Sábado, 11 de julio de 2026
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El futuro de las letras
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El futuro de las letras

La columna no dice nada nuevo, en un sentido literal: cuántas personas no han incursionado en este campo del arte y la cultura.

Detrás del escritorio, hay un librero. Visto de lejos, parece conservar volúmenes que podrían acompañar el escritorio de cualquier persona que da sus primeros pasos en el campo de la literatura. No son volúmenes de física, ni de matemáticas, ni de geografía, a no ser por los demás libros en otro librero a un costado, que tiene en sus estanterías un par de enciclopedias, cuyas páginas, obviamente, contienen exposiciones de esas materias. Hay pocos adornos: una piedra, un imán, un imperdible, una fotografía. El mueble no es de madera, como el otro a un costado, es de metal, con orificios en las cuatro patas que suben, para atornillar las estanterías al nivel deseado.

Ese mueble no está en el lugar que escribo, pero lo tengo a la vista. Recuerdo, incluso, algunos títulos, la mayoría aún sin leer. Vista esa colección con la perspectiva que el tiempo arroja, resulta evidente que, al menos en mi caso, el acto primitivo de leer ha cobrado una dimensión diferente: ahora en lugar de pensar en una lectura lineal concibo otro acto «lector»: arrojar imágenes a esos volúmenes, aunque tales imágenes no correspondan con las de los libros. Intentaré explicarme.

Hace un par de semanas, en la biblioteca de la universidad donde trabajo, encontré en exhibición, en el escaparate de la entrada, una traducción al chino de La imaginación sociológica, de C. Wright Mills. La contraportada, me parece, hablaba sobre una tesis en torno a la conexión de la vida personal con la estructura de la sociedad en que vivimos. Lo ojeé un instante y con la ayuda del traductor del teléfono leí el índice y algún párrafo suelto.

Los cambios en las formas de lectura constituyen un hecho innegable, que sobra poner de relieve, debido a que toda persona familiarizada con la historia del libro y la lectura los conoce. La imprenta marcó un punto de partida para una parte de la historia que nos toca de lleno. La creación de una sociedad intrínsecamente vinculada con la imagen digital marca otro punto de partida nuevo. No mencionaré a Giovanni Sartori aquí, pero sí diré, en relación con otro autor que vivió por los mismos años, George Steiner, que su desplazamiento hermenéutico propuesto para la traducción posiblemente encuentra un eco en lo que nos sucede a nosotros en la década corriente con base en nuestro uso de la imagen en el día a día del mundo digital.

El argumento que esgrimiré a continuación carecerá de valor para las y los entendidos en la materia, pero para mí cobra un valor ineludible, debido a lo que reporta de verdad, al menos para mí, en cuanto al modo de vivir la imagen hoy por hoy. En ocasiones, para comunicar un mensaje por medio de un envío privado o en el muro de alguna red social he optado por ofrecer una imagen en primer lugar, seguida de una acotación que la glosa. El mensaje llega antes, pienso, y lo hace además de un golpe de vista. Una imagen dice más que mil palabras, suele decirse. En el terreno de la política, la imagen con los memes comienza a ganarle terreno a todo lo demás. Una lección sobre la imagen la ofreció, en otro sentido, Antonio Tabucchi en su libro Nocturno hindú.

Para las y los aficionados al fútbol, o para el público en general, un escenario donde la imagen ha cobrado una relevancia indiscutible ha sido la Copa Mundial de la FIFA, en específico, con las revisiones del VAR. Nosotros en otro escrito lo hemos titulado La FIFA domina el balón. Como si no hubiéramos aprendido la lección del autor del autor de Sostiene Pereira, la televisión continúa arrojándonos la imagen con una supuesta perspectiva infalible, que me pregunto si encontraría cabida en lo que un Vitrubio, Pacioli o Leonardo pudieron haber comentado al respecto. La primitiva narrativa de buena fe que subyace al juego de fútbol como lo que era en un principio, un juego, ha sido desplazada por una dudosa evidencia gráfica que pretende dictar el sentido de la realidad.

¿Por qué hablo de llevar una imagen a los libros de aquel librero metálico detrás de un escritorio donde no me encuentro ahora? Con ello, pretendo rellenar un vacío que me tomaría mucho tiempo llenar si me sentara a leer de principio a fin los libros. Hoy en día, resulta difícil continuar el hábito lector, a no ser que se encuentre aparejado a una resignación por dejar de leer y consumir el resto de libros y productos culturales o del tipo que sean, debido a la cantidad ingente de su número, que no guarda relación alguna con el tiempo del que disponemos con un puñado de décadas. Parece cobrar sentido, si nos atenemos a lo último, la imagen de Séneca y Quevedo con pocos libros.

Qué podemos hacer, entonces, en la corriente del siglo. A qué juego apostaremos nuestras cartas. Qué requiere de nosotros la sociedad, para que sirvamos de un estímulo real para la gente que incursiona en estos asuntos. De qué modo podemos resultar contemporáneos, sin perder el suelo firme de la tradición. Yo pienso en la posibilidad de llevar la imagen al campo del libro y la lectura. Hoy pensamos como no lo hacíamos antes. No podemos cobrar una voz que resulte audible si seguimos usando un lenguaje anterior. Los tiempos, como suele decirse, han cambiado, son otros.

A nuestra generación le queda allanar el terreno por donde caminarán las y los jóvenes en camino. Lo poco que podamos insertar de lo que de un modo vago hemos llamado tradición resultará de un valor inapreciable para las y los nuevos usuarios de la cultura en general. Pero no podremos hacerlo si al menos no aprendemos a usar herramientas para retirar el sonido de un video, insertar subtítulos, modificar la velocidad, introducir música, etc. Esa es la forma actual que comunicará el mensaje. Aunque eso no represente que dejemos de escribir una columna de opinión en la prensa escrita ni que dejemos de creer en una historia todavía larga para el libro de papel y electrónico.

Crear esas imágenes para nuestros libros, como las comentadas en el primer párrafo, significará añadir un discurso (visual) al discurso original (escrito). Esa nueva capa de sentido convertirá en un producto diferente al libro: mediará entre este y la lectora, el lector, la interpretación gráfica añadida por el video. Pasará algo nuevo al estilo del cuadro de la pipa de Magritte. No obstante, si no damos el paso, ni lo uno ni lo otro cobrarán vida por efecto de ninguna barita mágica.

La columna no dice nada nuevo, en un sentido literal: cuántas personas no han incursionado en este campo del arte y la cultura. No obstante, para nosotros resulta algo relativamente nuevo. No habíamos cobrado la capacidad de distanciarnos incluso de nuestros propios escritos, para apreciarlos desde una perspectiva moderadamente objetiva. Con un escrito sucede lo mismo que con la propia persona. Salir de él y verlo desde fuera, como en el caso de la persona lo hace la conciencia, permite apreciar una verdad menos distorsionada y construir un discurso más sensato.

A final de cuentas, nos parece, esto es algo que quizá busquemos como sociedad: una claridad igual a la del lenguaje sugerida por la Academia, que permita comunicar mensajes concretos y favorecer nuestro atropellado paso por el siglo. Hoy abogo por esta dimensión de la vigilia, sostenida con base en creaciones pequeñas y sencillas, en lugar de buscar nada donde no supe, con el riesgo de quedarme no sabiendo, en una paráfrasis contraria al sentido original de la Noche oscura, de San Juan de la Cruz.

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