Sábado, 20 de junio de 2026
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Relato acabado
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Relato acabado

No se puede partir de la idea acabada, pues no existe, ni existirá nunca. Las ideas acabadas —metáforas artificiales— consumen de antemano la posibilidad de ser, estar, existir.

Según el Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga, «No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia de las tres últimas». En un sentido parecido, la editorial Acantilado, que titula a la obra del Dante Comedia, dice que el autor florentino tenía en mente la arquitectura del poema, antes de ponerse manos a la obra. Yo, como habrán imaginado, disiento. Mi argumento sobre Quiroga lo expondré abajo. El del Dante, lo anticipo: convence más su Francesca de Rimini que Beatriz.

Sí abogo por la unidad del relato, pues de otro modo carecería de pies y cabeza (un cuerpo humano los tiene). Pero eso no significa que la primera frase deba nacer acabada. En términos biológicos, sería como afirmar que la palabra mama, papa, del bebé, tiene en los labios las palabras hija, hijo, de una descendencia segura: sustituye la posibilidad por la predestinación. En otra asignatura, esto podría nombrarse (vedarse) con el libre albedrío. ¿Pero acaso ni el Dante ni Horacio Quiroga, lo sabían?

La explicación podemos recogerla tirando de la punta de ovillo de la economía lingüística, de André Martinet, ahora aplicándola al relato. Ese principio del mínimo esfuerzo para la articulación de una lengua también ocurre en el relato del mundo: omitimos lo necesario para quedarnos con lo deseado.

Me gustaría saber, usando palabras de Macedonio Fernández, acopladas al escrito, quién, habiendo llegado al mundo, trayendo al mundo consigo, abrió los ojos y vio por delante el destino; quiero ver qué futbolista, entes del silbato del árbitro, sabe en qué minuto saltará para evitar la patada del contrincante; o en otro sentido, quiero ver qué atleta, antes de lanzar la primera zancada, no anduvo en andadera, a gatas y se cayó. Cuando Horacio Quiroga dice en el quinto precepto de su decálogo que «no empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas», no hace más que emplear una figura retórica, una elipsis, que ahorra lo que resulta preciso apreciar.

Desde nuestro punto de vista, frases como la citada no hacen más que asentar el valor de la obra acabada, en menosprecio del camino que conduce a ella —cuando ese camino, como lo dice Konstantin Kavafis en un poema conocido por todas y todos, «Ítaca», es lo deleitable. Actualmente, la figura retórica de la obra acabada antes que exista, rubricada de manera retórica por Horacio Quiroga (¡no pudo haberlo dicho en serio!), padece otro perjuicio adicional: ha multiplicado la velocidad teorizada por Jean Robert en Los cronófagos, gracias (sic) a la inteligencia artificial. Esa velocidad —suministrada a las obras acabadas— mutila el camino y devora el gusto del tiempo invertido en la manufactura, la creación.

Los valores aparecen invertidos, en el mundo del relato abordado en el escrito: se ve a la obra acabada como lo prioritario, no a la demora que arriba con su oleaje cansado al puerto del destino. El inicio de la primera frase con rumbo a la última elimina la duda, el titubeo, la resistencia, la caída, la voluntad.

No pretendo proponer ningún precepto nuevo, por más que haya publicado recientemente otro escrito. Me atengo a restituir la vida de aquello que el mundo ha extirpado. De no contar con la presión que el mundo ejerce sobre nosotros, seríamos personas más francas. Existe otra frase que soluciona (sic) los problemas por medio de una economía injusta: «no tiene la culpa el indio, sino quien lo hizo compadre»; otra frase habla del pobre «chivo expiatorio». Ambas son elipsis.

No citaré el soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte», pues sé que el hilo narrativo de los actos gratuitos, desinteresados, recuerda a esa poesía. Además, pretendo mantenerme lejos de aquella narrativa cristiana cuando abordo un asunto como el actual, que pretende comprender al género humano.

Por qué el minotauro de Jorge Luis Borges no se defendió (el adverbio «apenas», en la última frase de «La casa de Asterión», cumple una función retórica: el lenguaje no comunica la verdad directa, sino que primero la traduce a su propio idioma). Este, en realidad, es otro asunto, pero sirve para reparar en un caso más del lenguaje y su representación del mundo.

Que dios me libre de tener las cosas claras desde el principio, como dicta Quiroga —aunque yo no hable aquí del cuento, sino de otros géneros letraheridos—. Terminemos por el principio. Recordemos la carrera entre Aquiles y la tortuga, que según veo se atribuye a Zenón. No se puede partir de la idea acabada, pues no existe, ni existirá nunca. Las ideas acabadas —metáforas artificiales— consumen de antemano la posibilidad de ser, estar, existir.

En relación con el Dante, la apreciación de sus versos nos permite inferir que se hace camino al andar, como dijo Antonio Machado: no creo que haya considerado —conscientemente—, desde un inicio, hablar como quizá nadie más lo haya hecho de Francesca de Rimini. La arquitectura, o la idea, de la Divina comedia —Boccaccio es parte de ella, así como el bibliófilo de Kunshan y su consorte odontóloga lo son de la columna: la hemos conversado—, surgió cuando se puso manos a la obra. Francesca de Rimini sostiene a la poesía.

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