Imágenes de Ceuta, fotografías de miles de muchachos mojados, exhaustos, adolescentes que podrían estar jugando al fútbol en cualquier barrio de cualquier ciudad española si el azar hubiera repartido de otra manera las cartas del nacimiento, y de inmediato aparecen los fabricantes del miedo, los mercaderes del patriotismo de escaparate, los profesionales de la bandera cuidadosamente doblada para la fotografía, los mismos que descubrieron hace mucho que no existe campaña electoral más rentable que señalar con el dedo al que no puede defenderse, al que apenas posee otra riqueza que el cansancio y otra propiedad que la esperanza, y empiezan a hablar de avalanchas, de invasiones, de sustituciones demográficas, de identidad nacional, de defensa de Occidente, de efectos llamada, de firmeza, de expulsiones, de concertinas más altas, de muros más gruesos, como si las alambradas fueran una teoría política y el alambre de espino una filosofía moral, mientras Europa, esa anciana que todavía se contempla orgullosa en el espejo de la Ilustración convencida de que sigue siendo la patria universal de los derechos humanos, continúa ampliando silenciosamente el mayor cementerio líquido de la historia contemporánea y llama gestión migratoria a la administración meticulosa de la muerte, externalización de fronteras a la delegación de la crueldad y cooperación internacional al pago discreto para que otros mantengan lejos de nuestras playas el espectáculo de los desesperados, porque las democracias modernas han aprendido una habilidad extraordinaria: conseguir que el sufrimiento ocurra siempre un poco más allá del horizonte para no tener que verlo durante el desayuno. La verdadera frontera lleva mucho tiempo creciendo dentro de nosotros, de nuestros pueriles bienestares y nuestras mezquinas excusas, en esa indiferencia moral fruto de la comodidad de creer que un muchacho deja de ser un muchacho para convertirse en un inmigrante y un inmigrante deja de ser una persona para transformarse en una amenaza.
María Zambrano escribió que los desastres revelan a las personas tal como son y quizá nunca una frase haya adquirido una precisión tan dolorosa como ahora, cuando basta abrir cualquier red social o escuchar determinadas tribunas parlamentarias para comprobar hasta qué punto el racismo ha dejado de avergonzarse de sí mismo y pasea con la serenidad insolente de quien sabe que ya no necesita disfrazarse de prudencia, porque se ha vestido de sentido común, de preocupación ciudadana, de defensa de las fronteras, de amor a la patria, palabras nobles utilizadas como envoltorio de una mercancía mucho más antigua que Europa conoce demasiado bien y que consiste en convencer a la gente de que siempre hay un culpable más débil sobre el que descargar los propios fracasos, mientras los auténticos responsables permanecen cuidadosamente invisibles, protegidos por los consejos de administración, las cumbres internacionales y los despachos donde se deciden guerras que luego otros tendrán que atravesar a pie.
Quizá por eso la discusión resulta tan obscena cuando se reduce a unos cuantos metros más de valla o a unas cuantas patrullas adicionales, porque no existe una sola concertina capaz de detener el hambre, no existe un muro que impida caminar a quien ya ha perdido todo cuanto podía perder, no existe una frontera que consiga convencer a un padre de que acepte tranquilamente el futuro de miseria reservado para sus hijos, y seguir creyendo lo contrario constituye una forma particularmente refinada de estupidez política y de cobardía moral, ya que las personas seguirán llegando mientras existan las razones que las expulsan y esas razones, para nuestra inmensa vergüenza, llevan demasiado tiempo alimentándose también de nuestro bienestar, de nuestro consumo, de nuestra indiferencia y de esa extraordinaria capacidad occidental para convertir los privilegios en méritos y las desgracias ajenas en delitos propios, de manera que tal vez la pregunta no sea cuántos muchachos consiguieron atravesar la frontera de Ceuta aquella mañana sino cuántos de nosotros dejamos de reconocer en sus ojos el mismo miedo que habría habitado los nuestros de haber nacido apenas catorce kilómetros más al sur, porque las civilizaciones no empiezan a morir cuando caen sus murallas sino cuando levantan otras dentro de la conciencia y llaman prudencia a la renuncia de la compasión, llaman seguridad al miedo y llaman invasión al simple, antiguo e irreprimible deseo humano de seguir viviendo.
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