Miércoles, 23 de septiembre de 2026
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La película “La Odisea” de Nolan, un burdo retrato de nuestro ruidoso y bélico presente
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La película “La Odisea” de Nolan, un burdo retrato de nuestro ruidoso y bélico presente

Publicado 22/09/2026 08:38

Las tres horas de presencia que exige al espectador la película de Christopher Nolan sobre el poema épico de la Odisea, de Homero, son tres horas poco placenteras, al menos para este articulista, cinéfilo crónico.

Dejamos “las virtudes” del film para el final, pues lo que sobresale de este largo relato de Nolan no son sus virtudes, sino el modo utilizado de narrar La Odisea: el director ha decidido que prevaleciera el ruido producido por las numerosas batallas que describe del rico argumento de la Odisea homérica, (con las tres partes en las que se divide convencionalmente el argumento) y el sinfín de luchas que llenan las tres horas de pantalla. (No las he cronometrado pero mi impresión subjetiva es que de las tres horas, aproximadamente dos están ocupadas por las batallas posteriores a la guerra de Troya y por la destrucción de la ciudad).

Estas dos características, el infernal ruido que posee la sala de proyección durante la mayor parte del tiempo, y acciones bélicas continuas, hacen al espectador consumir dos o tres horas del mismo malestar y del mismo argumento que define nuestro actual mundo: el ruido y la furia; son las palabras que hace más de cinco siglos escribió Shakespeare en el monólogo de Macbeth del Acto V de su obra Macbeth, para definir qué es una vida humana.

Casual y desgraciadamente, cinco siglo después, en este convulso siglo XXI, nuestra actual sociedad ( al menos toda la Occidental) repite el mismo cuadro de ruido y furia que identificó el poeta inglés. Consciente o inconscientemente las imágenes de la Odisea de Nolan es lo que nos muestran: nuestro presente.

Las otras partes de la Odisea homérica apenas se exponen ni se exploran en la película: el importante personaje de Telémaco, hijo de Odiseo, con su intensa vida emocional, interna y externa, no lo vemos en la pantalla; solo lo vemos en acción o tomando la decisión de ir a la búsqueda de su padre. Del viaje de regreso y de las aventuras de Odiseo vemos los hechos externos, los peligros, los monstruos, las diosas como depositarias de los recuerdos y luchas de Odiseo, pero las imágenes no trasmiten el sentido de esos fantásticos episodios, que tan bien conocemos los humanos: los monstruos o fantasmas que nos salen al camino de nuestra existencia (distintos en la forma, idénticos en el sentido) que ahora llamamos IA, o pandemias, o calentamiento global, o guerra nuclear, o migraciones. Los metafóricos cantos de sirena que escuchamos desde la infancia a la madurez, que tienen el mismo poder de paralizarnos que relata Homero y que ahora se escuchan saliendo de los programas televisivos, de las redes sociales, de dictadores que venden en sus discursos la Patria en su beneficio, etc., que, a pesar del ruido, amplifican con potentísimos medios tecnológicos.

Tampoco sentimos en La Odisea de Nolan el proceso de reencuentro entre Odiseo y Penélope, el único y principal objetivo del canto homérico; en el film está contado como si fuera imposible el encuentro entre las mujeres y los hombres, como si las palabras de “los dioses” y de los sabios, ciegos o videntes, siempre condujeran a engaño. Ni siquiera nos narran a los espectadores la Fiesta y alegría de ese reencuentro, la felicidad que sienten Penélope y Odiseo, que describe Homero en el canto XXIII de su inmortal poema épico.

El director de la película, Nolan, como prototipo del confuso y neurótico humano de nuestro siglo, ni siquiera es capaz de dar cuenta de que muchas mujeres y hombres siguen amándose, atrayéndose, y, con mayor o menor dificultad y constancia, siguen pudiendo expresar sus afectos y sus sueños.

Y seguirán expresándolos, al menos hasta que la IA no se haya adueñado por completo de la compleja alma del ser humano.

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