La ciudad permanece. Somos nosotros quienes pasamos.
Vivimos en un tiempo que parece haber declarado la guerra a la lentitud. Caminamos deprisa, hablamos deprisa, fotografiamos deprisa. Incluso los lugares que visitamos parecen convertirse en una lista de imágenes que debemos acumular antes de continuar el camino.
Sin embargo, existen ciudades que se resisten a ese ritmo. No porque sean antiguas, sino porque conservan intacta la capacidad de exigir silencio.
Salamanca es una de ellas.
Durante años he recorrido sus calles con una cámara entre las manos. Muchas veces salía sin destino, sin un itinerario previsto, dejando que fueran la luz, las sombras o el simple azar quienes decidieran el recorrido. Con el tiempo comprendí que aquello no era una forma desordenada de pasear. Era una manera de aprender.
La ciudad no revela su belleza al primero que pasa. Espera.
Mientras caminamos con prisa, sus piedras permanecen mudas. Las fachadas son únicamente fachadas. Las plazas son solamente plazas. El río es un cauce más entre tantos otros. Todo parece visible y, sin embargo, nada termina de mostrarse.
Solo cuando el paso disminuye comienza la verdadera conversación.
Entonces descubrimos que la luz ha ido desplazándose lentamente por la piedra hasta dibujar una geometría irrepetible; que una ventana devuelve el reflejo exacto del cielo; que el vuelo inesperado de unas aves completa el equilibrio de una fachada; que una sombra, apenas perceptible unos minutos antes, transforma por completo el sentido de una calle.
No ha cambiado la ciudad.
Ha cambiado nuestra manera de estar en ella.
Quizá esa sea una de las grandes lecciones que todavía puede ofrecernos la belleza: no necesita llamar nuestra atención. Permanece donde siempre estuvo. Somos nosotros quienes debemos aprender a llegar hasta ella.
La fotografía me enseñó esta verdad mucho antes de que pudiera expresarla con palabras. Ninguna imagen importante nace de la impaciencia. La cámara puede registrar un instante, pero solo la espera permite reconocer cuándo ese instante merece ser fotografiado.
Esperar no significa permanecer inmóvil.
Esperar es habitar plenamente el tiempo.
Es aceptar que la luz tiene su propio calendario, que las estaciones modifican el carácter de una misma calle y que una ciudad nunca es exactamente igual dos veces porque tampoco nosotros regresamos siendo los mismos.
Quizá por eso algunas fotografías no vuelven a repetirse jamás. No porque la escena haya desaparecido, sino porque aquel encuentro entre la luz, el lugar y nuestra mirada pertenecía únicamente a ese instante.
Con frecuencia me preguntan dónde encuentro determinadas imágenes. La respuesta siempre decepciona a quien espera un secreto técnico.
No las encuentro.
Las espero.
Y mientras espero, la ciudad continúa haciendo su trabajo silencioso. Me enseña a mirar sin ansiedad, a aceptar que no toda jornada necesita terminar con una fotografía y que incluso los días en los que regreso con la cámara vacía pueden haber sido fecundos.
Porque también la mirada necesita aprender a no exigir resultados.
Vivimos convencidos de que el tiempo se aprovecha únicamente cuando produce algo visible. Sin embargo, la contemplación también crea. Tal vez de una manera más lenta, más discreta y menos inmediata, pero también más profunda.
Detenerse deja de ser entonces una pérdida de tiempo para convertirse en una forma de conocimiento.
Quizá las ciudades más hermosas no sean las que poseen más monumentos, sino aquellas que todavía conservan la capacidad de educar nuestra mirada. Salamanca pertenece a ese reducido grupo de lugares donde cada rincón parece recordarnos que la belleza nunca tiene prisa.
Ella permanece.
Somos nosotros quienes pasamos.
Y acaso sea precisamente ahí donde comienza el verdadero viaje: cuando dejamos de recorrer la ciudad para permitir que sea la ciudad quien empiece, lentamente, a recorrer nuestro interior.
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