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La emoción de Santiago Sagrado al reencontrarse con Villar de la Yegua siete décadas después de emigrar
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Regreso efímero de un emigrante

La emoción de Santiago Sagrado al reencontrarse con Villar de la Yegua siete décadas después de emigrar

Publicado 23/04/2026 20:30

De Villar de la Yegua a Buenos Aires: la memoria intacta de los Sagrado, las lágrimas de un zapatero que regresó a la iglesia de su primera comunión

Hay regresos que no pertenecen al tiempo, sino a la memoria. El de Santiago Sagrado a Villar de la Yegua es uno de ellos: un viaje que no mide distancias, sino décadas; que no recorre caminos, sino recuerdos sedimentados en la infancia.

Acompañado de sus nietas, Cecilia y Rocío, Santiago ha vuelto al pueblo donde nació con un propósito que trasciende lo familiar: legar una raíz. Mostrar, sin grandilocuencias, el punto exacto donde comenzó una historia que después cruzaría el océano hasta “La Argentina”. En ese gesto, íntimo y casi ceremonial, se cifra el sentido de este regreso.

“Estoy aquí, presente, con una emoción enorme —dice—. He venido con mis nietas para que conozcan el pueblo donde nací”. Hay en sus palabras una gravedad serena, la de quien no necesita adornos para expresar lo esencial. Su partida a Argentina ocurría cuando apenas contaba nueve años, allá por los años 50—, pero sí reconoce que la emoción se repite con idéntica intensidad, como si el tiempo, en este rincón de la geografía, hubiese decidido no avanzar del todo.

La iglesia, eje simbólico y físico del relato, permanece casi intacta. Ante su fachada, los recuerdos afloran con la nitidez de lo vivido ayer: los juegos infantiles, la pelota golpeando los muros, la ceremonia de la primera comunión en un umbral que hoy vuelve a pisar. Incluso rescata, con un destello de humor, una escena de peligro: una vaca que lo obligó a refugiarse tras el campanario al estar recién parida y el animal defender a su cría. Pero no hay evocación sin contexto.

La historia de los Sagrado está atravesada por la dureza de la posguerra española, esa intemperie material y moral que empujó a tantas familias a buscar horizontes lejanos. Su padre, Benito Sagrado Alfonso, zapatero de oficio, y su madre, Purificación Hernández, tomaron una decisión que marcaría el destino de los suyos: emigrar. No hubo épica en aquel gesto, sino necesidad. “La pobreza que teníamos aquí…”, resume Santiago con una concisión que lo dice todo.

El proceso fue gradual, como tantas emigraciones de mediados del siglo XX. Entre 1953 y 1954, primero partieron el padre, una hermana y un hermano, animados desde Argentina por un familiar. Un año después, el resto de la familia —seis hijos en total— completó el traslado. Así se cerraba una etapa y se abría otra, no menos ardua, en el continente americano, donde se dedicaron a la metalúrgica.

El regreso actual y efímero de Santiago y sus nietas, sin embargo, no busca reconstruir la biografía completa, sino fijar sus puntos de anclaje.

Caminando por el poblado, el potroso de corazón, no tenía clara la ubicación exacta de la casa en la que nació. El tiempo introduce pequeñas alteraciones incluso en los lugares más resistentes. Y, sin embargo, Villar de la Yegua sigue siendo, en esencia, el mismo: un caserío de transformaciones discretas, donde las paredes de pizarra aún delimitan huertos hoy en gran parte yermos, víctimas de esa despoblación que ha vaciado de manos y voces amplias zonas del interior peninsular.

Casas grandes —o lo que un día lo fueron— sobreviven ahora entre nuevos usos: residencias ocasionales, refugios de fin de semana, silencios habitados de manera intermitente. En ese paisaje, donde la permanencia convive con la ausencia, el hallazgo de la casa natal adquiere una dimensión casi simbólica.

Santiago, seguido por su intuición, dio con la calle del Caño número 10. La vivienda, ajena a reformas y modernizaciones, parece haber resistido el paso del tiempo con una obstinación silenciosa. Una casa pequeña que en su día fue una gran casa, aguardando pacientemente este reencuentro diferido durante más de setenta años.

Frente a ella, un matrimonio de edad similar a la de Santiago aporta la última pieza del relato. No lo reconocen a él, pero sí a la familia: al zapatero con seis hijos que un día partió hacia Argentina. La memoria colectiva, fragmentaria pero persistente, completa así lo que la memoria individual no alcanza.

El encuentro, discreto y sin alardes, tiene algo de restitución. Durante unos minutos, el tiempo parece plegarse: todos vuelven, de algún modo, a la niñez. Unos permanecieron, otros cruzaron el océano; unos buscaron horizontes en el mismo lugar, otros los encontraron al otro lado del mar. Distintos itinerarios para una misma pulsión: la de abrirse camino frente a las dificultades que cada tierra impone.

En ese cruce de trayectorias, el regreso de Santiago Sagrado no es solo una historia familiar. Es, también, el eco de una generación que aprendió a vivir entre la pérdida y la esperanza, y que, al volver, descubre que ciertos lugares —los verdaderamente importantes— no cambian nunca del todo.