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De la celebración a la tragedia
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Ciudad Rodrigo | Mundial de fútbol

De la celebración a la tragedia

Publicado 20/07/2026 02:55

Cientos de jóvenes, ante la mirada intergeneracional de vecinos y familiares, disfrutaban de la victoria de la selección española en el Mundial de Fútbol hasta que ocurrió lo peor que podía ocurrir

La noche del 19 de julio, cuando España conquistó su segundo Mundial de Fútbol, quedará para siempre asociada a un recuerdo agridulce; más bien triste, doloroso y difícil de asimilar, por el hecho acaecido cuando centenares de jóvenes celebraban la victoria en la fuente del Árbol Gordo. La cesión de la ornamentación provocó que un joven mirobrigense de 13 años resultara gravemente herido, con el fatídico desenlace de su fallecimiento. Otros dos jóvenes resultaron también heridos, aunque corrieron mejor suerte.

A quien escribe estas líneas informativas no le apetece divulgar las imágenes previas al suceso. Carecen ya de valor informativo ante la tragedia y muestran, en cambio, la alegría de todo un núcleo de vecinos, amigos y conocidos del malogrado joven y de su familia. Imágenes que, apenas unos minutos después, adquirieron una dimensión completamente distinta.

No obstante, el deber de contar la realidad de lo vivido en Ciudad Rodrigo y su comarca, por criterio profesional, obliga a relatar y plasmar el paroxismo festivo en el que se encontraba la ciudad apenas unos instantes antes de la tragedia.

Tras la gran celebración y el ambiente de unión en torno a la Roja, con una Plaza Mayor abarrotada de público gracias a la pantalla gigante instalada por el Ayuntamiento de la mano de la orquesta SMS, centenares de jóvenes se trasladaron, como es habitual en este tipo de celebraciones, hasta la fuente del Árbol Gordo para bañarse.

Allí, la alegría rebosaba en aquella calurosa noche de verano. Los jóvenes se introducían en el agua y se encaramaban sobre la fuente, convertida en protagonista improvisada de una celebración espontánea y multitudinaria. Todo ello bajo la atenta mirada de personas de todas las edades, entre ellas padres y madres que contemplaban con orgullo y complicidad cómo sus hijos participaban de una celebración colectiva que parecía pertenecer a todos.

La escena era la de una ciudad entregada a la alegría, unida por una victoria deportiva y por esa forma tan propia de compartir los grandes acontecimientos, donde las generaciones se entremezclan y los recuerdos se construyen en común.

Son, quizá, las paradojas más crueles de la vida: cómo, en apenas un instante, el júbilo puede quebrarse; cómo una noche concebida para la celebración puede transformarse, sin previo aviso, en una tragedia que deja a toda una ciudad sumida en el dolor.