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POESÍA: MIRADA QUE ENCUENTRA AL ALMA
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DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

POESÍA: MIRADA QUE ENCUENTRA AL ALMA

Publicado 26/08/2026 11:03

La poesía no solo nombra lo que vemos. Busca aquello que permanece oculto detrás de lo visible. Por eso, quizá, la poesía sea una de las formas más profundas de mirar: porque mientras mira el mundo, también nos obliga a mirar hacia dentro

Escribir un poema es mucho más que colocar unas palabras en una línea. Es intentar apresar con ellas algo que, muchas veces, no sabemos explicar de otra manera. Un sentimiento, una ausencia, un recuerdo, una mirada, un instante.

Quizá por eso me gusta pensar que un poema es la fotografía de la literatura.

Si una fotografía puede contener en una sola imagen aquello que necesitaríamos muchas palabras para explicar, el poema hace algo parecido con el lenguaje: concentra, selecciona, elimina lo innecesario y deja ante nosotros aquello que verdaderamente importa.

Un buen poema puede contener en unos pocos versos una emoción para la que quizá necesitaríamos páginas enteras de reflexión. No porque la poesía pretenda sustituir al pensamiento, sino porque posee esa capacidad extraordinaria de decir mucho dejando espacio para que el lector complete lo que falta.

Las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo. No leemos ni escribimos poesía simplemente porque sea bonita. Lo hacemos porque somos humanos y porque la condición humana está hecha de preguntas, de deseos, de pérdidas, de esperanzas, de pasión.

La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería y tantas otras disciplinas son necesarias para construir y dignificar nuestra vida. Pero hay algo que ninguna de ellas puede sustituir: esa necesidad de belleza, de emoción y de significado que nos acompaña desde que el hombre comenzó a mirar el mundo y a preguntarse por él.

El ser humano necesita la poesía, aunque muchas veces no lo sepa.

Y la poesía no tiene por qué ser nueva, ni pertenecer necesariamente a un poeta consagrado. A mí me gusta también leer los poemas de las personas que me rodean. En ellos encuentro, muchas veces, algo profundamente verdadero: el verso como vía de escape, como confesión, como necesidad de hablar, como una manera de decirle al mundo lo que uno piensa y siente de la forma más bella que conoce.

Porque la poesía no pertenece del todo a quien la escribe.

La poesía termina perteneciendo a quien la lee.

Hay momentos en los que encontramos un poema y pensamos: «Así me siento. Nada podría expresarlo mejor». Y entonces sucede algo maravilloso: durante unos instantes deseamos haber sido nosotros quienes escribimos aquellos versos.

Pero quizá no sea necesario haberlos escrito.

Basta con hacerlos nuestros.

Ese es, para mí, uno de los grandes misterios de la poesía. El poeta pone en el papel una experiencia que le pertenece, pero cuando el poema llega al lector deja de ser exclusivamente suyo. Cada lector lo vuelve a escribir desde su propia memoria, desde sus heridas, desde sus alegrías, desde aquello que está viviendo.

El mismo poema puede significar cosas completamente diferentes para dos personas.

Porque cada uno encuentra en él lo que necesita encontrar.

La poesía es, después de todo, fruto de nuestra experiencia, de nuestra manera de sentir y de percibir las cosas. Es memoria, pero también presente. Es una forma de mirar.

Y quizá por eso la poesía se parece tanto a la fotografía.

Ambas nacen de una mirada.

El fotógrafo espera la luz, encuadra un instante y decide qué dejar dentro y qué dejar fuera. El poeta hace algo semejante con las palabras: observa, selecciona, ilumina una parte de la realidad y deja que el lector imagine todo aquello que permanece en la sombra.

Una fotografía puede ser el retrato de un instante.

Un poema puede ser el retrato de un instante interior.

Y quizá sea ahí donde ambas artes se encuentran: en su capacidad para detener el tiempo.

La poesía puede ser también el latido de una ciudad, la memoria de una calle, la luz de una tarde, el silencio de una plaza. Puede convertirse en la fotografía de un paisaje que no vemos con los ojos, pero que reconocemos cuando alguien consigue nombrarlo.

Porque, al final, un poema no solo fotografía lo que somos. Fotografía aquello que, por un instante, sentimos que somos.

Y cuando eso sucede, cuando unas pocas palabras consiguen devolvernos una emoción que creíamos perdida, comprendemos que la poesía no es solamente la palabra que nombra el mundo, es la mirada que lo atraviesa hasta encontrar, detrás de lo visible, aquello que nos revela el alma.

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