Hay instantes que parecen escapar de las palabras. Instantes difíciles de nombrar, porque se resisten al sentido, a la lógica que quisiera apresarlos y convertirlos en concepto. Instantes que, por un breve momento, parecen suspender el flujo del tiempo y colocar la vida en un paréntesis.
«Si a un instante le digo alguna vez:
¡Detente, eres tan bello!»
Fausto — Johann Wolfgang von Goethe
Hay instantes que parecen escapar de las palabras. Instantes difíciles de nombrar, porque se resisten al sentido, a la lógica que quisiera apresarlos y convertirlos en concepto. Instantes que, por un breve momento, parecen suspender el flujo del tiempo y colocar la vida en un paréntesis.
Quizá por eso el ser humano ha intentado siempre detenerlos.
La poesía, la pintura, la música, la fotografía… no son sino distintas maneras de enfrentarnos a esa imposibilidad: la de retener aquello que, por naturaleza, está destinado a desaparecer.
Y, sin embargo, a veces lo conseguimos.
No detenemos el tiempo, pero conseguimos guardar su huella.
Quizá todo lo que hacemos nace de esa necesidad de salvar algo de la desaparición.
Recordamos para que el pasado no desaparezca del todo. Escribimos para que una emoción pueda sobrevivir a quien la sintió. Pintamos para que una mirada permanezca. Fotografíamos para que un instante, condenado a no volver, pueda seguir hablándonos.
Porque el instante no es solamente una fracción de tiempo.
Es también una experiencia.
Aquel que contempla su entorno para evocarlo, para reconocerse en él, para pensarse en su ahora, transforma esa experiencia en un acto de recreación. Y entonces surge la imagen: una imagen que nace de un presente concreto, pero que puede permanecer mucho más allá de ese presente.
La imagen poética y la imagen fotográfica participan, de alguna manera, de ese mismo misterio.
Ambas intentan hacer visible lo que está a punto de desaparecer.
Lo cotidiano, la memoria, la evocación, el acto de poetizar y el acto de fotografiar son experiencias temporales. Elementos que pertenecen a momentos distintos de nuestra existencia y que, sin embargo, pueden encontrarse en un mismo lugar: el instante.
La fotografía tiene ahí una condición extraordinaria.
Puede ser documento, memoria, testimonio. Pero puede ser también una forma de mirar.
Fotografiar no es describir lo que tenemos delante. Fotografiar es decidir cómo queremos mirarlo.
Por eso una calle cualquiera puede convertirse en una imagen memorable. Una sombra sobre una pared. Una ventana entreabierta. Una figura que cruza una plaza. La luz sobre la piedra de una ciudad. El reflejo del río al final de la tarde.
Nada de ello es extraordinario en sí mismo.
Y, sin embargo, puede suceder algo.
La mirada descubre aquello que nuestros ojos habían aprendido a pasar por alto.
Entonces comprendemos que lo obvio quizá no exista. Que lo cotidiano solamente es cotidiano hasta que alguien se detiene ante ello.
Toda fotografía verdadera comienza mucho antes de levantar la cámara. Comienza cuando aprendemos a esperar.
El fotógrafo espera.
Espera que la luz encuentre la piedra, que una sombra complete una arquitectura, que una figura aparezca en el lugar preciso, que el cielo diga durante unos segundos algo que no volverá a decir de la misma manera.
Y en ese momento ocurre el instante.
No es solamente el dedo que acciona el disparador.
Es la coincidencia fugaz entre lo que sucede fuera y lo que sucede dentro de nosotros.
Por eso la fotografía puede ser un estado de éxtasis breve: suceso y memoria, historia y casualidad, realidad y sentimiento. Una conversación silenciosa entre la mirada y aquello que, durante un instante, se ofrece a ser mirado.
Hay un momento especialmente misterioso en el transcurso del día: ese punto en que la luz comienza a retirarse y la oscuridad todavía no ha llegado.
El cielo se llena entonces de rojos, violetas y azules. La luz pierde su dominio y la noche todavía no ha conquistado el mundo.
No es exactamente día.
Todavía no es noche.
Es otra cosa.
Un intervalo.
Un instante suspendido.
Quizá sea ahí donde comprendemos mejor que la belleza no siempre está en las cosas, sino en lo que sucede entre ellas.
Entre la luz y la sombra.
Entre el día y la noche.
Entre el recuerdo y el olvido.
Entre lo que fuimos y lo que todavía estamos por ser.
Ese breve interludio guarda algo que no podemos explicar del todo. Un misterio que no necesita ser comprendido para ser sentido.
La noche y la luz dejan entonces de ser espacios para convertirse en estados del alma. No necesitan extensión ni medida. Son instantes inmóviles en medio del movimiento perpetuo del mundo.
Y quizá ahí resida el verdadero misterio de la fotografía.
No en detener el tiempo.
Eso es imposible.
El tiempo seguirá pasando mientras nosotros miramos.
Seguirán cayendo las tardes, seguirán llegando las noches, las ciudades cambiarán, las personas que amamos envejecerán, algunas se marcharán y nosotros mismos seremos, poco a poco, memoria.
Pero quedará la imagen.
No como una prisión del tiempo, sino como su memoria.
Una fotografía no consigue que el instante vuelva.
Consigue algo más humilde y, quizá, más hermoso:
que no desaparezca del todo.
Por eso sigo mirando.
Por eso sigo esperando la luz.
Porque cada vez que levanto la cámara ante un instante que me conmueve, vuelvo, de alguna manera, a aquella antigua petición de Fausto:
«Detente, eres tan bello.»
Sé que el tiempo no se detendrá.
Pero durante una fracción de segundo, la luz, la mirada y la vida pueden encontrarse.
Y entonces aprieto el disparador.
No para detener el tiempo.
Sino para salvar un instante de su desaparición.
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