Sábado, 02 de mayo de 2026
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La vida tiene límites
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La vida tiene límites

Esa sí es libertad. La libertad de los límites. La hondura del alma dispone de suficiente espacio para retozar.

Sí, la vida tiene límites. ¿Estamos de acuerdo? El mundo los tiene. Un día, por ejemplo, consta de 24 horas; una hora, de 60 minutos; un minuto, de 60 segundos. El tamaño del globo terrestre no cambia según nuestro capricho.

A poco de escribirlo, acude a la mente el refrán “zapatero, a tus zapatos”. También, “en casa de herrero, azadón de palo”. Yo soy la primera persona incapacitada para exponer el tema de los límites (antes de señalar la paja en el ojo ajeno, se debe retirar la viga del propio). Sin embargo, como soy yo quien redacta la columna me veo obligado a hacerlo.

Esa sí es libertad. La libertad de los límites. La hondura del alma dispone de suficiente espacio para retozar. Mino Bergamo lo apuntó en La anatomía del alma. Es tanto lo que existe en uno, que afuera solo resta por hacer lo necesario y suficiente.

Si alguien dispone de la posibilidad de girar sobre los talones y volver atrás, no debería dudar en hacerlo. Con la pérdida ganaría más que con una supuesta victoria. La corriente del siglo nos avienta lejos de las moradas estudiadas por Mino Bergamo, allá donde no sabemos, pero asimismo deja al alcance un criterio para hacer de tripas corazón.

Tarabas, de Joseph Roth, viene al caso. Lo hace La leyenda del santo bebedor, nos parece. Esto, por no citar a Séneca, más cercano a nosotros, y con él a toda la literatura clásica que irriga la cultura hispánica. Pero nos ahorraremos una bibliografía extensa.

Tampoco mencionaremos a Quevedo, en la paz del retiro de su desierto. Apuntaremos nuestro argumento de manera breve y sencilla, como sugiere la Academia; abogaremos, en cambio, por recuperar el planteamiento de los límites.

Los recursos naturales tienen límites. La paciencia los tiene. El cuerpo humano también. Por qué buscar afuera lo que bien podemos construir dentro. La tesis no es original. No soy yo quien la formula por primera vez, pero brota de mi alma con una naturalidad impostergable. No puedo ignorar su imagen impresa en la página.

Yo he girado sobre los talones. Cuánto me gustaría, además, haberlo hecho antes, como otros autores, entre quienes está Francisco Petrarca. El sentido común, con su prudencia y buen gusto, se queda en casa.

En este punto del escrito, podríamos mencionar el así llamado tiempo perdido, y con él, el hubiera. Pero como ni el hubiera ni el tiempo perdido existen, los pasaremos por alto. El presente bastará para rellenar el pasado y el futuro. Qué bueno que la vida tiene límites, ademas; en caso contrario, resultaría imposible terminar de vivirla.

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