Sábado, 30 de mayo de 2026
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El cuerpo de la literatura
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El cuerpo de la literatura

En la pintura —que desconozco de cabo a rabo—, el cuerpo también cobra relevancia.

Generalmente —pienso que mi opinión pueden compartirla ustedes—, buscamos cosas grandes. No ponemos el ojo en las pequeñas. Un programa de inteligencia artificial elabora el ensayo, tesis, libro, que nuestra mano nunca toca. Carecemos de tiempo para perderlo en el tiempo que implica actuar.

La culpa no la tiene el indio, sino el que lo hizo compadre, dice el refrán. Por ese motivo, creemos, el retorno al ser humano resulta necesario. Ese camino, no obstante, resulta intrincado, porque aparejada a la razón mora el instinto; el seso de Manrique convive con los monstruos de Goya.

Por qué si la civilización ecológica y el sentido común abogan por un retorno a la naturaleza, nos resulta imposible poner un pie en esa dirección. Por qué si leemos al Quijote, Garcilaso de la Vega, Horacio traducido al español, poco o nada cambia en nuestro día a día. Creo que una buena educación debería encaminarse por este rumbo. Cuando hablo de naturaleza hablo también de nuestro cuerpo.

No recuerdo si fue Shakespeare donde leí que los pasos de la pareja suenan con los talones en el suelo. En sus sonetos, se habla de una trascendencia cifrada en otro hecho orgánico: la descendencia. Esto quiere decir que lo escalado por Dante, asignando a la gente al infierno, el purgatorio y el cielo, según su teología y libre albedrío, Shakespeare lo vio en un cuerpo humano, otro recinto del cielo. En la pintura —que desconozco de cabo a rabo—, el cuerpo también cobra relevancia.

En México, un secretario de Trabajo de sexenios pasados, censuró a Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes por haber sido asignados como lecturas de secundaria. Esa literatura —Doce cuentos peregrinos y Aura, me parece—, resultaba inapropiada. En otro lugar leí, en relación con la pintura, que a Francisco Toledo tampoco lo aceptaron en una casa porque llevó el cuadro de un desnudo.

De qué hablo en la columna, entonces. ¿Deberemos acoger la vida de la pastora Marcela, de la novela de Cervantes? ¿Deberemos releer las églogas de Garcilaso de la Vega, la poesía bucólica de Virgilio? Creo que no resulta necesario nada de esto. En cambio, a manera de punta de ovillo, me gustaría citar a Aby Warburg, para adivinar junto a ustedes qué derroteros habrá encontrado el coleccionista alemán, cuando describió las representaciones gráficas del ser humano.

Después del párrafo anterior, no queda nada por agregar, me parece. Pero si no redactara este último párrafo quizá tendríamos la impresión de encontrarnos frente a un escrito incompleto. Escribimos estos renglones postreros para serenar el ambiente. Abrimos las puertas y ventanas. Recibimos la luz. Cuando disponemos de un espacio espiritual para movernos, acogemos ideas claras y precisas (una precisión, cabe aclarar, que no define ni limita, sino que aprecia los objetos desde otra perspectiva y pone en evidencia, a veces, su infinito).

Por esto hablábamos de las cosas pequeñas al inicio de la columna. Como dijo Gabriel García Márquez, en una entrevista de Bilibili (plataforma digital china), los cuentos del Caribe reflejan a la filosofía, los hechos concretos del tiempo y el espacio comunican esa construcción del saber. Esto lo tenemos a la vista, al alcance de las manos: el objeto de conocimiento somos nosotros mismos. Pero nosotros mismos somos lo que tenemos y portamos.

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