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La amenaza de lluvia no deslució el Lunes de Aguas mirobrigense
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Ciudad Rodrigo | Tradición

La amenaza de lluvia no deslució el Lunes de Aguas mirobrigense

Publicado 13/04/2026 21:09

Una temperatura de 11 grados y la Charanga “Manliao” alegraron una tarde triste campestre que animó a una gran número de farinatos a comer el Hornazo a orillas del Río Águeda

La amenaza de lluvia no logró empañar el ánimo festivo del Lunes de Aguas mirobrigense, que volvió a reunir a vecinos y visitantes en torno a una de las tradiciones más arraigadas de Ciudad Rodrigo. Con apenas once grados de temperatura y un cielo que alternaba claros tímidos con nubes persistentes, la jornada se desarrolló bajo una atmósfera más contenida que en años de bonanza meteorológica, pero no por ello menos significativa.

A orillas del río Águeda, en la zona de "El Picón", cuidadosamente acondicionada por el consistorio para la ocasión, comenzaron a congregarse desde primeras horas de la tarde grupos de farinatos dispuestos a cumplir con el rito del hornazo. El césped recién segado, los servicios habilitados y la limpieza del entorno ofrecían un marco digno para una celebración que, más allá de lo gastronómico, constituye un ejercicio de memoria colectiva.

La afluencia, en un primer momento discreta debido a la incertidumbre climática, fue creciendo paulatinamente. Familias, cuadrillas de amigos y grupos intergeneracionales fueron ocupando ese tramo de ribera, desplegando manteles improvisados y compartiendo hornazos, empanadas y toda suerte de viandas y bebidas que, como es habitual, acompañaron la conversación distendida y el reencuentro. La escena, aun teñida por la luz gris de la tarde, no carecía de una cierta belleza serena, casi introspectiva.

Fue la charanga mirobrigense “Manliao” la encargada de romper definitivamente cualquier atisbo de melancolía. Sus sones, festivos y cercanos, insuflaron ritmo y calidez a un ambiente que, por momentos, parecía replegarse sobre sí mismo. La música actuó como catalizador, reavivando el espíritu de celebración y propiciando que los presentes se entregaran con mayor entusiasmo a la jornada.

No faltaron tampoco los gestos propios de la edad y del arrojo juvenil. Algún adolescente, en un alarde que combina inconsciencia y vitalidad, se adentró en las frías aguas del Águeda con la excusa de recuperar un balón extraviado. Una escena que, más allá de lo anecdótico, evoca ese impulso casi literario de la juventud por desafiar los límites, especialmente cuando hay miradas cómplices cerca.

La tarde bucólica avanzaba entre conversaciones y música cuando, finalmente, unas nubes más densas descargaron un breve y débil chaparrón. La lluvia, aunque escasa, bastó para que algunos grupos optaran por dar por concluida la jornada. Otros, sin embargo, resistieron con estoicismo el envite, prolongando unos momentos más ese paréntesis campestre que define el Lunes de Aguas.

Poco a poco, conforme la luz declinaba y el cielo no recuperaba del todo la calma, la ribera fue quedando en silencio. Los asistentes se retiraron de manera gradual, con la satisfacción de haber mantenido viva una tradición que, año tras año, reafirma el vínculo entre la ciudad, sus gentes y su historia compartida.