Escuché que cuando ves a los Rolling Stones de cerca, lucen menos altos. No lo sé
Hace un momento, pensaba en ese todo lo que no vemos camino a una cafetería conocida de Nanjing, 3z, a la puerta del lago Xuanwu, desde la universidad donde trabajo. Hoy no había tráfico, a pesar de que eran las 8 a.m. (entre semana, esa resulta quizá la peor hora para deshacer el camino, debido a un tráfico vehicular a vuelta de rueda). Esa misma mañana de sábado, que para efectos prácticos podemos ubicarla hoy sábado 27 de junio, me había levantado tempranísimo por la mañana. Regué las plantas de la ventana, preparé un té caliente y abrí la ventana para que entrara una corriente de aire caliente, natural de estas fechas del año, cuando todavía resulta posible despertar con un fresco agradable, que pronto desaparecerá.
Me resultó imposible acudir a la oficina, a preparar el trabajo de la semana pasada. Cuando iba camino allá, sonó la alarma del despertador. El teléfono, con el tono de una melodía de los Rolling Stones, me ordenaba despertarme y ponerme en pie para iniciar el día. «Todo lo que no vemos», desperté con esa frase. Cuando apagué la alarma del teléfono y vi las notificaciones, encontré la frase escrita en el bloc de notas. No la recordaba.
En los últimos días, para descansar del estudio del chino, que me ha hecho escribir en pinyin en el ordenador, he visto una que otra película en Bilibili, esa plataforma, como otras tantas, que opera con algunas restricciones en Occidente, por los derechos de autor, pero que en el país garantiza un contenido creativo y nutritivo para todas las edades. Los créditos finales no los vi. La noche resultaba amena para sentarse en esa jardinera y ver una película como esa junto al bulevar de establecimientos a lo largo de la calle lateral del centro comercial, no lejos del SPA adonde al final no he acudido.
Otra película ha sido la de ahora, minutos antes de meditar y rumiar el contenido que no nos ocupa ahora. La trama es sencilla. Una persona toma por error un equipaje ajeno, sale del aeropuerto, por razones desconocidas nadie reparó en el incidente y la vida de dos personas cambia radicalmente. En el equipaje, en un supuesto libro de anime, estaba encriptado un código para el diseño de un chip de doble uso. El final queda abierto, como si hubiera sido una obra de Chéjov en el siglo XXI asiático. A mitad de la película, compré un zumo de naranja con lichi en el bulevar. Me sentó mejor que la cerveza que había pensado beber. Además, me permitió sentarme en el arriate, al lado de un joven bebido que se ejercitaba haciendo abdominales en la vía pública y un guardia de seguridad que regulaba la entrada del wai mai. El joven bebido, que en realidad tenía sus años, me miró a los ojos. Yo levanté el vaso de plástico vacío. Él me contestó gan bei.
La frase «todo lo que no vemos» probablemente surgió por el encuentro con el joven como yo, que bajo el posible aspecto de una persona entrada en años todavía conserva un aire natural de juventud, o por lo menos de esperanza, o de fe ciega en lo que no ve ni sabe que espera, que lo sostiene a flote en unas circunstancias similares a las del mar de Galilea. Yo le respondí asimismo gan bei. El señor de la limpieza se acercó desde la otra acera, escoba y recogedor en mano. Tenía una mirada clara, con sus ojos sencillos como dos piedras oscuras en una superficie blanca. Movió la comisura de los labios. Su hombro derecho se tensó un instante. Arriba, las luces electrónicas reproducían las marcas de otras bebidas en el edificio de la plaza comercial. Yo me pregunté qué diría.
En parte, todo lo que no vemos también depende de la capacidad de no querer abrir los ojos y optar, en cambio, por continuar viviendo otro sueño de la razón menos bello. No obstante, la máquina del mundo nunca detendrá su paso por aquí. Siempre continuaremos enfrentándonos a la resistencia que ofrecen los límites permitidos y la voluntad de regresar al foco de la luz del escenario. Buena parte del camino consiste en deshacer lo andado, para volver al nido, y despertar a un amanecer nuevo donde no hay nada más que el deseo de persistir en el ser y no dejar para el futuro nada que no sea una flor herida en la página de un libro intonso.
El olor del café me hizo girar sobre los talones. Acudí a la cocina. Dejé las ventanas abiertas, con las plantas en las latas de sus macetas bien hidratadas. Era hora de ir a descansar. La jornada había resultado larga. Habíamos tenido exámenes, además. Un estudiante, a media hora de la tarde, me había invitado un helado de mai dang lao. Eché llave a la oficina. Revisé en el bolsillo que tuviera las llaves de casa. Bajé las escaleras del edificio, mirando la pantalla electrónica del ascensor. Aprecié los colores del pájaro de la cafetería 3z, una mascota con menos fama que el pato Merlín mexicano, aunque los niños se acerquen a apreciar sus colores dispersos. En la semana escuché que cuando ves a los Rolling Stones de cerca, lucen menos altos. No lo sé.
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