Porque Ciudad Rodrigo, tiene patrimonio hasta debajo de las piedras. Sin ir más lejos, el ejemplo más claro está aquí, bajo nuestros pies, en la plazuela en la que nos encontramos. Os invito a que con este pregón hagáis un viaje conmigo. Para ello os voy a pedir un poco de esfuerzo: vamos a viajar en el tiempo, vamos a dejar de imaginar la plazuela como la conocemos en la actualidad y vamos a retroceder al siglo XV.
Buenas noches a todos y a todas. Señor alcalde, concejales, Reina y Damas del Carnaval, amigos de la Rondalla Tres Columnas, peñas de la plazuela, farinatos y forasteros.
Me alegra muchísimo reconocer tantas caras amigas hoy aquí; gracias por venir a acompañarme en un día tan especial para mí.
Pero, igual que agradezco mucho la presencia de los que estáis, quiero también recordar a quienes hoy no pueden acompañarme en esta aventura tan ilusionante como es dar el pregón de las casetas, y a los que les habría encantado estar, especialmente a mis abuelos y, sobre todo, a mi padre.
Él era un mirobrigense de los que siempre llevaban Ciudad Rodrigo en la boca. Fue miembro de la Rondalla Tres Columnas, de la Asociación de Amigos de la Capa —motivo por el que la luzco yo hoy— y, sobre todo, un enamorado del Carnaval. No es que él me enseñara la fiesta… es que él me la contagió. Recuerdo verle preparar su gorra, sus guantes; esa ilusión de los días previos al Carnaval. Era pasión por esta fiesta y, por eso, hoy, al estar aquí, siento que desde alguna parte está escuchando estas palabras y, sin duda, estará muy orgulloso. Papá, esto va por ti.
Bueno, pero, sobre todo, gracias a las peñas por elegirme.
Nunca imaginé que ser la pregonera de las casetas sería tanta responsabilidad, de verdad. Cuánta gente me ha dado la enhorabuena por la calle, preguntándome si ya lo tenía preparado, de qué iba a hablar… La verdad es que es un peso, una presión, pero es una presión preciosa.
Agradezco, de corazón, que se reconozca el trabajo de las mirobrigenses. Y permitidme que hoy barra para casa y agradezca especialmente que se valore el mío: ese esfuerzo de levantarme cada mañana con el único objetivo de descubrir, promover y poner en valor el patrimonio de esta tierra que tanto amamos.
Porque Ciudad Rodrigo… Ciudad Rodrigo tiene patrimonio hasta debajo de las piedras. Sin ir más lejos, el ejemplo más claro está aquí, bajo nuestros pies, en la plazuela en la que nos encontramos. Os invito a que con este pregón hagáis un viaje conmigo. Para ello os voy a pedir un poco de esfuerzo: vamos a viajar en el tiempo, vamos a dejar de imaginar la plazuela como la conocemos en la actualidad y vamos a retroceder al siglo XV.
Aquí no siempre hubo una plaza abierta como la vemos ahora; aquí, en este mismo espacio, se alzaba un complejo palaciego imponente: un palacio con caballerizas, corrales y viviendas para los oficiales y contadores que servían a la casa noble, al hogar de los Pacheco, señores de Cerralbo.
Antes de que los marqueses se mudaran a su palacio de la Plaza Mayor en la década de 1530, aquí latía el pulso económico de la ciudad. Aquí se encontraba la Contaduría, una institución clave para la administración de uno de los estados señoriales más potentes de la Castilla del Siglo de Oro. Y no era poca tarea: desde estas dependencias, los contadores gestionaban los «Mayorazgos», un patrimonio inmenso que incluía censos, rentas de alcabalas, tercias reales y los derechos sobre las dehesas que rodeaban toda Miróbriga. La Contaduría era, por tanto, el nexo real entre la nobleza y el pueblo; era el lugar donde los campesinos venían a liquidar sus rentas.
Para poder gestionar bien todo el patrimonio necesitaban seguridad y, por eso, los documentos y el dinero se custodiaban bajo el sistema de «libros de cuentas y arcas de tres llaves». Imaginaos la escena: tres oficiales distintos custodiaban una llave cada uno, como en las películas de aventuras. El arca no se podía abrir si no estaban los tres presentes. Una vez los tres introducían las llaves a la vez en las cerraduras correspondientes, se abrían las arcas. Esa solemnidad y orden es lo que dio a este rincón su primer nombre: la Plaza de la Contaduría.
Pero si esta plaza es hoy un lugar de encuentro popular, es gracias a otro motivo. Podemos decir que es gracias a un premio ganado con lealtad por los mirobrigenses. Ahora vamos a viajar a 1475. Pongámonos en situación: Castilla estaba en guerra y Ciudad Rodrigo, nuestra «Frontera Valiente», se mantuvo fiel a Isabel la Católica frente a las pretensiones de Portugal. Gracias a esa lealtad, los Reyes Católicos, agradecidos, nos otorgaron el Privilegio del Mercado Franco.
Detengámonos un momento para aclarar lo que esto significaba, porque, en ese momento, ese privilegio era mucho más de lo que parece. En el siglo XV, el comercio era una carrera de obstáculos porque se pagaba por todo; por TODO. Se pagaba alcabala por vender, portazgo por cruzar una puerta y pontazgo por atravesar un puente. Isabel y Fernando nos dieron un «oasis libre de impuestos». Ciudad Rodrigo se convirtió en lo que hoy llamaríamos un paraíso fiscal en plena frontera.
Venir aquí un martes significaba que el mercader vendía más barato y el vecino compraba más, porque el dinero no se perdía en manos de los recaudadores. Así, ese privilegio hizo que el mercado fuera el motor que hizo florecer nuestra ciudad. Por eso, el hecho de que el mercado se mantenga hoy en día los martes es el recuerdo de un derecho real ganado con el sudor de nuestros antepasados.
Por favor, consumid productos de cercanía. En este mercado hoy en día se pueden adquirir productos de temporada de calidad a precios que no necesitan ser negociados.
Continuamos. Una vez hablado de lo que contuvo esta plaza, vamos a hablar ahora de cómo llegó a estar como la conocemos en la actualidad. La fisonomía blanca de estilo andaluz que hoy podemos ver se la debemos a don José Manuel Sánchez-Arjona, nuestro «Buen Alcalde». En los años veinte del siglo pasado trajo a esta plaza este aire regionalista tan novedoso, porque don Manuel fue un visionario que supo ver el futuro en nuestras piedras. A él le debemos también la puesta en valor del Castillo de Enrique II, donde instaló un primer museo y un restaurante, sembrando la semilla de lo que más tarde sería nuestro Parador.
Sin embargo, si el pueblo le otorgó el título de «Buen Alcalde» fue por otro motivo que nada tiene que ver con el urbanismo. En 1928, cuando las órdenes que llegaban de Madrid pretendían prohibir las capeas en el Carnaval, don Manuel no dio un paso atrás. Defendió nuestra identidad frente a los dictados externos, alzando la voz por nuestras tradiciones cuando más peligro corrían. Por ese compromiso, por anteponer el sentir de su gente a las presiones de fuera, Ciudad Rodrigo le ha profesado una gratitud eterna reflejada en esta plaza.
Junto a él, junto al Buen Alcalde, en ese mismo tiempo de vanguardia, parte de su vida estuvo una mujer que desafiaba los límites de lo posible: María de la Salud Bernaldo de Quirós. Mientras se diseñaba esta plaza, ella se convertía en la primera mujer piloto de España. Su pasión por el aire nació aquí mismo, en Ciudad Rodrigo, viendo un aterrizaje de emergencia de un avión en nuestras tierras que le cambió la vida por completo. Ella voló sobre los prejuicios cuando nadie creía en las mujeres al mando de un avión.
Podemos pensar que, gracias a esa herencia de vanguardia, de valentía, de progreso —en ella y en otras muchas mujeres que escribieron y escriben la historia de Ciudad Rodrigo—, este pregón tiene hoy, y siempre, voz de mujer.
Y esa historia, esa memoria, sigue viva hoy en cada rincón de esta plazuela. Porque, al final, esta plaza no es solo historia, ni solo piedras, ni solo nombres. Esta plaza es, para muchos, un lugar de encuentro.
Aquí hemos jugado de pequeños, hemos corrido alrededor de la fuente, nos hemos caído, nos hemos pelado las rodillas y hemos ido en busca de consuelo.
Aquí, de mayores, hemos quedado «debajo de los portales», «junto a la fuente», o hemos «quedado en la plazuela y luego ya vemos».
Aquí empiezan muchos días de Carnaval y aquí también acaban otros muchos, cuando las fuerzas van justitas, pero aún nos queda una canción más, un baile más, una charla más con alguien a quien solo vemos estos días: otro de los grandes lujos de este Carnaval.
Pero no nos desviemos del tema y vamos a seguir fijándonos en lo que nos rodea. Al fondo de esta plaza nos vigila un edificio majestuoso. Los que somos de aquí estamos malacostumbrados a mirarlo sin inmutarnos, pero sorprende a todo aquel que lo descubre por primera vez. Es la Capilla de Cerralbo.
Como decíamos al inicio de este viaje, donde nos encontramos ahora mismo se alzaba el palacio de los señores de esta casa, los señores de Cerralbo, por lo que no es casualidad que esta capilla se encuentre dentro de los terrenos propiedad de la familia. Pero esta capilla no es solo una extensión de lo que fue un hogar, sino que es su panteón funerario. Se trata de una de las capillas funerarias exentas más grandes de España y una verdadera obra maestra del estilo herreriano.
¿Sabíais que nació de una «venganza» de orgullo? Pues sí. El cardenal Francisco Pacheco quería ser enterrado en la Catedral, pero el Cabildo no le dio permiso. Despechado y lleno de orgullo, mandó construir esta joya pegada a ella para que, literalmente, «le hiciera sombra a la propia catedral». Además, para lanzarse un órdago, el cardenal Francisco se trajo a los mismos operarios que trabajaron en El Escorial y utilizó los mejores materiales para levantar su construcción: buena piedra de cantería, mármol de Carrara, madera de nogal… En fin, todo lo mejor para, como digo, hacer sombra a la catedral.
Esta estructura, con el tiempo, ha demostrado ser tan robusta como el orgullo que la levantó, ya que sobrevivió incluso a la Guerra de la Independencia, cuando los franceses la convirtieron en polvorín. En 1818, un error hizo que la pólvora estallara y casi perdemos el edificio, pero la capilla se mantuvo en pie pese a los daños, hasta su restauración a finales del siglo XIX. Ahí sigue hoy, imperturbable, recordándonos en este viaje que, frente al paso del tiempo y las heridas de las guerras, la identidad y la fortaleza de Ciudad Rodrigo permanecen intactas.
Ahora vamos a desviar nuestra mirada al centro de la plaza, donde encontramos nuestra Fuente Romántica: una pieza de fundición a la que pocas veces se le presta atención, a pesar de ser, en realidad, una auténtica fuente viajera. Esta fuente, antaño, presidía la Plaza Mayor, justo al lado de las Tres Columnas, frente al Ayuntamiento, antes de la ampliación del ala derecha del Ayuntamiento en el lugar en el que se encontraba la antigua iglesia de San Juan Bautista. Así, podemos decir que esta fuente fue una de las protagonistas de la Plaza Mayor de Ciudad Rodrigo hasta que, en 1906, decidieron desmontarla porque algunos vecinos decían que era «un foco de suciedad».
¡Imaginaos las discusiones de la época!
Los problemas venían principalmente por la acumulación de suciedad y residuos en el interior de la fuente, sumado a problemas en el estancamiento del agua en el pilón y a un mal drenaje. Esta falta de higiene constante provocaba que el lugar fuera foco de suciedad en un espacio de uso público y céntrico y, por ese motivo, los vecinos se quejaban. Finalmente, se decidió desmontar la fuente y guardarla hasta principios de 1928, cuando volvió a salir a la calle, tras otro debate sobre su ubicación, proponiéndose lugares como el Campo del Trigo o el Parque de la Florida, antes de establecerse en el Buen Alcalde, donde se encuentra en la actualidad.
Curiosamente, el tiempo en el que la fuente estuvo desmontada coincidió con el tiempo en el que las Tres Columnas estuvieron también desmontadas de la Plaza Mayor hasta que se volvieron a montar, en 1923, en el Campo de Toledo.
Esta fuente ha resistido el paso del tiempo e incluso la inestabilidad del suelo, que durante un tiempo la hizo torcerse como si fuera la torre de Pisa. Lo cierto es que es una auténtica superviviente, que ha aguantado estoicamente el arrojo, a veces muy continuo, de más de un residuo innecesario.
¿Cómo vais? ¿Estáis cansados?
Vamos a continuar, porque hoy toda esta historia sigue latiendo en todos nosotros, que continuamos escribiendo el futuro de esta plaza. Fue en 1991 cuando, precisamente, esta plaza se consolidó como el epicentro de las casetas. Lo que los expertos llaman «arquitectura efímera», nosotros aquí lo llamamos «montar las casetas». Es el milagro de transformar por completo una plaza en apenas días mediante el acarreo de maderas, paneles, puntales y barras que dan a esta plaza un aire totalmente diferente durante el Carnaval.
Ese ADN de constructores nos viene de antiguo. Es el mismo esmero, rapidez y esfuerzo que se encuentra en la Plaza Mayor, con la construcción de los tablaos que desde 2023 son Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial. Una ingeniería medieval única, basada en el «saber hacer» que se transmite de generación en generación. Es un gran orgullo para los mirobrigenses ser maestros de lo inmemorial en un mundo que cada vez avanza más rápido hacia lo digital.
Pero, si hay algo que distingue a esta plazuela de otras, no son solo las casetas: son sus encurtidos.
Aquí, queridos amigos, los encurtidos no son solo un acompañamiento: son casi una institución municipal. Chochos, cebolletas, pepinillos… Los puñados no se escasean; siempre se echa uno más, porque el puñado es la medida de generosidad de las peñas de esta plaza: nunca se queda nadie sin uno.
Y como si esto fuera poco, en los últimos años esta generosidad se ha ampliado con un día que ya se está convirtiendo en tradición: el día de las patatas meneás.
Ese día da igual de dónde seas, si eres farinato de toda la vida o si has llegado por primera vez a Ciudad Rodrigo: haces la cola, avanzas despacito y te llevas tu plato de patatas meneás, que te entregan con tanto cariño que te saben a gloria.
Pero, además de los peñistas, no me quiero dejar tampoco atrás a los que, año tras año, montan aquí sus puestos. Vienen con sus mercancías, sus toldos, sus focos y su gran paciencia a tragarse el frío, la lluvia, el aire que se cuela por los soportales; y, aun así, te atienden con una sonrisa, te dan conversación y te dejan mirar sin prisas. Ellos también forman parte de este Carnaval. Ellos también hacen ciudad. Y esta plazuela, sin sus puestos en Carnaval, estaría mucho más vacía.
Y el Carnaval, por suerte, no deja de crecer. Miramos desde aquí con orgullo a nuestros jóvenes en el Paseo Fernando Arrabal, donde este 2026 alcanzan la cifra histórica de 42 casetas. A vosotros, a los jóvenes, os pido que aprendáis de los grandes, de estas peñas de la plazuela que llevan más de tres décadas dándonos lecciones de hospitalidad. Mantened el respeto, la generosidad y la amistad. Porque una caseta no son solo cuatro paredes; es el compromiso y la responsabilidad de cuidar a quien se acerca a ella.
Pero todo esto no tendría sentido sin la música. La música es tan importante…
Porque esta plazuela, en Carnaval, tiene banda sonora propia. Suenan las charangas, que entran por una esquina y salen por otra llevándose detrás a medio pueblo, como si fueran el flautista de Hamelín. Suenan esos sonidos que erizan la piel, aunque no los veas: la Campana Gorda de la torre o el Forastero; esos tañidos que, aunque estés aquí en la plazuela, te recuerdan que durante estos días todo Ciudad Rodrigo está latiendo al mismo compás.
Suenan las voces de las peñas, los altavoces de quita y pon; suena la canción del Carnaval que, como si fuera la canción del verano, escuchas continuamente allá donde vas.
Termino ya. En Ciudad Rodrigo, cuando llega el Carnaval, no solo cambia la piedra por madera: cambiamos nosotros. Nos invade esa bendita locura de ponernos un disfraz con la ilusión de una vida nueva y, si es posible, no quitárnoslo hasta el martes. Dejamos de ser el vecino o la abogada para ser todos protagonistas de una misma historia; esa historia que se escribe cada año en el blanco de esta plazuela.
Disfrutad de cada reencuentro. De cada momento que se convertirá en motivo de conversación durante todo el año. Disfrutad con los vuestros y con los que están por conocer. De cada risa, de cada brindis. Disfrutad desde el respeto, desde la alegría y desde la memoria.
¡Viva la Plazuela del Buen Alcalde! ¡Vivan las casetas! ¡Viva el Carnaval del Toro! ¡Viva Ciudad Rodrigo!