El fundador del legendario grupo de los años 70 recibió una placa conmemorativa del alcalde Javier Muñiz y volvió a interpretar pasodobles junto a sus hijos tras soplar las velas de la tarta
La residencia municipal de mayores Virgen Del Socorro, de Vitigudino, ha acogido este domingo una emotiva fiesta para conmemorar los cien años de vida del histórico músico Francisco Moya, conocido popularmente como 'Chupaligas'. El acto ha contado con la presencia del alcalde Javier Muñiz, música en directo y el cariño de familiares y residentes oas instalaciones gestionadas por la empresa Albaicín.
La celebración ha servido para recordar la figura de quien fuera el precursor, junto a sus hijos, del legendario grupo Los Chupaligas, una formación que marcó una época en la provincia.
Esta agrupación musical se convirtió en un referente indiscutible del entretenimiento durante la década de los 70. Su repertorio animó las verbenas de todos los pueblos de la comarca de Vitigudino y de otras localidades más alejadas, llevando la fiesta a cada plaza que visitaban.
Durante el acto institucional, el alcalde de Vitigudino ha querido participar en la celebración para mostrar el reconocimiento oficial del municipio. El regidor le ha hecho entrega de una placa conmemorativa en recuerdo de este día tan especial para el veterano trompetista.
Como no podía ser de otra manera tratándose de su figura, la música en directo ha sido la gran protagonista de la jornada. El propio Francisco Moya, demostrando que el talento perdura, se ha animado a interpretar pasodobles y boleros acompañado por varios de sus hijos para amenizar la fiesta.
La celebración ha contado también con el tradicional momento de la tarta de cumpleaños, compartida con el resto de usuarios y trabajadores del centro. Además, el evento ha incluido una sorpresa literaria enviada desde la distancia por el cantautor zarceño Félix Carreto.
Unido al homenajeado por una estrecha amistad, Carreto ha querido estar presente mediante el envío de una poesía dedicada a su trayectoria. Los versos, que repasan la vida del músico desde sus inicios, han sido leídos públicamente durante el acto para emocionar a todos los presentes.
A continuación, se reproduce íntegramente el poema dedicado a Francisco Moya:
“Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y el que tenga estas tres cosas que le dé gracias a Dios”, dice la canción que tan magistralmente hacía sonar nuestro homenajeado.
Y si alguien puede dar gracias por haberlas tenido —y haberlas repartido— ese es Don Francisco Moya, nuestro querido “Chupaligas”, un hombre que no vino al mundo por casualidad, sino con una misión clara: llenarlo de música, de alegría y de vida.
Naciste para tocar la trompeta como nadie.
Naciste para poner a bailar a los pueblos del oeste salmantino, en Las Arribes del Duero: desde Fermoselle a Saucelle, pasando por Aldeadávila y Mieza; y desde Hinojosa a San Felices de los Gallegos hasta el Villar de Peralonso, pasando por Vitigudino, sin olvidar tu querido pueblo Cabeza del Caballo, donde enamoraste la mujer de tu vida.
Naciste para que cada fiesta tuviera su chispa, su compás, su pasodoble.
Porque no hay pueblo de nuestra comarca que no haya vibrado con tu trompeta.
No hay plaza que no haya sentido su música rebotar en las fachadas.
No hay generación que no tenga una historia de amor, un baile, un recuerdo ligado a tus melodías.
Y así, entre parejas que se enamoran, fiestas que brillan y calles que ríen, queda tu huella: profunda, alegre y eterna.
“Salud dinero y amor”, reza la canción.
Salud… Claro que la tuviste. Y por eso, en este florido 24 de mayo de 2026, que parece hecho a tu medida, celebramos con orgullo y emoción tus cien años.
Dinero… El justo. El necesario para comprarte una trompeta, un redoblante y una bicicleta con la que recorrer pueblo a pueblo, siempre acompañado de tu esposa, llevando música donde hiciera falta. Y hasta Núremberg, en Alemania, llegó tu espíritu incansable, siguiendo los pasos de tantos españoles valientes de los años sesenta.
Amor… Ese lo has regalado a manos llenas. Porque tu vida —larga, plena, luminosa— no se entendería sin ese amor profundo que pusiste en cada nota, en cada gesto, en cada sonrisa. Amor por la música, por la gente, por la vida misma.
Pero cien años son muchos como para no haber pasado también por momentos amargos, trágicos y llenos de dolor.
Tragedia acaecida aquella mañana de domingo, 7 de febrero de 1937, en plena Guerra Civil, en Málaga, donde habíais llegado toda la familia con el circo ambulante para alegrar un poco la vida. Tú con apenas diez años. Aquella mañana, tu madre os dijo a los tres hermanos que fuerais a la playa a disfrutar mientras ellos ensayaban bajo la carpa del circo, y os dio un beso, el último.
Pero el silbido y la explosión de la bomba asesina os aterró antes de caer de lleno en la carpa. Corristeis hacia ella, y lo que hallasteis fue el horror más cruel y demoledor: enseres calcinados y aún humeantes entre cuerpos destrozados. Me estremezco al saber que te quemaste las manos de niño, arañando desesperadamente entre los amasijos, buscando ayuda y consuelo donde solo había muerte
El destello de la trompeta de tu padre, junto a su estuche, que se había librado milagrosamente de la quema, llamó tu atención. La contemplaste como si fuera el único hilo conductor de vida y de recuerdos. Abrazado a ella, y de la mano de tus hermanos, seguisteis un largo calvario hasta ser internados en un orfanato del Auxilio Social.
Por fortuna, en sus pesquisas, tu tío dio con vosotros y os liberó. Aprendiste a tocar la trompeta, tu compañera inseparable de vida. Superaste aquella tragedia con una entereza tan colosal como ejemplar. Perdiste lo más sagrado de la forma más cruel y brutal. Sin embargo, ya nada te iba a doblegar en tu misión de músico del pueblo y para el pueblo.
Primero a pie, por esos caminos de Dios, con tu esposa, el bombo a cuestas y la trompeta en la mano; luego en bicicleta, recorriendo todos los pueblos del oeste salmantino, pasos seguidos por tus hijos. Pero, como la envidia es el veneno de este país, fuiste denunciado por carecer del permiso preceptivo como músico. Aunque tú no hacías sino llevar alegría a los pueblos. Por eso salieron en tu defensa los mozos del Villar de Peralonso en el día de su fiesta cuando la Guardia Civil irrumpió en el salón para impedirte seguir con el baile.
Tampoco esas afrentas te iban a acobardar, y decidiste presentarte al examen en Salamanca para obtener el permiso correspondiente. No sabías solfeo, pero tu música era única, bella. Los componentes del tribunal te dijeron que no podías tocar bien sin conocer el solfeo. Tú lo negaste y pediste una oportunidad. Se miraron dubitativos, casi compasivos, y te preguntaron qué deseabas tocar. “El pasodoble “En er Mundo”, dijiste con firmeza. El Presidente te dijo adelante con la mano. No salieron de su asombro cuando soplaste con tanta fuerza y belleza que el sonido de tu trompeta los cautivó irremisiblemente. Sonrieron y te felicitaron, otorgándote la licencia tan deseada. Una nueva etapa se abría, siempre con la trompeta y la música por montera.
Hoy, al recordar tu inmensa trayectoria, no solo celebramos, todos los que te queremos, un siglo de existencia.
Celebramos un siglo de alegría compartida, de música que unió corazones, de vidas que hiciste más felices y un poco mejores.
Gracias, querido Francisco, entrañable “Chupaligas”.
Nombre artístico que es sinónimo de alegría, de buen cantar y bailar, de buen comer y beber, de reír, de contar historias y de soñar.
Mi enhorabuena, de alguien que nunca olvida los momentos musicales y las charlas maravillosas que compartimos entre risas y una copa de vino.
Feliz cumpleaños, y gracias por tanto, siempre.
Félix Carreto Martín