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Crear es creer
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DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

Crear es creer

Publicado 01/04/2026 12:28

“No vemos las cosas como son, sino como somos.” — Immanuel Kant

La realidad y la creación constituyen el núcleo esencial del acto artístico. La realidad se presenta como aquello que es percibido, lo visible, lo aparentemente dado; pero la creación no es una simple reproducción de lo real, sino la interpretación íntima que el artista hace de ello. En ese tránsito, la percepción se vincula a la realidad, mientras que la creación pertenece a un ámbito más profundo: el de crear y creer.

Crear es un ejercicio de la inteligencia, un proceso de construcción consciente; pero creer es un acto del alma, una afirmación interior que no necesita demostración. El artista habita en esa tensión: no solo produce una obra, sino que sostiene una convicción sobre ella. Crear sin creer vacía de sentido el acto artístico; creer sin crear lo deja en potencia. Es en la unión de ambos donde surge la verdadera obra.

En la génesis de toda creación convergen múltiples dimensiones: la realidad como percepción inicial, la interpretación como transformación de lo percibido, y el impulso interno que convierte la idea en forma. Sobre todo ello se extiende una suerte de necesidad invisible, casi inasible, que empuja a la mente a generar ideas. No es un proceso completamente racional ni completamente intuitivo, sino una convergencia de ambos. Bajo estas condiciones, crear no es otra cosa que hacer arte.

Si bien nadie discute la condición artística de disciplinas como la literatura, la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la danza o el cine, la fotografía ha sido a menudo cuestionada o relegada a un plano menor. Sin embargo, la fotografía participa plenamente de la misma estructura esencial del arte. En su origen hay un instante irrepetible —la percepción—, seguido de una decisión —la creación—, que culmina en una obra. Existe, por tanto, una organización creativa completa, aunque su materia prima sea la realidad misma.

La posibilidad de reproducir la obra fotográfica no invalida su naturaleza artística. Aunque pueda multiplicarse en soportes diversos y dar lugar a copias, el instante originario y su resolución son únicos. Lo que se repite no es la experiencia creadora, sino su huella.

La realidad es común a todos, pero no todos acceden a ella del mismo modo. Percibir no es simplemente ver; es reconocer, seleccionar, interpretar. Algunos atraviesan la realidad sin detenerse en ella, mientras que otros la transforman en significado. Incluso cuando distintas obras parecen coincidir en forma o contenido, siempre hay una mirada originaria que las precede, un gesto primero que inaugura una manera de entender.

Crear es creer | Imagen 1

En última instancia, la creación artística no consiste en duplicar el mundo, sino en revelarlo. Y en ese acto de revelación, profundamente humano, se pone en juego no solo la capacidad técnica o intelectual del artista, sino también su ética. Porque copiar puede ser un procedimiento, pero nunca un origen. El origen pertenece siempre a quien supo ver lo que otros no vieron y darle forma desde una convicción propia.

Crear es, en definitiva, un acto de conocimiento, pero también de fe.

En última instancia, el arte no reside únicamente en la obra, sino en la mirada que la hace posible. Crear es un acto que trasciende la técnica y la materia; es una forma de situarse en el mundo, de interpretarlo y de afirmarlo. Allí donde otros ven lo evidente, el artista descubre lo esencial.

La creación no añade simplemente algo nuevo a la realidad: la revela, la reorganiza y, en cierto modo, la redefine. Por eso, cada obra auténtica no es solo un resultado, sino también un origen; no solo una forma, sino una toma de posición ante lo real.

Así, entre la percepción y la idea, entre la inteligencia y el alma, el artista no solo crea: se reconoce en lo que crea y se afirma en lo que cree. Y es en ese acto —irrepetible, íntimo y consciente— donde el arte encuentra su verdad más profunda.

Crear es creer | Imagen 2

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