La música también ha estado presente en la festividad de la localidad durante el fin de semana
La localidad de Morasverdes ha vuelto a rendirse este fin de semana a la celebración de San Antonio de Padua, una festividad profundamente arraigada en la comarca mirobrigense y que, año tras año, mantiene vivo el pulso de las tradiciones más íntimas del calendario local.
Lejos del despliegue y la amplitud de las fiestas estivales, San Antonio conserva en Morasverdes un carácter más recogido, casi doméstico, pero no por ello menos sentido. Son días pensados, sobre todo, para quienes habitan el pueblo durante todo el año, para los oriundos que regresan y para aquellos que, de una u otra forma, siguen encontrando en estas calles un lugar al que volver.
Con una programación más sobria, vertebrada en torno a los actos religiosos y la música, la celebración ha sabido conjugar devoción y convivencia. Tampoco faltó espacio para los más pequeños, protagonistas también de unas jornadas que, más allá del programa, han servido para reforzar los lazos de la comunidad morasverdina que se reconoce en sus costumbres.
Las mesas compartidas, las conversaciones demoradas y el ambiente familiar marcaron buena parte de un fin de semana en el que vecinos y visitantes encontraron en la sencillez el mejor argumento para celebrar.
El broche gastronómico llegó con una multitudinaria paella popular y parrillada elaborada por Paellas Gigantes David, que congregó a alrededor de 150 personas en el paraje natural de Las Eras, convertido por unas horas en epicentro de la convivencia festiva.
La nota final la puso el cantante Pablo Plaza, encargado de clausurar la celebración con una actuación que dejó el poso de emoción y cercanía que suele acompañar a estas fiestas pequeñas en tamaño, pero grandes en significado.