Sábado, 19 de septiembre de 2026
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La lectura y yo
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La lectura y yo

El reloj en la pared, como un militar cumplido, marca la hora con sus agujas en movimiento. Si tiene péndulo y campana, suena a la media hora, a la hora en punto. Arriba, con otros astros, el sol habrá visto desplazarse a la tierra, redonda, inestable en su órbita arcana.

«Lee», «debes leer», se le dice por lo general a los niños (también hablo de las niñas, cuando uso el masculino genérico). A nosotros como adultos, qué nos pasa en ocasiones. Nuestra mente divaga cuando leemos, se resiste a la horma letraherida del renglón impreso. No entra en la hondura al otro lado de la página, sino que salta del texto o vuela o revolotea sin sentido.

El niño levanta la mirada por encima del libro o el cuaderno, mira en torno, juega con lo que tenga a la mano, vuelve a sumergirse en la lectura. El reloj en la pared, como un militar cumplido, marca la hora con sus agujas en movimiento. Si tiene péndulo y campana, suena a la media hora, a la hora en punto. Arriba, con otros astros, el sol habrá visto desplazarse a la tierra, redonda, inestable en su órbita arcana.

Una responsabilidad de los escritores consiste en comunicar su literatura con claridad y precisión. Creo que José Ortega y Gasset dijo que la claridad era la cortesía del filósofo. Esto no significa, en otras palabras, que el escrito no nos comparta una hondura humana que difícilmente se expresa por medio de un lenguaje cotidiano, desprovisto de las potencias de la redacción artística. Tampoco la claridad excluye a la poesía.

Giambattista Bodoni tendía los escritos en los pliegos y les infundía un sueño por medio de su arte tipográfica e imprenta. El gramaje del papel lo convertía en oro molido. Hacía lo mismo que los niños, que no recogen nada de las letras si falta el encanto primitivo de la belleza y el misterio. Pero a veces nosotros cuando crecemos y las preocupaciones de la vida nos apremian, muy difícilmente volveremos a sumergirnos en esas aguas no contaminadas de la imaginación, la memoria y el olvido.

Aquí no hablamos de dinero, ni capital. La riqueza buscada apunta a otra dirección, como dijo San Juan de la Cruz, me parece, no sabida. Y cuando menciono al autor castellano, tampoco hablo de religión. La verdad más interior del ser humano quizá anteceda a lo que se hizo para la mujer y el hombre. En todo caso, lo que importa aquí es que la elegancia y limpieza no depende del estado de cuenta bancario. ¿No han visto ustedes a gente de la calle con un corazón puro, amables, generosas, sugerentes?

¿Cómo podemos volver a la lectura? Tal vez, perdiendo el cuidado por concentrarnos en leer lo que leemos; me explico: dejando de aferrarnos por no salirnos del molde impreso. ¿Y si no entendemos nada, por divagar renglón tras renglón, sin poder recordar nada de la página previa? No pasa nada. Esas divagaciones, en todo caso, llevarán impresas, o estarán inspiradas, por lo que ignoramos que hemos leído. La máquina del espíritu no dejará de moler algo del grano caído en su vacío.

En mis clases de ayer, hablamos del estado de ser literario como una actitud ante la vida. No resulta fácil, en realidad, bajar el mundo de los sentidos a los símbolos gráficos de las letras. Eso sería como pedirle a una persona que volcara el agua del mar en un hoyo en la arena, como le pasó a San Agustín de Hipona. Un escrito, por más que se trate de un Thoman Mann, Honorato de Balzac, Gustave Flaubert, Benito Pérez Galdós o Miguel de Cervantes, no deja de reflejar una pizca nada más de todo lo que habría querido transmitir. Al lector le toca agregar el resto.

Las palabras que agregaremos a continuación resultan innecesarias. La columna ha terminado arriba. ¿Por qué las añadimos, entonces? Lo hacemos para salirnos de la norma impuesta por la claridad y precisión abordadas antes. No hay nada más hermoso que estirar las extremidades, arrellanarse en un sofá, beber un sorbo de agua. Leyendo todo lo malo que pasa en el mundo, sí, en la prensa en el teléfono, como yo en este momento, que en lugar de iniciar la redacción de la columna me entero de lo que pasa en el mundo; con esas malas noticias del orbe, sí, mas no por ello tampoco retirado del otro orbe, el mundo letraherido donde la imaginación y el ingenio, al margen de la inteligencia y el raciocinio, tienden un puente a otras orillas de la vida, donde brotan bellezas por descubrir.

Lamentablemente, extenderse hasta esos bordes, adonde acuden unos labios a posarse, para beber el líquido contenido en la copa inexistente, exige salir de uno mismo e ir al encuentro del otro, o lo otro. Implica internarse en una profundidad mayor de las regiones inexploradas interiores, donde el alma (o lo que sea que tengamos ahí) atesora cofres tal vez similares a los de los piratas. Por eso las niñas que leen no retiran la mirada de los libros: pretenden llegar en realidad a la isla del tesoro (que yo no he descubierto).

Para los niños, un reloj puede representar un objeto monstruoso, amenazante, si lo enmarcan esas cajas de madera antiguas, con el grabado de una alegoría remota. No agregaremos aquí una tarde lluviosa, de tormenta, ni mucho menos llegaremos a la noche. A esa hora es cuando los gatos se asoman por las aceras y anuncian con la mirada un suceso por ocurrir. Un rechinido de la puerta sería lo peor que podría suceder, un relámpago.

Pero eso constituye un lugar común de las letras. Lo que nosotros buscamos, en cambio, es la originalidad. Ese retorno a los orígenes, que los humanistas del Renacimiento cultivaron con mayor o menor fortuna, sigue irrigando los caudales de los preceptos literarios y las poéticas de las cuatro laderas cardinales. En esos orígenes, sin embargo, existe un orden. Así lo escribió Jorge Luis Borges cuando dijo en su poema Las causas: «La frescura del agua en la garganta / de Adán. El ordenado Paraíso». Por ese motivo, suponemos, las personas y las cosas tienen un nombre.

Por cierto, hablando del libro del niño, en ese salón no sabemos si de una escuela o una casa, ¿quieren saber cómo se llamaba? Pues bien, como en toda buena lectura nos quedaremos con el suspenso. No sabremos qué leía, ni sabremos en qué se convirtió esa persona que leía (alguien real, que me refirió su historia, bajo condición de reservar su anonimato), hasta la siguiente entrega.

«Yo es otro», dijo Arthur Rimbaud, «je est un autre», Marcel Proust, según Simon Leys, compartió la idea. Este dato se lo debo a un amigo futbolista, que gusta de la lectura erudita. Difícilmente, la persona que vemos y tocamos comunica cara a cara lo que despliega por medio del arte. En el caso de aquel niño lector, que se convirtió casi en lo que leía —acaso sin tanta fortuna como Alonso Quijano—, ese otro yo del poeta francés, sí puede competir con el yo de su nombre de pila.

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