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El Toro del Aguardiente: vibrante en las calles, deslucido en la plaza
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Ciudad Rodrigo | Carnaval del Toro

El Toro del Aguardiente: vibrante en las calles, deslucido en la plaza

Publicado 18/02/2026 01:20

Buen juego de calle y poco en la plaza el que dio el Toro del Aguardiente, así lo catalogaban los aficionados y corredores que disfrutaron de Pájaro Azul

No decepcionó en el recorrido urbano, aunque sí dejó una impresión más tibia en el ruedo. Ese fue el veredicto, casi unánime, de aficionados y corredores tras la suelta del llamado Toro del Aguardiente, protagonizada este año por Pájaro Azul, un ejemplar de la ganadería salmantina de Sánchez Herrero, vecina de El Bodón, cuya presencia fue posible gracias a la aportación de las empresas Aceitunas Miroliva y Construcciones y Obra Civil Sánchez Cepa.

La jornada comenzó con una escena que parecía sacada de una estampa costumbrista: a las ocho y media de la mañana, cuando la luz apenas despuntaba, colaboradores de ambas firmas repartían perrunillas y aguardiente entre los más madrugadores congregados en la Plaza Mayor. Aquella hospitalidad, sencilla y ritual, servía de preludio al festejo.

Puntual, a las nueve en punto, el toro irrumpió en el coso con la energía propia de un animal aún dueño de su impulso intacto. Tras las primeras carreras, descendió con rapidez hacia la zona del Registro. De pelaje castaño y estampa bien armada, Pájaro Azul mostró bravura en los primeros compases, embistiendo con insistencia contra las agujas y evidenciando, al mismo tiempo, cierta incomodidad sobre el suelo empedrado, lo que lo llevó a regresar repetidas veces hacia la Plaza.

La bóveda de la Puerta del Conde se convirtió en refugio ocasional durante sus idas y venidas, trazando un recorrido que permitió a corredores y espectadores disfrutar de la lidia callejera en distintos puntos del trayecto. Fue precisamente en ese ámbito —el de la calle abierta y el movimiento continuo— donde el animal alcanzó su mejor expresión.

Muy distinta fue, sin embargo, su actuación dentro del recinto taurino. Allí, maletillas y recortadores apenas hallaron materia para el lucimiento: faltó la arrancada franca y la movilidad que había mostrado en el exterior. El toro optó por rematar reiteradamente contra las tablas, hasta el punto de fracturarse uno de los cuernos, circunstancia que acentuó la sensación de deslucimiento en la plaza.

Los corredores coincidían en su diagnóstico: noble y emocionante en el recorrido urbano, pero falto de transmisión en el espacio cerrado. Concluido el tiempo reglamentario, el animal fue conducido nuevamente a los corrales.

Quedaba, no obstante, el ambiente: una nutrida concurrencia había acudido desde el alba para presenciar el festejo, en una mañana de temperatura amable en la que, tras días de cielos opacos, los primeros rayos de sol del Carnaval parecían iluminar no solo la escena, sino también una tradición que sigue latiendo con fuerza en la memoria colectiva.