Fue en ese instante cuando concebí la idea de redactar la Tiranía de la Libertad en Tren, 29 de agosto de 2026. Coloqué la taza en el plato. La porcelana desprendió su sonido. Tiré sin querer la cucharita sobre la mesa. Puse un par de monedas al lado del teléfono y la fruta.
I. Billete
La escritura de la columna nos demanda, antes de entrar en materia, una meditación profunda en torno a lo que todavía no sabemos que escribiremos. Por definición, creemos que una columna como la nuestra entra en una categoría ignota, imprevisible, elusiva, difícil de definir incluso para la autoría. Por lo regular, suele comportar un componente de sentido común que, a la postre, resulta casi lo más complicado por conseguir. Continuemos, por lo tanto, con nuestra.
Cuando busco poemas, espero encontrar una voz auténtica, bien esculpida en la palabra, esmerada, diligente, despreocupada e irreverente, en ocasiones. Yo creo en esas obras que no tienen por qué estar peleadas con la pulcritud o la suciedad. Por ese motivo, me parece, la poesía —cualquiera que se el tema que aborde— no debe perder la elegancia, el refinamiento, la dignidad, la erudición, la talacha, la cháchara, el oficio. Si falta algo en la poesía, entonces queda incompleta.
Hace poco, escuché decir que lo importante —esperado, querido, aprendido, predicado— consistía era dejar huella en la vida. Yo sin querer la dejé por un momento la otra vez, cuando pisé cemento fresco en la acera. Lamentablemente, ese mismo día o el siguiente restauraron la calle: no pude fotografiar mi calzado cuando volví. La clientela de la frutería al lado me miró intrigada. Yo me limité a decir en una lengua que no hablo "ha desaparecido".
Las generaciones de abuelos y padres encuentran en su descendencia la imagen cumplida de sus propios rostros. Shakespeare, en sus sonetos, aborda el concepto, aunque desconozco si lo haga con el giro expuesto en estos renglones menos elevados. Las abuelas y las madres se ven a sí mismas en sus hijas, que recogen lo mejor de ellas y lo subliman a un estado del ser más acabado. La fotocopia de carne y hueso generada por el amor o algo parecido crece en edad y afina la visión.
Bajaremos el volumen de la palabra escrita y pronunciada, para escuchar el silencio del oído atento. Crearemos un espacio en blanco, como el de los márgenes no anotados, para que sea el público o auditorio quien complete lo que resta por exponer. Guardaremos silencio, además, para mirar si conseguimos invertir el orden de ideas y lograr no que el auditorio complete lo que reste por decir, sino que nosotros salvemos esa distancia dejada por iniciativa del auditorio o público. No desearemos, entonces, escribir para ser leídos y malinterpretados, sino para corresponder con la otredad, el prójimo.
II. Anuncio
Un día en Nanjing, en 3z, una joven respondió thank you, go go go, cuando el camarero le ofreció su café. Yo estaba al otro lado del establecimiento. Cuando el camarero escuchó las palabras en inglés, volteó a verme a mí. Si yo no hubiera estado allí, ella con seguridad nunca habría pronunciado ese thank you, go go. Yo supe que a pesar de no formar parte de la conversación, no dejaba de ejercer un rol vivo, con mayor o menor visibilidad.
Fue en ese instante cuando concebí la idea de redactar la Tiranía de la Libertad en Tren, 29 de agosto de 2026. Coloqué la taza en el plato. La porcelana desprendió su sonido. Tiré sin querer la cucharita sobre la mesa. Puse un par de monedas al lado del teléfono y la fruta. Escuché notificaciones. Presté atención a la música del establecimiento. Las motocicletas eléctricas, los coches, sonaron las bocinas. Unos chicos pegaron gritos cuando se perseguían entre las demás personas y bicicletas. En el seno de esa imagen brotó el espacio que hoy encuentra su sustancia, con la digitación queda de unas frases y enunciados en español.
III. «Cine Mexicano 2.0 (poesía)», en la pantalla
La semana pasada, en una conversación que había migrado del correo electrónico al WhatsApp, un lector de nuestra columna dijo que la entrada anterior, «Cine Mexicano 2.0», habría debido llamarse, en realidad, «Poema para una vida nueva electrónica». Para quien haya leído esa publicación, queda claro lo comentado en torno a esa idea. A primera vista, dijimos, no vimos por qué habría debido llamarse así. Lo que quedó pendiente en la conversación con nuestro lector, en el apartado «V. Respuesta a ese correo electrónico», fue la manera de integrar el rasgo «electrónico» a una composición literaria como la ofrecida en ese columna. Por ese motivo, ahora volvemos sobre el asunto.
El epígrafe del poema lo recogimos al azar, cuando abrimos el libro de Luis Rosales, Diario de una resurrección, en cualquier página al azar. Fue la 77 u 78: «y hay amores que duran algo menos que un beso». En otra conversación semanas atrás, con otro lector de poesía, sensible para el aprendizaje de idiomas, escuché que la poesía contemporánea suele adolecer de la condición de pregunta, incertidumbre, zozobra, que puede tener la moderna, como la de Ramón López Velarde, y del himno o alabanza de un mundo ordenado, rodado en un metro y una rima estables, de la poesía clásica o antigua. En la de hoy, me dijo, casi no encuentro nada consistente ni acabado. Esas fueron más o menos sus palabras, que yo comunico con las mías.
IV. Tiranía de la Libertad en Tren
Me gustaría contar con otro lenguaje menos confundido en el alboroto de lenguas del mundo,
que dé cuenta casi inexacta de tu nombre no sabido.
Porque te busco con la sed de un paladar pobre,
que pierde de vista a la parvada sin cómputo en libertad.
** *
Labraré con la piedra de otro mapa el cincel de tu paradero,
que huye quedo, como una sombra, un sueño, una pesadilla, de la figura incierta de esta poesía frágil.
Es esa exigencia de tu forma inasible la que me obliga a volver a ti,
y me resta las posibilidades de acabar en una condición menos pesarosa.
Abriré un espacio en el verso y la estrofa tachada, reescrita, anotada, hasta el fondo,
para que quepas con todo lo que nunca has escatimado en el hueco blanco del silencio oscuro;
hundiré el pico en el haz de una oscuridad iluminada, sin espesura, que alcance el origen,
para que puedas emerger con una epifanía o anunciación sin fotocopia.
Porque serás tú, con tu columna vertebral y tu misterio enciclopédico, quien me ofrezca, sin saberlo, mi hechura de asombro y sentido poco frecuente,
sin ocasión a la merma, ni la distorsión, de mi sueño intacto.
* **
En eso radica la sustancia del anillo de mis átomos sin órbita en la poesía errante, vagabunda,
con una energía serena, casi inofensiva e infantil;
átomos conjurados, encantados, amanecidos, oscurísimos,
con el rol de un tonto en escena, encontrado, de un santo como Andreas, de Roth,
sin la búsqueda de nada que no quede a su paso en la penumbra de una confesión,
a zaga de la huella de muchos hechiceros, brujos, magos, curanderos, naguales, médicos, doctores, arquitectos,
que ignoren el porqué de tanto afán en la construcción de una realidad repetida,
sin que el detalle deje de brillar cubierto por el polvo de un siglo exhausto.
***
En esto dejará de resumirse lo que quede sin rodar en el poema.
Serás tú en una obra letraherida sin venta la autora, la sibila, la hada creadora de un personaje humanísimo, parecido a nosotros, a mí,
suspendido en un verbo sin una conjugación irregular, que en vano el sol potente de un hado benévolo intente instruir.
Su seña, impronta, emblema, deberá a tu favor la merced de su tipografía, con la herrería de una liturgia anterior a la de Persia.
V. Luis Rosales, Diario de una resurrección, en la ventana
La poesía exige el trance de quien escribe, pues su contenido encarna un verbo que pasa de largo por la prosa. Una vez creada, jamás abandonará el siglo por donde discurrirán las generaciones entrantes, en busca de lo mismo que nosotros dejamos suspendido, al alcance de la altura. Nada puede gozar del estatus de verdad, si no comprende tanto al guijarro como a la nube.
La poesía de Luis Rosales la leí tiempo atrás. Me encantó la tipografía del volumen, cuya encuadernación señalaba su condición de Premio Cervantes. Cada poema se me figuraba como un recinto amplio, espacioso, desamueblado, como una oficina o apartamento de un edificio más o menos pasado de moda.
En el interior del recinto no quedan puertas electrónicas, ni posiblemente cámaras de vigilancia tampoco. Las ventanas carecen de persianas que se activan al pulsar un botón digital. En cambio, como el tiempo ha retrocedido, todo es metal, fierro, un suelo con mosaicos de arabescos amarillos, rojos, blancos, azules, acaso. Visto desde fuera, el lugar luce como el atelier de un artista temeroso del vino, que ha dejado de preocuparse por el siglo corriente.
Su poesía moderna me lleva a la pregunta, o la respuesta, de una duda o incertidumbre en torno al amor, me conduce a la certeza de un bien apropiado con el lazo de un metro erudito y espontáneo. No tiene las imágenes de otros poetas, porque Luis Rosales no fue otros poetas, pero sí cuenta con las suyas, muy originales, vivísimas, no tanto de mi agrado en ocasiones.
Así lo recuerdo por mi lectura hace ronda un lustro. Hoy me doy cuenta, sin embargo, que no escribo sobre el presente, sino sobre el pasado, que me acecha y me guía al futuro. Esa distancia me permite redactar no lo que fue entonces, sino lo que mi memoria inventa al respecto. Me abre el camino a la exposición de un recuerdo en construcción, a la invención de una memoria labrada en una mente compartida. El libro Diario de una resurrección, de Luis Rosales, volví a abrirlo hace unos días, en cualquier página al azar, para recoger por medio de esas suertes virgilianas —luisrosalianas, deberíamos decir—, el epígrafe que señalaría el derrotero de mi poema acabado, «Cine Mexicano 2.0», publicado la columna anterior.
Le dije a dos amigos entonces, «hablaré sobre Luis Rosales». Ellos me vieron con unos ojos abiertos un par de soles resplandecientes. Me dijeron,«bien». Ese día el cielo tenía otro color distinto al de ahora, el soplo del viento arrojaba otra erudición, la temperatura al otro lado de la ventana se percibía diferente. Asimismo, el tiempo transcurría al compás de otra hora. Había un temblor en las orillas de la imaginación que hoy en día aún no deja de encontrar una imagen menos inacabada.
Levanté el libro en alto. Ellos me miraron con un gesto de interrogación y expectativa. A continuación, se miraron entre sí. Por mi parte, yo continuaba con la mirada absorta en la altura de mis brazos extendidos arriba. Ellos esperaron lo que yo también sigo esperando, porque aún no lo he escrito. No dije «a ver qué nos comparte otra página abierta al azar». Ahora que lo recuerdo, fue más bien otra frase simple, menos enigmática, quizá: «Polo me regaló el libro».
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