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Esmeralda Sánchez Martín: la luz de la palabra
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DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

Esmeralda Sánchez Martín: la luz de la palabra

Publicado 16/06/2026 10:21

Esmeralda Sánchez Martín hizo de la palabra un lugar de acogida.

Supo mirar el dolor sin apartar los ojos y, aun así, siguió creyendo en la luz.

Su poesía fue compasión, esperanza y belleza; su vida, un acto de generosidad hacia los demás.

Por eso su voz permanece entre nosotros, como una vela encendida en la noche, como un amanecer que no termina de extinguirse.

Hay personas que viven en la palabra y personas que son palabra. Esmeralda Sánchez Martín pertenecía a estas últimas. Su vida y su obra fueron inseparables, porque en ella la poesía no era un mero ejercicio literario, sino una manera de mirar el mundo, de comprender al ser humano y de acercarse a los demás.

Su poesía nace de una profunda conciencia de la fragilidad. En uno de sus poemas escribe que el hombre es «un soplo que pasa y no vuelve», apenas un destello en el crepúsculo. La existencia aparece como algo efímero, vulnerable, expuesto al dolor y a la pérdida. Pero, paradójicamente, esa conciencia de la fragilidad no la conduce al pesimismo, sino a la compasión y a la esperanza.

Esmeralda sabía que la vida está hecha de heridas. Conocía las caídas, las traiciones y las sombras. En otro de sus poemas imagina a un hombre que cae, que sangra, que pregunta: «¿Por qué me has abandonado?». Pero ese hombre es todos los hombres. Es el migrante que llega exhausto a nuestras costas, el pobre que enciende una hoguera en una papelera para combatir el frío, el que sufre en silencio, el que ha perdido el rumbo. Para Esmeralda, la Pasión no es un acontecimiento del pasado; sigue ocurriendo cada día en la vida de los más vulnerables.

Y precisamente ahí aparece una de las palabras que mejor la definen: la compasión. La capacidad de sufrir con el otro, de reconocer la herida ajena y de hacerla propia. Su poesía está habitada por esa mirada profundamente humana, atenta al dolor y, al mismo tiempo, abierta a la misericordia y al consuelo.

Pero si algo caracteriza su obra es la confianza en la palabra.

En Gramática imperfecta las palabras son criaturas vivas. Tienen raíces, memoria, respiración. Son semillas, árboles, pájaros, cauces de agua. Con ellas se construye el mundo y se preserva la memoria. Las palabras pueden nombrar el dolor, pero también pueden hacer milagros; pueden convertirse en refugio, en encuentro y en esperanza.

En su universo poético, la naturaleza y el lenguaje forman una misma realidad. Los árboles enseñan la paciencia y la resistencia; los almendros anuncian la renovación; la lluvia, los pájaros y las estaciones nos recuerdan que la vida se encuentra siempre en transformación. Su poesía nos invita a caminar despacio, a escuchar el silencio, a mirar con atención la belleza escondida en las cosas pequeñas.

Y, por encima de todo, en la obra de Esmeralda hay una luz.

La luz del amanecer, la claridad que surge después de la noche, la confianza que vence a las espinas. En su poema al Cristo de la Vela escribió unas palabras que hoy adquieren un significado especial:

«Fulgor. Amanece en el camino.»

Ese verso resume quizá toda su manera de entender la existencia. La vida está atravesada por el dolor, pero no termina en él. Siempre existe la posibilidad de un amanecer, de una claridad nueva, de una esperanza que renace.

Quienes tuvimos la fortuna de conocerla sabemos, además, que su obra era el reflejo fiel de su persona. Fue una gran poeta, pero también una gran amiga y una mujer profundamente generosa. En ella la bondad y la palabra caminaban juntas. Su capacidad de escucha, su cercanía y su entrega a los demás formaban parte de la misma verdad que alimentaba sus poemas.

Por eso su ausencia nos duele. Porque se ha ido una voz importante de la poesía y, sobre todo, una persona excepcional.

Sin embargo, los poetas no desaparecen del todo. Permanecen en la memoria de quienes los amaron y en las palabras que dejaron escritas. Permanecen en esa luz discreta que sigue acompañándonos cuando volvemos a sus versos.

Y así queremos recordar a Esmeralda Sánchez Martín: como una mujer que supo convertir la poesía en una forma de amor, la palabra en un acto de generosidad y la esperanza en una manera de habitar el mundo.

Porque algunas personas, incluso después de partir, continúan llamando a nuestra puerta.

Y su luz, silenciosamente, sigue amaneciendo en el camino.

Esmeralda Sánchez Martín: la luz de la palabra | Imagen 1

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