La música, la poesía y la interpretación encontraron la respuesta de un público que acompañó la representación en la iglesia de El Salvador
Los cinco intérpretes llegan con la obra aprendida. Conocen sus personajes, sus movimientos, sus canciones y cada palabra del texto. Pero hay algo que no pueden llevar preparado desde casa: el público que van a encontrar.
Por eso cada pueblo cambia un poco Juan, el espíritu del amor.
En Aldeadávila de la Ribera, en la iglesia de El Salvador, la obra volvió a encontrar un escenario diferente y una comunidad diferente. No podía ser de otra manera en una localidad que Miguel de Unamuno llegó a definir como «el corazón de Las Arribes».
La representación forma parte de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del Año Jubilar de San Juan de la Cruz, con la colaboración del Ayuntamiento, la Parroquia y la Diócesis de Salamanca.
La compañía llega con todo preparado. Pero en cuanto empieza la función, los artistas comienzan a descubrir al pueblo.
Hay públicos que ríen más. Otros guardan un silencio profundo. Algunos reaccionan inmediatamente y otros esperan hasta el final para expresar lo que han sentido. Los actores aprenden a leer esas pequeñas señales.
Y cambian.
Respiran distinto.
Quizá hacen una pausa algo más larga. Quizá una mirada dura un segundo más. Quizá una canción adquiere una intensidad que no estaba prevista. No porque se modifique la obra, sino porque el teatro necesita algo que ningún ensayo puede proporcionar: la presencia real de las personas que están al otro lado.
En Aldeadávila, esa relación volvió a producirse dentro de la iglesia de El Salvador. La música, la poesía y la interpretación encontraron la respuesta de un público que acompañó la representación con atención y que reconoció el trabajo de los artistas con sus aplausos al finalizar.
Y cuando el público se marcha, los actores también se llevan algo.
Porque esta gira está convirtiendo cada pueblo en una especie de maestro inesperado. Enseña que no existe una única manera de escuchar una historia. Que la misma palabra puede provocar sensaciones diferentes. Que un escenario cambia cuando cambia el paisaje que lo rodea.
Aldeadávila tiene además una personalidad muy particular. Las Arribes, el Duero, sus paisajes y esa identidad de frontera forman parte de la sensibilidad del lugar. Todo eso, aunque no aparezca escrito en el libreto, acaba entrando de alguna manera en la representación.
Por eso quizá sea más exacto decir que Juan, el espíritu del amor, la obra de Denis Rafter, no viaja simplemente de pueblo en pueblo.
Va creciendo pueblo a pueblo.
Los artistas aportan la obra. Cada localidad aporta algo de sí misma. Y el público termina completando aquello que sucede sobre el escenario.
En Aldeadávila, el corazón de Las Arribes, San Juan de la Cruz volvió a hablar.
Pero esta vez lo hizo con la respiración de un pueblo entero.