda España con motivo del encuentro nacional de cofradías.
Pero como el verano acabará (¡mañana!), y el otoño durará lo que tarda en llegar el invierno, me permito reivindicar para octubre una prórroga, una fugaz moratoria, porque en octubre también se tratará de reencontrarse. Apenas quedan cuatro semanas para que, sin tener que pensarlo, un centenar de “reencontrantes” demos un salto veintiséis años hacia atrás y pongamos los pies de la memoria sobre la tierra de un primer octubre.
La oscuridad de la noche todavía aferrada sobre el Campus Unamuno. Las luces incipientes de aquel lunes, segundo día del mes, casi tan tímidas como los novatos que esperábamos la apertura de las puertas de la Facultad de Medicina. La mayoría de edad, recién estrenada o en vísperas. La carrera, por supuesto, sin tacos de salida: “Esto es una carrera de fondo”, cuántas veces me lo diría mi padre...
Ya somos mayorcitos, así que nuestro atlas de la promoción, además del de anatomía, obedece al mapa de los viejos distritos universitarios: vecinos y bien avenidos, como siempre lo fuimos, abulenses, cacereños, zamoranos y salmantinos, amén de leoneses leonés y burgaleses que lógicamente prefirieron la nuestra a alguna facultad más septentrional. No faltaron otros acentos, como el dulce lusitano. Y no faltarán en el reencuentro los adquiridos en la diáspora, el poso en las voces de los caminos surcados después, mientras la brújula no dejaba de señalarnos Salamanca.
Un lugar al que volver para el reencuentro. Un tiempo al que regresar, no tanto para rendirse a la nostalgia sino para crecerse en el agradecimiento. Yo, por anticipado, ya lo siento hacia todos los compañeros que han escuchado esta convocatoria, a los que se las están ingeniando para no perdérsela cuadrando guardias, viajes y niños, a los que ahora no estarán físicamente pero a buen seguro también se sentirán reencontrados.
Una oportunidad, el próximo 17 de octubre, para celebrar, y para entrar juntos otra vez en el glorioso día de San Lucas. Una jornada que nos permitirá volver a pisar aquellas aulas que, es verdad, anhelábamos abandonar, sobre todo enfrentados a la hoja de respuestas o al folio en blanco de algunos exámenes, pero que nunca dejarán de ser nuestra casa, nuestra querencia, nuestra juventud. Aulas y bares, claro, aquellos maravillosos años con sus náufragos los lunes, sus fiestas los jueves, sus amores y sus pollos asados.
Una invitación a reencontrarnos con aquellas vivencias del comienzo de un siglo cuyo primer cuarto ya hemos superado, y a compartir, por qué no, lo que somos hoy, médicos en una encrucijada especialmente compleja para nuestra bendita profesión. Cuarentañeros en mil latitudes, de mil maneras, con mil descendientes (seguro que tantos no, algunos nos bajan la media). Compañeros para siempre con ganas de reencontrarse.
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