Vuelven los sones de la tierra con nuevo cuño de remembranza. En aras de la tradición, decimos, se revitalizan en los últimos años fiestas de raigambre charra. El folclore popular se mueve en estas lides de ida y vuelta, al tenor del arraigo —con mayor o menor firmeza—, del impulso institucional y del empeño grato de grupos profesionales del baile y de la danza. Villavieja revive en las últimas primaveras el acervo de la charrería con fuerza y aparato en amalgama de motivaciones. Lo hace en la última semana de mayo (los días 29 y 30) con asentado programa de bailes y jotas al uso, rondas, tamborileros y escenografías de antaño. Lo celebra con la fruición del acompañamiento y galanura de agrupaciones e inercias del contorno, que concitan alegrías e impulsos de proyección local y regionalista. Cierto es que, en las fiestas mayores, los bailes de El Cordón y las jotas charras constituyen pilares firmes de la tradición, junto a la Virgen de Caballeros, y son, sin duda, acicates sólidos de una identidad de pátina insoslayable. Nada más firme y asentado, con pasión acendrada del vecindario y allegados, que el canto del Villavieja de mi amor y el colorido de la charrería en danza; nada más vistoso y postinero, en los tiempos que corren de distingos y añoranza de brotes de singularidad, que los trajes y avíos de ornato —en el traje charro son legión en porte y galanura—, que los arrebatados atavíos de la charra y del charro, con distingos claros (riqueza y ostentación), muestrarios álgidos del sabor y el colorido de la tierra, que es pura etnografía. Con todo ese bagaje de bailes y gastronomía —porque también es feria agroalimentaria— se proyectan estas alegrías de primavera revestidas de tradición. No son únicas ni singulares en el solar hispano, entiéndase, porque corren parejas a otras escenografías de regiones y fiestas —Semana Santa, Carnaval, la fiesta de San Juan, etc.— que exhiben con exultante demostración los quilates de sus pueblos y territorios. Más allá de los intereses más domésticos, fácilmente apreciables, no dejan de ser exponentes claros de identidad de los pueblos, porque en ello se han convertido, a pesar de constituir una mirada muy concreta en el espejo de la Historia. La fiesta de la Charrería cabalga a lomos de alicientes diversos, a las que el tiempo pone y quita peso; pero, en todo caso, son para muchos un escaparate magnífico de un cuadro tradicional, de un espacio y de unas gentes, con notas de singularidad. Ciertamente el mundo charro traduce, con su anchuroso espectro de variedad en Villavieja de Yeltes y el contorno mirobrigense, una parcela importante del acervo cultural festero, que también se proyecta actualmente en hermosas exposiciones —en la tienda de Las Saturninas—, permitiendo una mirada amplia de los resortes imbricados en el trasunto de los charros, que no son solamente ajuares y alegrías, sino también un alargado elenco de formas de vida, sentimientos y pesares. Tal vez sirva esta estampa de vistosidad —revestida de tradición complaciente— para profundizar en la raigambre agropecuaria y cultura de factura varia, en la mirada honda de sus esencias (antiguo laboreo, esforzados trabajos, gravosos distingos sociales…) del mundo agrario y de las auténticas señas de identidad. El cuadro charro que nos revisten las fiestas y la literatura del relumbrón tiene de fondo la impronta de un tiempo y un espacio que, como es bien sabido, se ha convertido en fibra inmutable de tradición, siendo apenas una parcela reducida de un mundo y de una Historia mucho más amplios y variados. Obviamente, es la fotografía de un tiempo aquilatada en un convencionalismo, con mayor o menor verdad sobre la generalidad. La imagen de la Charrería, desplegada en nuestro imaginario con bondades vistosas, encubre también —como casi todas las tradiciones de antaño— un amplio repertorio de contrapuntos que desdicen no poco los actuales principios de convivencia —libertad, igualdad, justicia…—. Las vistosas escenografías, ensalzadas con bailes alegres y parodias de postín (coyundas), resultan elocuentes de esos mundos tradicionales gravosos en lances de amoríos, férreos matrimonios y roles bien definidos de hombres y mujeres. También brindan las fiestas, con sus alegrías, ocasión para apreciar los avatares del progreso y del avance sobre las proyecciones culturales tradicionales. En todo caso, decimos, la fiesta de la Charrería se prodiga de nuevo para el deleite de las alegrías, de los bailes y de los sones de tamboriles con arrimo de pueblos convecinos y, claro está, con esencias de la tierra y señas de identidad. Poca duda cabe de que las formas culturales que se consolidan —y estas lo están— reflejan en alguna manera un pasado, unas gentes y una cultura.
Juan Andrés Molinero Merchán
Doctor por la Universidad de Salamanca