Mirar parece un acto sencillo. Abrimos los ojos y el mundo aparece ante nosotros. Sin embargo, contemplar exige otra disposición. Requiere tiempo, silencio y una forma de paciencia que nuestra época apenas conoce.
He dedicado una parte importante de mi vida a la enseñanza, a la fotografía y a la escritura. Durante mucho tiempo pensé que eran actividades diferentes. Hoy creo que todas nacían de una misma necesidad: aprender a mirar.
Mirar parece un acto sencillo. Abrimos los ojos y el mundo aparece ante nosotros. Sin embargo, contemplar exige otra disposición. Requiere tiempo, silencio y una forma de paciencia que nuestra época apenas conoce. Contemplar es aceptar que las cosas poseen un ritmo propio y que solo se revelan cuando dejamos de exigirles respuestas inmediatas.
Con los años he comprendido que la fotografía no consiste únicamente en capturar imágenes. Fotografiar es esperar. Esperar a que la luz encuentre el lugar preciso sobre la piedra, a que una sombra descubra el relieve oculto de un muro, a que una ventana convierta un espacio vacío en un escenario lleno de misterio. El fotógrafo no crea ese instante. Tiene el privilegio de reconocerlo cuando sucede.
Por eso nunca he entendido la luz como un simple fenómeno físico. La luz transforma cuanto toca, pero también transforma a quien la contempla. No vemos igual cuando somos jóvenes que cuando hemos aprendido a convivir con el paso del tiempo. La misma calle, la misma fachada o el mismo árbol parecen distintos porque también nosotros hemos cambiado. Quizá toda fotografía sea, en el fondo, un discreto autorretrato.
Salamanca ha sido mi gran escuela. Durante décadas he recorrido sus calles creyendo que fotografiaba su patrimonio monumental. Hoy sé que la ciudad me enseñaba otra lección. Su piedra dorada nunca posee un color definitivo. Cada amanecer la despierta de un modo distinto; cada atardecer la conduce lentamente hacia la penumbra. La ciudad parece recordarnos que la belleza no es una cualidad permanente de las cosas, sino el instante irrepetible en que la luz las visita.
Fue precisamente Salamanca quien me condujo al claroscuro. Al principio lo entendía como una técnica capaz de acentuar el volumen mediante el contraste entre la luz y la sombra. Con el tiempo descubrí que era mucho más que eso. Comprendí que la sombra no existe para ocultar la realidad, sino para darle profundidad. Allí donde la luz termina comienza la imaginación del espectador. Lo que permanece invisible también forma parte de la imagen.
Quizá por eso siempre sentí una profunda admiración por la fotografía analógica. Recuerdo las películas de alto contraste, el lento aparecer de la imagen en el laboratorio, el silencio del revelado. Aquel proceso enseñaba una virtud que hoy corremos el riesgo de perder: la paciencia. La fotografía nacía lentamente, como si necesitara tiempo para encontrar su propia verdad.
Con los años descubrí que los grandes artistas habían recorrido un camino semejante. Caravaggio comprendió que la oscuridad podía expresar tanto como la luz. Stanley Kubrick convirtió la tenue llama de una vela en protagonista de una película inolvidable. Sven Nykvist hizo de la luz natural un lenguaje emocional. Todos ellos entendieron que la luz no sirve únicamente para iluminar: sirve para revelar aquello que permanece oculto.
Pero la mayor enseñanza no procedía de los maestros, sino de la propia realidad. La naturaleza nunca repite una luz. Ningún amanecer es igual a otro. Ninguna nube proyecta la misma sombra. Ninguna mirada vuelve a ser exactamente la misma. La belleza vive precisamente en esa condición efímera. Existe durante un instante y desaparece para siempre.
Tal vez por eso sigo recorriendo las calles con una cámara entre las manos. Ya no busco fotografías extraordinarias. Busco esos breves momentos en los que el mundo parece detenerse y la luz descubre una verdad que había permanecido silenciosa. A veces dura apenas unos segundos. Otras veces no llega. Pero incluso la espera tiene sentido, porque educa la mirada.
Hoy pienso que toda creación artística comienza mucho antes del primer verso, del primer trazo o del primer disparo de la cámara. Comienza cuando aprendemos a mirar sin prisa. Cuando aceptamos que la belleza no puede conquistarse porque es ella quien decide manifestarse.
Quizá esa sea la verdadera misión del artista: permanecer atento.
No para poseer la belleza, sino para recibirla.
Y acaso la luz no sea otra cosa que la forma más delicada que tiene el mundo de decirnos, por un instante, que todavía existe un motivo para seguir contemplándolo.
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