Sábado, 04 de abril de 2026
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Alquimia gloriosa infinita
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Alquimia gloriosa infinita

Qué brisa dispersará la historia para inspirar a propios y extraños.

Hablaremos de lo que provisionalmente llamaremos vida secreta. Buscaremos exponer la alquimia del título, con su instrumento para convertir la materia innoble en otra diferente. Emplearemos un marco lingüístico para desbrozar el camino y no quedar lejos del garbanzo de a libra. Las Humanidades sustentarán el escrito.

Cuando decimos vida secreta, no nos referimos a lo que salta a la vista de inmediato. Esa vida secreta no es la que pensamos. No hablamos de la vida que pueda abrigar un individuo en el espacio de su privacidad, al margen de lo sabido por el entorno. Tampoco abordaremos ninguna posible característica oscura, sospechosa, no queremos decir negativa; en las antípodas, hablaremos de algo claro y transparente: la vida que cada uno de nosotros tiene en la palabra de los demás. En esos espacios, se cuentan nuestros episodios.

Más o menos como sucede con un libro, que cobra una vida independiente del autor, así nuestra vida (publicada, inédita o aún no escrita) también participa del tejido de las conversaciones de los demás. A esa vida la llaman fama. La fama vuela, dicen los latinos.

Un día, asistí a la representación de la obra de teatro La cueva de Salamanca, de Juan Ruiz de Alarcón, en la Universidad Veracruzana, México. Aquella tarde probablemente de sábado, como hoy, tuve la impresión de ver el parlamento declamado por los actores como una estructura material, edificada, sólida, tangible como un castillo. En la puesta en escena minimalista (no había ninguna cueva, ni iglesia, ni río que pudiéramos apreciar con la vista), el lenguaje escalaba por los pasos fonéticos hasta el techo.

En nuestra vida en labios de las demás personas, tenemos sobrenombres, motes, apodos, nuestro nombre se pronuncia con una entonación desconocida. Somos unos personajes que a la postre terminan por encarnar, probablemente, la versión real. O no.

Con la perspectiva ofrecida por los años, uno siente que los méritos de mayor prestigio en la sociedad pierden valor si los comparamos con una buena fama, labrada con el tiempo. Esa buena fama no representa necesariamente la consecución de ningún logro extraordinario, que lleve a nuestros nombres a quedar impresos en ningún lugar excepcional. En cambio, como el sentido común lo sugiere, hablamos de una buena fama que no importa y pasa desapercibida.

En algunas literaturas ficticias, se habla del peso del alma como la prueba para ir al cielo. Entre menor sea el peso —suele compararse con una pluma—, el alma reflejará un mérito mayor. En otras literaturas, con una intención pedagógica más clara, se muestra al candidato para ocupar un puesto de trabajo no como la persona con la hoja de vida más abrumadora, sino como la persona más pequeña, que ha aprendido a ignorar su propia hoja de vida.

Por la boca muere el pez, se dice. Para un escritor, la frase cobra valor. Más si consideramos que la palabra impresa dice lo que ella quiere, no lo que el autor pretendió estampar. El asunto se complica cuando consideramos que cada quien le da el sentido que quiere a la palabra, como cuando dice Comedia, en lugar de Divina comedia. Nuestras vidas en labios ajenos suelen adolecer de precisión filológica.

El lenguaje, en todo caso, cobra vida, la concede. Adónde irán a parar esos relatos, cuentos, novelas, dramas, ensayos, enciclopedias —no exageremos, enciclopedias no—, léxicos que la gente transmite por vía oral. Qué brisa dispersará la historia para inspirar a propios y extraños.

Incluso, tú puedes saber qué vida de otra persona sueles compartir con tu círculo de amigos. Sabes, como un minucioso alquimista, cómo podrías intervenir los puntos finos, para tornar su materia innoble en una pieza de acero resistente. En el caso de un Macedonio Fernández, el pensador argentino fue capaz de tanta alquimia al punto de encontrar que todo era bueno, glorioso, camino al cielo.

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