Cuando caminaba sin rumbo por la calle, entre la espesura de los árboles y las sombras de las farolas, recordé un verso, o visualicé el pasaje de un poema. Intenté repetirlo en voz alta. Cuando por fin me escuché a mí mismo, descubrí la distancia casi infinita que mediaba entre las palabras inestables de mis labios y un anhelo olvidado que volvía de golpe a mi pecho.
Hace medio año, en la universidad donde trabajo, miraba el escaparate de las nuevas adquisiciones de la biblioteca. Afuera, hacía un calor que lo obligaba a uno a buscar un refugio al resguardo de un lugar con aire acondicionado. También vi los carteles con anuncios de eventos deportivos, actividades extracurriculares y convocatorias para bandas de música. A un costado había un espectacular con un anuncio de fotografía que no supe descifrar; contemplaba algo de un uso regulado de la inteligencia artificial (IA), pero más allá de eso no alcanzaba a enterarme de nada. En eso estaba cuando vi un banco libre al lado. Ahí terminé de ver la película de intriga, suspenso, espionaje, que había dejado a la mitad en la plataforma Bilibili. El libro que había recogido del escaparate era uno norteamericano, traducido al chino, de sociología, en relación con el medio y las circunstancias que llevan a las personas a la adopción de conductas.
Yo estoy a favor del uso del teléfono móvil en el aula, pero probablemente lo digo porque trabajo en China. Retirar esa realidad aumentada de la experiencia pedagógica equivale a restar beneficios que no se pueden compensar de otro modo. Lo mismo podríamos decir, en un sentido global, del mundo: retirar a un país del mapa del orbe no constituye ninguna solución a ningún problema. Hay que aprender, en cambio, a acogerlo, con todo y su otredad, que compensa y equilibra la nuestra. Cuando yo consultaba el libro de sociología, me apoyaba en el teléfono, para reconocer la ubicación de una ciudad o mirar qué había sido de una marca comercial que había dejado de exportar sus productos. El texto en la mancha de tinta cobraba vida. Cada nota a pie de página dejaba de ser un renglón inerte y se arrellanaba en su espacio.
Obviamente, yo cuando terminaba de leer el volumen no dejaba de conversar con mis amistades en el chat de una aplicación. Recibía fotografías, enviaba videos, me compartían música, yo mandaba mi ubicación lejana, al otro lado del río, para explicarles por qué no iba a la cena a esas altas horas de la noche. Me detenía cada página como un niño que abre un volumen de gran formato sobre el espacio infinito del cosmos. Terminé de ver la película, también. Aunque no disponga de una conexión VPN, para conectarme al internet acostumbrado en países como España o México, esa realidad virtual ha terminado por apropiarse de una porción de mi existencia. En cierto modo, incluso esta columna forma parte de lo mismo que decimos.
Anoche en Bilibili veía una entrevista a Terence Tao, un matemático. Me llamó especialmente la atención un comentario en torno a algo que saben muy bien las personas de letras: el libro amigo. Cuando buscas un tomo en una estantería, ocasionalmente topas con otro más, que no deja de resultarte menos interesante. En otras palabras, probablemente esto pueda llamarse asimismo serendipia. De manera accidental, causal, terminas dando con algo que no sabías —como fue también el caso, probablemente, de San Juan de la Cruz—. El autor castellano entró donde no supo y se quedó no sabiendo, tal como acontece con la persona que ve el libro al lado y descubre en él algo irresistible. Estas situaciones, dice Terence Tao, no pasan con la recuperación de información por medio de la red: ahí encuentras lo que buscas y no hay más. Él, de joven, buscaba artículos científicos en revistas de papel, y terminaba dando, por supuesto, con otros artículos desconocidos.
Lo uno no quita lo otro, ni lo cortés quita lo valiente. A ver, te digo a ti, lector, lectora, intenta desarrollar tu día sin el uso de la tecnología digital. No toques el teléfono, ni abras el ordenador, ni coloques la tableta ahí, no mires videos en tableta, ni abras ventanas en el portátil, ni reproduzcas música en el teléfono. ¿Cuánto tiempo resistirás? Aunque esto suene a anuncio de Sabritas, creo que no erramos al referir nuestra condición tal cual es. Imaginen a los estudiantes, frente a docentes que no han preparado la clase, improvisando el contenido, haciendo además preguntas incómodas. Piensen en esos estudiantes con la vitalidad de su medio, su círculo de amigos, las noticias de las nuevas parejas y las rupturas que se veían venir, viviendo, como no podría ser de otra forma, la realidad que les toca. Cómo no podrán buscar el teléfono en los bolsillos. Hoy por hoy, no existe enseñanza fuera del mundo digital, a menos que las circunstancias lo impidan. En un caso extremo, en otro orden de cosas, piensen en lo que se dice del mundo dentro de 10 años.
Yo sí creo que esta perspectiva, pero intento respaldarla con la preparación de un clas que me lleva el tiempo necesario para aumentar un vientre en la barriga. Lo cortés no quita lo valiente, suele decirse, como tampoco decir lo que es implica pavonearse. Una profesora de inglés, ayer viernes en los pasillos de la Facultad de Lenguas y Culturas, me mostraba una nueva aplicación para generar videos a partir de texto. Le eché un vistazo a un ejemplo en su teléfono. La felicité efusivamente. En otra conservación anterior, un año atrás, ella misma me había referido las dificultades por las que pasaba en el aula. Esa pedagogía, hecha a mano, aunque lleve condimentos de IA, también termina por instruir al docente y ubicarlo en el tiempo que vive. Es como unos padres que desean ver crecer a sus hijos, hasta convertirse en personas autosuficientes y completas. El docente, asimismo, aprende del alumno, y como él se desarrolla camino a su propio fin. Por eso conviene empeñarse con sensatez y esmero, aunque uno siempre quede retirado de la meta: el aula lo agradecerá, el docente terminará poco frustrado y carecerá de importancia que una joven o un chico pueda escribirle a otra persona que la quiere o la ama.
Cerré el libro gustoso de escuchar el glope de las tapas duras. Lo coloqué de nuevo en la estantería, o lo dejé en el banco, no recuerdo. Cuando salía a la calle, con el golpe de calor brutal en el rostro, le eché un vistazo más al anuncio del programa de fotografía con uso de la IA. Me puse los audífonos. Pulsé la canción enviada por un primo. Cuando caminaba sin rumbo por la calle, entre la espesura de los árboles y las sombras de las farolas, recordé un verso, o visualicé el pasaje de un poema. Intenté repetirlo en voz alta. Cuando por fin me escuché a mí mismo, descubrí la distancia casi infinita que mediaba entre las palabras inestables de mis labios y un anhelo olvidado que volvía de golpe a mi pecho.
No diré que abrí los brazos, porque eso constituiría referir una mentira. Pensé, en todo caso, que esos brazos abiertos los portan en sus pensamientos las personas que han terminado por descubrir lo que vago e inexacto fijamos aquí con alfileres: qué suave suena un blues, la bossa nova, por qué no dejar que sus cauces fluyan por nuestras corrientes hasta tornarnos nosotros mismos esas músicas quedas, calladas —en palabras de nuevo de San Juan de la Cruz—, que salen en busca de un amor ausente. Por qué no convertirnos en el líquido ambar de una taza de té blanco, que acompaña a otra de café, más un jugo de naranja. El teléfono, que aquí sería el té, conviviría en armonía con el aula (el café) y el mundo abierto al otro lado de la ventana (el jugo de naranja). Y para quienes no puedan solventar estas bebidas, que al menos quede un consuelo: nuestra columna escrita a mano, al otro lado del mundo, con el efecto de sus palabras letraheridas, equivalentes al batir de alas de una mariposa, seguro no dejarán de comunicar su sentido en las antípodas del orbe, para siquiera hacer que caiga una hoja en la ventana y sentirnos acompañados.
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