Hay paisajes que se miran y paisajes que nos miran.
La Laguna del Cristo, en Aldehuela de Yeltes, pertenece probablemente a los segundos. Miguel de Unamuno la contempló una noche de luna llena y encontró en aquella superficie de agua tranquila algo mucho más profundo que un simple paisaje. Vio el cielo reflejado en la laguna, una encina dibujada sobre el agua y una naturaleza que parecía guardar silencio para rezar.
Muchos años después, ese mismo territorio recibió otra mirada espiritual.
La iglesia de La Purísima acogió Juan, el espíritu del amor, la obra de Denis Rafter sobre San Juan de la Cruz, dentro de la programación del Año Jubilar impulsada por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca y con la colaboración del Ayuntamiento, la Parroquia y la Diócesis de Ciudad Rodrigo.
Y resulta difícil no pensar que había algo de aquella laguna dentro de la representación.
San Juan de la Cruz fue también un hombre de la noche. No únicamente de la noche física, sino de esas otras noches interiores que todos atravesamos alguna vez: la incertidumbre, la pérdida, la soledad, la ausencia, la búsqueda.
Pero en su poesía la noche nunca es solamente oscuridad.
Es también camino.
Unamuno lo expresó de otra manera cuando escribió sobre la Laguna del Cristo. El agua se convierte en cuna de una “alta y honda doctrina”; el cielo parece posarse sobre la tierra y la naturaleza entera participa de una oración.
Dos hombres. Dos épocas. Dos maneras de acercarse al misterio.
Y un mismo territorio capaz de reunirlos.
Quizá esa sea una de las grandes riquezas de los pueblos: conservar paisajes que han visto pasar generaciones y que, de vez en cuando, consiguen despertar algo en quien los contempla.
La Laguna del Cristo estaba allí mucho antes de que Unamuno llegara. Y seguirá allí cuando nosotros ya no estemos. Esa permanencia tiene algo que ver con la experiencia teatral.
Porque una representación también es algo fugaz.
Se prepara durante horas. Se encienden las luces. Los actores aparecen. Las palabras comienzan a llenar el espacio. El público escucha. Durante un tiempo, todos comparten una misma historia.
Y después, todo desaparece.
El escenario se desmonta. Los actores se marchan. La iglesia recupera su silencio.
Pero queda el recuerdo.
Como queda en el agua la imagen de la luna cuando la noche termina.
Eso explica, quizá, por qué tiene sentido llevar teatro y poesía a lugares como Aldehuela de Yeltes. No para llenar simplemente una agenda cultural, sino para crear momentos que puedan quedar en la memoria de una comunidad.
La iglesia de La Purísima se convirtió en escenario, pero también en un lugar donde el presente pudo conversar con el pasado. La obra habló de San Juan de la Cruz; el paisaje recordó a Unamuno; y el público pudo participar de ese encuentro.
La cultura funciona muchas veces así.
No añade necesariamente algo nuevo al lugar. A veces consigue que volvamos a mirar lo que ya estaba allí.
Una laguna.
Una iglesia.
Un poema.
Una historia.
Un santo.
Un escritor.
Y de repente descubrimos que todos estaban hablando de lo mismo: de la necesidad humana de encontrar algo que permanezca cuando todo lo demás pasa.
Quizá por eso Unamuno miró aquella noche la Laguna del Cristo y escribió.
Quizá por eso San Juan de la Cruz escribió desde sus propias noches.
Y quizá por eso, tantos siglos después, seguimos necesitando que alguien nos recuerde que mirar despacio también puede ser una forma de comprender.