Sábado, 08 de agosto de 2026
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La sonata a Kreutzer
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La sonata a Kreutzer

Eso sucede en La sonata a Kreutzer, de León Tolstói, cuya portada de la edición leída, Editorial Nacional Edinal, México, 1965, traductor Francisco Carles, exhibe una tragedia.

I

En ocasiones, me pregunto lo mismo que he leído en otros autores, menos conocidos y estudiados: ¿por qué empeñarnos en lo que sabemos incorrecto, a costa —¡sin saber cuánto perdemos!— de lo correcto? Aunque yo me considero un usuario medio de la esfera digital, veo como un grave impedimento para el desarrollo de la mujer y el hombre las trabas derivadas de la intromisión del mundo digital en nuestro día a día de carne y hueso.

Una escena comentada por las y los docentes consiste en el aula clavada, a pesar de su voluntad, en los dispositivos digitales, mientras el suministro de la lección discurre tuerto y medio sordo en el pizarrón de gises o táctil. El caso se acentúa cuando las clases han sido preparadas con antelación, recogiendo apuntes de los márgenes de los libros, bibliografía olvidada, publicaciones dispersas, carpetas recuperadas por azares del destino en el momento justo cuando se rumia una idea. Suelen ser las mismas personas quienes sí prestan atención a las lecciones, si bien es cierto que, por partes iguales, el auditorio vive adelantado años de distancia, en ecosistemas digitales de los que nosotros no tenemos noticias: resulta natural, entonces, que vean al conferenciante como si estuviera detrás de la vitrina de un museo de antropología analógico.

Muy lejos del presente, por lo que veo, queda aquel impulso de quien deja todo para consagrarse a la poesía. Aquel velo de la poesía que reservaba el misterio de lo no sabido afuera ha sido rasgado y dejado atrás: lo entonces oculto por la intriga y el ensueño ahora la red informática lo ha arrojado como un pescado que nos atiza el rostro a aletazos. El aire sereno de la poesía castellana descalza le ha cedido muy a su pesar el paso a una transmisión en vivo o un podcast hirviente. Resulta complicado volver al origen del ser erótico y esquivo.

II

Creo que la responsabilidad social, con la administración de los bienes, el cumplimiento del deber cívico, la impartición de justicia, resulta suficiente para apaciaguarnos y volvernos personas ecuánimes y sensatas. En otra publicación digital, de un autor a quien he citado antes y que topé por casualidad en una calle de la ciudad donde me encuentro, en esa publicación él habla de la levedad del ser, en alusión directa a la novela de Milan Kundera, para representar una dudosa búsqueda de la libertad como una encrucijada de la soledad y la angustia. El contrapeso lo reporta la búsqueda de la verdad.

Existe belleza en muchas esquinas de la existencia que nos es dado apreciar a bordo del transporte urbano y los vehículos particulares. Y también es mucha la belleza que podría quedar de manifiesto si dejáramos de encubrir lo que ocultamos, para ponerlo de manifiesto y permitirle al prójimo situarlo en su punto medio. Eso que llevamos dentro y nos gustaría liberar como una paloma blanca busca un rayo de luz que perfore la espesura intacta.

La extensión del escrito presente se ajusta a una jirafa espontánea del aquel columnista colombiano que después sería conocido como Gabo. Nosotros solemos escribir más, probablemente como un acto de fe en el trabajo, que tiene por mala costumbre intentar sacar hoy lo que todavía podría sacar mañana, y pensar en el ayer como si todavía resultara posible intervenirlo —aunque ambas actividades, sobra decirlo, quedan nada más en el propósito—. En pocas palabras, retomando el hilo: procuramos escribir más por el mero hecho de no escatimar ni una pizca de voluntad ni deseo. Ese principio nos mueve a hacer caso omiso del buen precepto de la brevedad y el tino, en aras de dar al traste con la elegancia debido una extensión insufrible. Nos gustan las palabras, qué le vamos a hacer.

III

La libertad del cautiverio de las redes francamente nos inspira un estado de ánimo excepcional. Equivale a sacar la cabeza de un volumen de pixeles inasibles que busca por medio de algoritmos fantasmas retenernos bajo su yugo artificial. Años, lustros, décadas atrás, en las aulas de la secundaria y el bachillerato, la preocupación de las y los docentes era otra: parte del tiempo de cada asignatura se iba en pedir a media voz, en voz alta, a gritos. Recuerdo perfectamente algunos de esos rostros, que entre sonrisas y descaros atendían las exposiciones de los contenidos académicos, jugando, discutiendo, peleando en los sanitarios, reconciliándose, continuando con las maldades de las cerbatanas y los capirotazos. Eso era lo suyo entonces, sin los dispositivos digitales. Los teléfonos han introducido el silencio y una penumbra sin atractivo en los recintos.

Muchas veces, la profesión nos llega de fuera. La aceptamos, acogemos, como si estuviéramos en un cuadro de Fra Angelico. No la elegimos nosotros. Por la razón que sea, aparece y por medio de un sí imprevisto queda impresa en el alma. Esto no obsta, sin embargo, para que otras personas más lleven el día a día de sus ejercicios profesionales haciendo lo posible e imposible para quitarse el trabajo de encima, pero ese es otro asunto. Nosotros aquí hablamos de quienes sí trabajan, así como lo hacen quienes redactan columnas periodísticas hechas a mano y abnegación.

Recuerdo el día que dejé las clases de secundaria y bachillerato. Subí las escaleras de un parque conocido, del centro de la ciudad, y miré a los cuatro puntos cardinales, girando sobre mi eje como un segundero sin prisa ni retraso. Cada persona debe conservar recuerdos similares, de momentos estelares o catastróficos de la trayectoria laboral. Lo mejor ocurre cuando dejamos de ser víctimas de las circunstancias y tomamos las riendas de uno mismo. A partir de ese momento, la mitad de la realidad se crea a imagen y semejanza propias.

IV

En un episodio conocido por todas y todos, del reino letraherido de San Agustín —que ha servido de motivo recurrente en las sucesivas generaciones de autoras y autores—, el hijo de Mónica se arrepiente de su vida pasada y gira sobre los talones para hacerse de otros hábitos. Ese pasaje, narrado con mayor fortuna por el propio San Agustín, yo en otro momento lo intervine sin suscribirlo, ni resaltarlo, decantándome, en cambio, por la vida dispersa de quienes se habían quedado en Roma o de los futuros goliardos. Hoy no lo veo así, por más que siga leyendo a un Ramón López Velarde, con versos como Zozobra. Esto me lo ha inspirado La sonata a Kreutzer, de León Tolstói.

En este tipo de obras, como un Lazarillo de Tormes, me parece recordar —seguramente, la mala memoria me traiciona—, en esas obras, como el Lazarillo, o El túnel, de Ernesto Sábato, o La muerte de Iván Ilich, del propio Tolstói, no esperamos la última frase para conocer el desenlace de la historia; en cambio, el final reporta las causas que motivaron el acontecimiento expuesto desde el inicio. Eso sucede en La sonata a Kreutzer, de León Tolstói, cuya portada de la edición leída, Editorial Nacional Edinal, México, 1965, traductor Francisco Carles, exhibe una tragedia.

Para Elsa Cross, en La realidad transfigurada, una forma de la tragedia tiene como detonante un error del pasado. Ese descuido, inserto en una cadena de desaguisados, propicia un evento deplorable. Las aristas son plurales, con una gradación casi infinita. Como botón de muestra, valga citar la cinta de Pier Paolo Pasolini, Pocilga, la de Pedro Lazaya, Miel, la del diector de Robocop, Paul Verhoeven, en Delicias turcas, donde el contrapunto queda articulado con base en la incapacidad de abrazar una vida noble, seguir la doctrina cristiana y vivir un amor marital, respectivamente.

En el caso de León Tolstói, la tragedia obedece a otras causas, menos trágicas comparadas con las de Elsa Cross, pero no por ello menos lamentables. A decir verdad, ese desenlace, o las causas que lo motivan, no se apartan demasiado de todo lo que nosotros podríamos vivir o escuchar de los vecinos. La vida en el siglo corriente —si optamos por un lenguaje barroco—, apunta a una condición donde no queda nada perdurable fuera de la sabiduría acunada por obras como Calila y Dimna o la Historia de la doncella Teodor.

Un mérito estético de estas obras radica en la puesta de relieve de pasajes conocidos por todas y todos, pero necesitados de luz. La solución a los conflictos rechaza el dictado del instinto. Su razón radica en las antípodas de lo que el humanismo y el renacimiento han llamado «mundo»: si este último tiende a una felicidad y gozo inestable, aquellas obras cercanas a Manrique y la Danza de la muerte ponen en evidencia su tramoya. La narrativa discurre a un asunto olvidado en el Edén. Lo propio acontece en La sonata a Kreutzer.

V

En ocasiones, pienso en una acepción del verbo enseñar: mostrar, ofrecer a la vista, extender con la mano. En parte, creo, en eso radica la obra de la docencia: extiende a la vista lo hecho por la persona, muestra el empleo incluso del ocio y tiempo libre. Por esa razón, autores como un Ángel Gabilondo Puyol, en El buen maestro, sacan a la luz un oficio en construcción constante, orgánico, inserto en las leyes de la naturaleza de otro Fray Luis de Granada, cuyo perímetro o circunferencia no reduce su contenido a ninguna medida predispuesta, como podrían ser 45 min de clase: esos 45 min de la asignatura vienen de al menos un par de años atrás, y tienden el arco de la existencia a una suma equivalente en lontananza. Ese futuro, asimismo, da chance de preveer los errores cometidos antes.

La sonata a Kreutzer, de León Tolstói, pone en evidencia un error craso, cuyo origen no se distancia en absoluto del día a día de personas como nuestro auditorio y nosotros. Es el San Agustín de Hipona después de su madre Mónica. Es el Fiódor Dostoyevski de esas novelas que en parte hemos leído y en parte no. Es el Tolstói de La muerte de Iván Ilich, que muestra la descomposición de una sociedad parecida a la nuestra, cosida con el género de Goya, Quevedo, Antonio de Pereda, Erasmo. En el caso de la obra del autor ruso —cuyas tierras parecidas a las de Pedro Páramo nos describió Sergio Pitol, en su curso de literatura rusa en la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana—, en el caso de Tolstói, decimos, el problema se acrecienta cuando vemos que la vida se consigue mediante el cultivo de la perfección humana y divina.

El libro había sido un obsequio del librero mexicano y su cónyuge restauradora de libros. Poniendo orden en otra pequeña biblioteca, alojada en un espacio no descrito aquí, topamos con el libro al retirar el polvo de la estantería de «libros impresos en papel tosco». Una vez abierto, no nos levantamos del asiento hasta pasar la última página.

VI

A la mañana siguiente, le hicimos una llamada telefónica al librero mexicano y su cónyuge restauradora de libros. Aprovechando andábamos no lejos de sus tierras, ellos nos citaron en un pueblo a no demasiados kilómetros de distancia. Recorrimos la distancia en autobús. Cuando vimos el calzado impoluto y el bastón severo del librero mancillar la piedra inexperta de la calle, supimos que cualquier comentario sobre Tolstói quedaría insulso ante la magia de los interlocutores. Le extendimos a su cónyuge restauradora de libros un presente del lugar de origen. Él empujó la puerta abatible de madera del establecimiento con su bastón. Nadie los conocía a ellos. Continuaban fieles a su práctica de crear escenarios nuevos a cada paso que daban, aunque la novedad de tales escenarios en ocasiones consistiera en la puesta en página de un drama preparado de antemano. Extrañé el vaso de agua caliente al inicio de la consumición.

Hemos leído tu columna, me dijeron, aunque tú no nos la hayas enviado. Vimos la fotografía del medio de transporte. Comentamos que una vez tú, en la secundaria, al pasar la lista en el aula, un día después de la pelea entre dos chicos, a uno de ellos lo llamaste Rocky. Sí, les contesté, incluso recuerdo su nombre real. En aquellos tiempos, dar clases equivalía a perder la voz.

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