La iglesia de Santa María Magdalena acogió una nueva representación de 'Juan, el espíritu del amor', dentro de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca
Los artistas suelen decir que cada público tiene una personalidad distinta. Hay ciudades donde las emociones se expresan con facilidad y otras donde cuesta más romper el hielo. Pero quienes recorren los pequeños municipios coinciden en algo: el público rural escucha de una manera especial.
La iglesia de Santa María Magdalena de Bermellar acogió una nueva representación de Juan, el espíritu del amor, dentro de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del Año Jubilar de San Juan de la Cruz. La actuación fue posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Bermellar, la Parroquia y la Diócesis de Ciudad Rodrigo.
Desde el comienzo de la función se creó una conexión muy difícil de explicar. Los vecinos siguieron con enorme atención la historia, la música en directo y la poesía que construyen este montaje escrito y dirigido por Denis Rafter. No hubo distracciones ni prisas. Solo una escucha serena que permitió que cada escena encontrara su espacio.
Quienes forman parte de la compañía saben reconocer esos momentos. Hay un silencio que no pesa, sino que acompaña. Hay miradas que responden antes que las palabras. Y, cuando llega el final, el aplauso tiene un valor especial porque no nace de la costumbre, sino de la emoción.
Los cinco intérpretes recibieron una prolongada ovación que puso el mejor broche a una tarde inolvidable en Bermellar. Un reconocimiento que, precisamente por su sinceridad, adquiere un significado aún mayor.
Vivimos en una sociedad donde muchas veces parece más importante aparentar que sentir. Los pueblos conservan, sin embargo, una hermosa forma de relacionarse con la cultura: escuchar con el corazón y responder con honestidad.
Quizá esa sea una de las mayores riquezas del medio rural. Allí el teatro no necesita convencer a nadie con artificios. Solo necesita ser verdadero. Y cuando lo consigue, el público lo hace saber de la manera más hermosa que existe: con un aplauso que nace del alma y permanece mucho tiempo después de que la iglesia vuelva a quedarse en silencio.